Bajo el cielo de Mutatá

Por Tatiana Machado González

Imagen: «Silencio» / Manuel Agudelo

Muchas cosas suceden bajo el cielo de Mutatá. La selva florece con cada amanecer y los ríos corren caudalosos como arterias vivas que alimentan este territorio. De sus frutos se nutren diversas y hermosas especies que aquí respiran y que palpitan en los vivos colores. Este es un cielo cambiante, a veces brumoso y furioso, otras veces bañado en un calmado naranja que parece que puede tocarse en el horizonte. Bajo este cielo se teje el ciclo de la vida: la llegada, el florecimiento y también la muerte… tantas cosas pasan bajo este cielo.

El pasado martes 29 de abril, por ejemplo, una madre enterró a su hijo. Se llamaba Víctor Manuel Sánchez y fue asesinado en el marco de lo que se ha denominado el “plan pistola”, en Suárez, Cauca. Murió cumpliendo su deber como patrullero de la Policía Nacional. Muy lejos de casa, lejos del colegio en el que fue un adolescente inquieto, lejos de los árboles que vieron sus juegos y de los caminos donde, seguramente, soñó con una familia, una carrera y morir de viejo.

Los recuerdos sobre su vida siguen frescos entre quienes lo conocieron. Algunos de mis compañeros docentes lo evocaban con ternura: pareciera que apenas ayer había pasado por las aulas del colegio. De hecho, en las fotografías del homenaje, su rostro conservaba la luz de la juventud, esa belleza fugaz que en este país tantas veces se pierde antes de tiempo. En honor a su memoria, los niños del colegio hicieron una calle de honor. Se tomaron un pequeño tramo de la vía al mar, vestidos con sus uniformes escolares, cargando globos blancos, le rindieron un tributo como pudieron, con lo que tenían. Qué ironía: parece que solo merecemos honores cuando el horror nos ha arrebatado la vida y la dignidad.

En el transporte público, una señora comentaba que el funeral había estado muy solo. Tal vez el miedo, la zozobra de estar cerca de uniformados, o simplemente la precaución, llevaron a muchos a quedarse en casa. Pero también puede ser que Víctor, un joven humilde, un patrullero más, no un general, no un familiar de ninguna familia poderosa o politiquera, haya sido visto como uno de tantos. Es cierto: la muerte de los hijos del pueblo se vuelve estadística, números en la tragedia interminable de este país.

Víctor murió al sur del país, separado por cientos de kilómetros de su tierra natal. Pero esa misma mierda que lo mató a él allá, nos tiene aquí en la zozobra que la crudeza de la violencia sabe imponer. Desde que se activó el plan pistola, varios municipios de la subregión de Urabá han declarado toques de queda y restricciones. Me he descubierto con la necesidad de cruzar de acera si veo que me acerco demasiado a la estación de policía, que queda cerca del parque principal. A veces salgo en las noches buscando el fresco regalo de la brisa, ese silencio que solo conoce el valle cuando cae la noche y se apagan las voces. Pero no puedo evitar sentir un murmullo en el pecho, una especie de presentimiento que me avisa que estoy poniéndome en riesgo, y que, si algo me sucediera, quizá se diría que yo misma me lo estaba buscando. Lo he escuchado tantas veces: “¿para qué andaba a esa hora?”, “ella sabía cómo estaba la situación…”

Y le pregunto a mi miedo, a las voces de los acostumbrados al temor: ¿cuál es la hora en la que tenemos permitido vivir? ¿A qué hora puede uno respirar sin culpa, andar sin la sospecha de que está desafiando un destino impuesto por la violencia?

Entre todas estas preguntas, me viene a la mente una frase del escritor Andrés Caicedo: “Nacimos fue para querernos, abrazarnos y dejar una huella en el universo”. Ni Víctor ni los millones de muertos bajo la tierra que ha dejado esta guerra ni nosotros nacimos para morir de manera violenta. No nacimos para cargar eternamente con el miedo, ni para desconfiar de todos, ni para ver cómo el ciclo de la violencia se traga lo mejor de nosotros.

En cambio, el final de la vida debería llegarnos de manera apacible, ojalá bajo un cielo naranja como los atardeceres de Urabá. Un cielo tranquilo, sin sobresaltos. Sin miedo. Sin más dolores ni pesares. Solo desaparecer suavemente de este mundo que nunca debió ser escenario de tanto sufrimiento.

Este país está lleno de padres y madres que han perdido un pedazo de sí mismos. Lloran sin nombres ni reconocimientos, porque el amor que cargaban para sus hijos ya no tiene a quién cuidar. Son las víctimas olvidadas, las que seguirán sufriendo cada día en su intimidad, con la mirada extraviada, con las manos vacías.

Y también pienso en aquellos que aún creen que la paz es débil, que solo la guerra puede traer fuerza, que lo único digno es la muerte. A ellos habría que recordarles que la vida, aun con todas sus dificultades, es un acto de resistencia. Que el amor, la ternura, el abrazo, la memoria exigen de nosotros mucho más valor. Que una calle de honor hecha por niños con bombas de color blanco tiene más dignidad que cualquier desfile militar.

Porque si no es para querernos, abrazarnos y dejar una huella… ¿para qué entonces este paso por la tierra bajo el cielo de Mutatá?

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