Por Jhonny Zeta

Foto: Jhonny Zeta
Juan Carlos Peña Chipa es su nombre de pila y labora en una distribuidora de artículos eléctricos. Para más señas se puede decir que con este trabajo puede pagar sus necesidades básicas, pero, sobre todo, lo que más le importa es que le permite solventar parte de los recursos que invierte en su otro oficio, que también es su pasión.
Calle abajo la mañana recrea afanes y tránsito, aunque el sol no se asoma ni a la vuelta de la esquina, la avenida El Sol oficia de calle principal de la ciudad de Cusco. A 3.400 msnm vecinos y transeúntes cruzan el parque la Paccha como queriendo desarrugar el frío. Hago lo mismo, intento estar en movimiento, cuando me topo un ejército de 15 canes desfilando en rededor al monumento de piedra que se encuentra en el centro del parque, todos siguen atentos las instrucciones de un hombre al que no se le escucha modular claves en inglés ni en ningún otro idioma foráneo, tampoco se muestra autoritario, menos regañón. La escena es digna de contemplar y admirar mientras las manos estén bien guardadas del frío.
Rutina convertida en pasión
Mientras va llenando recipientes con sopa caliente y carne que le veo sacar de una caneca, Carlos cuenta que lleva 24 años subiendo y bajando las calles de la ciudad (Cusco significa ombligo del mundo en quechua) para alimentar diariamente unos noventa perros en situación de abandono, o callejeros, como se suele decir.
La hermana de Carlos es médica veterinaria y le apoya dejando cocinados algunos alimentos en la noche para que en la mañana Carlos los pueda calentar y hacer alguna fritura más de pollo o carne. En la madrugada el frío es terrible –dice-, por eso procura llevarles a los peluditos sopa caliente, además de galletas y pollo.
Este maestro oficiante de la voluntad se equipa con 17 recipientes para servir comida, en otra mano lleva la sopa, en cada mano cinco o seis correas con las que conduce a sus “niños”, que es como nombra a los perros con los que vive y, finalmente, un morral a la espalda con seis botellas de agua, cada una de dos litros y medio.
Sale para la primera ronda entre seis y nueve y media de la mañana, la segunda de diez a doce y treinta de la noche. El intermedio es para trabajar en la distribuidora de eléctricos. Mientras pongo cara de asombro con los pormenores de las rutinas, el ejército de canes espera atento la señal. Carlos les va asignando lugar y recipiente. Ningún perro se pelea ni necesita ser reprendido.
¿Qué le pasaría a estos noventa peluditos que vienen de todos los barrios si un día no me encuentran? –Pregunta y argumenta que ni si quiera la lluvia detiene su compromiso con ellos, si le toca se pone una capa y sale en medio del aguacero a alimentar sus niños. Piensa que, si las vacaciones son para salir a disfrutar, él tiene vacaciones todos los días, mientras pueda salir a alimentar los perritos abandonados.
Familia ampliada
Suelta una sonrisa orgullosa, digna, después de confesar que vive con 26 perros y 14 gatos. Además sentencia: no me quedo de manos cruzadas, porque el gasto es grande.
Entre las formas, colores y tamaños variados de los canes que rondan la mañana del parque hablamos en particular de dos: Olive y Gizmo. El primero es de raza viringo peruano, una raza reconocida como endémica y también como patrimonio del Perú, ya que se han encontrado restos de estos en excavaciones preincaicas. Dice Carlos que son perros muy amorosos, que pierden los caninos a los dos años. Como la piel de Olive es muy caliente, se queda una parte del año con una señora adulta ayudando en el tratamiento contra la artritis humana. Por su parte, Guizmo fue revivido después de haber sido lanzado desde un carro en movimiento. Perdió un ojo y se fracturó la mandíbula, se empeñaron en cuidarlo y a sus 14 años es un perro con media mandíbula y otros tantos achaques, pero feliz. Lo afirma con la cola.
Alimentando colitas-CUSCO
Este es el nombre de la página de Facebook y el proyecto de Inés y Carlos. En la foto de perfil aparece Carlos con su chaleco, sosteniendo las 10 o 12 correas con las que pasean por las calles a su manada, dos o tres van sin correa.
Cada mes bañan a tres o cuatro perritos callejeros, les aplican vacunas, antipulgas y también hacen esterilizaciones; a algunos les ponen en adopción. Otros están ciegos, tienen cáncer, perdieron los dientes o les falta una extremidad, cada uno tiene una condición de salud distinta y son tratados para darles calidad de vida.
Carlos y su hermana trabajan para comprar comida y medicina, suman algunos aportes de los vecinos y otras personas que conocen lo que hacen y les colaboran, también hacen rifas y eventos para el sostenimiento del proyecto que es su apuesta de vida.
Durante el mes de junio, en el marco de las fiestas de Cusco se realiza el desfile canino. Los dueños salen a las calles con sus mascotas vestidas con trajes típicos. Dice Carlos que el año anterior desfilaron casi 5.000 perros. Aunque él no viste a sus niños con ropas caras, si sale al desfile y lo disfruta. Reconoce que no tienen casa propia y que la economía es frágil, pero no deja de soñar con un lugar propio, en el campo, para cuidar mejor de quienes le recompensan con gratitudes y alegrías.
Abono: Carlos está convencido que nada pasa al azar. Le escucho asegurar que todo tiene un propósito en la vida y que Dios le pone ángeles en el camino que le apoyan en su labor. Me despido con la impresión de que esconde humildemente su enorme par de alas.
