Aprendiendo a aprender una lengua ancestral

Por Anyela Heredia

Ilustración: Julian Arango

Desde hace un tiempo en la Universidad de Antioquia se vienen dando unos procesos muy interesantes que rompen con la tradición académica eurocéntrica y abren la posibilidad de vivir y construir otras formas de hacer ciencia y crear conocimiento desde la diversidad.

Si tenemos en cuenta que en Colombia aún se hablan 65 lenguas indígenas, además del Romaní, dos lenguas criollas y la lengua de señas colombiana, se podría decir que somos una nación plurilingüe. Pero eso es solo en el papel, pues los esfuerzos que se hacen desde el Estado, sus instituciones y la misma academia, apuntan más hacia el fomento del bilingüismo que propone, e incluso exige como requisito, el aprendizaje del inglés como segunda lengua, desconociendo la multiplicidad y riqueza de lenguas presentes y vivas en nuestro territorio.

Las oportunidades de aprender lenguas ancestrales en el país son muy escasas, por no decir nulas; no obstante, en la Universidad de Antioquia se enseñan ya el guna dule, el kriol, el swahili, el mɨnɨka, el yeʼpá maʻsã, el wayuunaiki y el embera chamí, además de la lengua de señas.

Pero aprender una lengua ancestral es mucho más que aprender a juntar las letras de un abecedario; aprender una lengua como el mɨnɨka es aprender la cultura, introducirse en la danza, el canto y la preparación de los alimentos, como explica el profesor Noinui Jitóma, de la comunidad Murui-Muinanɨ del Amazonas.

Cuando habla de enseñar una lengua el profesor Noinui, quien además es profesor de matemáticas en el programa de Licenciatura en Pedagogía de la Madre Tierra, dice “no me refiero a la palabra articulada, sino a la diversidad. Es decir, a la lengua entendida como color, forma, tamaño, sabor, sonido, toda esa diversidad que es el lenguaje”. En su camino por la vida y por la academia ha venido aprendiendo a conocer muchas otras epistemes, mientras comparte la de su cultura propia y en su quehacer, siempre con otros, lleva un mensaje sobre la importancia de crear conocimiento, no desde el antropocentrismo, sino desde el biocentrismo: Es decir que la vida de una especie depende de la vida de las otras con las que cohabita” y esto lo conecta con la crítica al pensamiento patriarcal, “porque en la mayoría de las culturas ancestrales el conocimiento no lo tiene el hombre, sino el complemento de hombres y mujeres. Ni siquiera lo tiene el ser (humano), sino la diversidad de seres.

“Nosotros aprendemos al aire libre, cuando llegamos al espacio; nosotros que venimos de una pedagogía muy distinta, de salón, de sillas, nos encontramos con que vamos a sentarnos en círculo y vamos a escucharnos”, comparte Estefanía, una de las participantes del curso de lengua ancestral mɨnɨka. “Acá todos somos iguales. Acá aprendemos de la cultura a través del canto, a través de la danza, a través de la preparación culinaria”. En su experiencia de casi siete años aprendiendo la lengua, Estefanía guarda recuerdos invaluables de como comenzó a sentirse una con la naturaleza, de la manera en que descubrió su voz, a través del canto, del uai-gai o “canasto de palabra” que la conecta con la música y de esa pedagogía del cuidado que le ha enseñado la importancia de cuidar de sí misma, pero también de cuidar el colectivo.

Tanto quien enseña como quien aprende hablan de hermanarse desde el corazón, no desde la razón. De la necesidad de conectarse con la existencia en todas sus formas, de comprender que la tierra no es un recurso sino un ser vivo, “la dadora de la existencia”, y que por tanto nuestra misión es su cuidado y dignificación.

“En nuestra cultura la lengua se aprende en la siembra, en el canto, en la cocina, en la pesca, en la danza, en la poesía, en todos los escenarios y en todos los momentos”. El primer espacio de formación es con la madre, tanto niños y niñas se forman inicialmente con la madre, narra el profesor Noinui. No hay unos trabajos de hombres y unos trabajos de mujeres, es un tejido armónico que, desde el origen, es masculino y femenino. Después, a cierta edad el niño va con el papá y la niña con la mamá y se van escuchando los relatos que son parte de la formación.

El afecto, los abrazos, mambear, sembrar y velar por una alimentación más consciente hacen parte de todo el proceso de aprendizaje que, además, se comparte y se lleva en el cuerpo y la palabra. Para Estefanía, quien llegó a este proceso a los 19 años, el aprendizaje de la lengua y la cultura han transformado toda su vida, incluso la relación con su familia, pues se comunica de una manera distinta con ellos. “Estamos en un sistema donde el acelere, el exceso de estímulos nos desenfoca, pero acá llegamos y nos aterrizan desde lo simple, desde el agradecimiento, porque hay que agradecer que tenemos salud, que hay agua, que podemos llegar a este espacio”.

El proceso de formación en lengua mɨnɨka va mucho más allá de la academia, pero también desde la academia es una apuesta política y una apuesta de vida. Es una lucha permanente por alcanzar la justicia epistémica. Es un diálogo constante, en palabras de Estefanía: “Es llegar a decirles que el canto es ciencia, que en la preparación de la tierra hay ciencia, que podemos graduarnos analizando un relato de origen en lengua ancestral, reivindicar toda esa sabiduría que es valiosa y producir un conocimiento que le ayude a las comunidades”. Es una práctica tremendamente disruptiva en la academia y una invitación a repensarnos las formas de aprender y enseñar, las formas diversas de hacer ciencia y de crear conocimiento para la vida. Aprender una lengua es volver a empezar, a conocer y reconocer el mundo que nos rodea y a comunicarnos con él, es expandir la mente y abrirse al entendimiento de lo diverso. Aprender una lengua ancestral como el mɨnɨka es, además, abrir el corazón, hermanarnos con la naturaleza y volver a la raíz para dignificar la vida.

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