El grito ahogado

Por Emilio Taborda

Ilustración: Cristóbal Isaza

Gritos, peleas, quejas, insultos y más, quedan atrás en el momento en que suena el timbre que marca la finalización de la jornada educativa. Después del caos que se vive en las escuelas, unas veces agradable y otras veces desalentador, creemos que vienen momentos de calma. Por lo menos así lo creí esa tarde. El pasar de las manecillas del reloj me terminaría mostrando cuán equivocado estaba: recibo un mensaje de mi padre:

– ¿Qué sabes de tu mamá?

–Bien – respondo –, debe estar en casa con mi hermano estudiando, ¿por qué?

Después de un largo y desconcertante “escribiendo” que aparece y desaparece en el chat me dice:

–Mira el mensaje que me mandó: “me siento agotada, como que no aguanto más, he estado pensando últimamente en la idea del suicidio”

¿Qué se puede responder a un llamado silencioso de ayuda como ese?

De manera sutil escribo a mi madre para ver cómo están las cosas en casa. Aunque al principio busca tranquilizarme bajo una máscara que simula que todo está bien, que nada malo está sucediendo, la verdad termina por salir a la luz: nada está bien. Aunque lo que viene a continuación son las preocupaciones y situaciones personales que enfrentaba mi madre en aquel momento, creo que todo esto puede ser leído como el panorama común que en algún momento asumen las personas, especialmente las madres y las mujeres en el rol social de cuidadoras que les ha sido asignado por la sociedad.

Pocos días antes una de nuestras mascotas había enfermado gravemente, tuvieron que intervenir a partir de una cirugía que la dejó durante algunos días convaleciente; esto había afectado a mi madre fuertemente, pues temía la pérdida de un gran apoyo, casi una amiga para ella podríamos decir. Durante el embarazo que trajo a mi hermano al mundo había tenido que soportar fuertes dolores debido a la preeclamsia, pero quizás lo más fuerte de todo fue el abandono completo por mi parte, pues el estudio y un amor pasajero me habían cegado, impidiendo que viera cómo una persona amada sufría y me necesitaba; nuestras mascotas fueron ese apoyo que mi familia y yo mismo no pudimos (quizás ni quisimos) brindarle a mi madre, se convirtieron en sus amigos, confidentes y protectores.

Viene aquí otro punto importante: su cotidianidad como madre y ama de casa había terminado alejando a mi madre, una persona bastante social años atrás, de las personas que constituían su círculo cercano –“ya no tengo amigas, ya no salgo de casa, me mantengo aquí encerrada, esclava del aseo y el hogar”, expresaba-. Ella, una persona sumamente sociable en función de sus trabajos como vendedora en el pasado, se sentía ahora como una carga en casa, pues su aporte no se presenta de manera tangible en términos económicos, por lo menos no de manera directa ante sus ojos (las miradas feministas contemporáneas nos han mostrado la importancia del trabajo doméstico y del cuidado como un pilar sin el cual el capitalismo no podría erigirse como lo ha hecho hasta ahora).

Por último, dos elementos más parecían agobiarla sobre manera: en primer lugar, mi hermano menor, un niño que apenas cursa su segundo año escolar, ha venido presentando algunos problemas en su proceso formativo en función de ciertos atrasos con el lenguaje y su poca tolerancia a la frustración. Así pues, constantemente se atrasa en clase, de tal manera que es mi madre quien debe disponer tardes y noches enteras para ayudarle a ponerse al día, algo que no solo absorbe sus días, sino que también ha derivado en un rechazo de mi hermano hacia el estudio. Mi madre recoge la frustración del niño para sí y se atribuye las dificultades escolares como una suerte de “incapacidad para ser madre”.

Toda esta carga sale a la luz en ocasiones con enojos, gritos y amenazas de las cuales se arrepiente al darse cuenta de una actitud que la convierten en alguien que no quiere ser. Por otro lado, su relación con el padre del niño no ha terminado siendo el espacio más satisfactorio en términos amorosos y del deseo; ¿quién es realmente consciente de las diferencias entre el amor y la costumbre? Siendo esta última en la que suelen reposar muchas relaciones. Todo esto ha llevado a mi madre a sentirse como una persona insatisfecha y “fracasada”, a la que la vida se le escapa sin hacer algo propio, sin conquistas existenciales, teniendo que soportar una vida absolutamente enajenada.

Bajo algunas excusas de trámites personales viajé hasta donde mi madre (actualmente trabajo en un lugar bastante alejado de mi hogar) para acompañarle. No estaba dispuesto a cometer los mismos errores que cometí durante su embarazo, a abandonarla a su suerte y que tuviera que tragarse sus palabras y frustraciones, guardarlas para sí. En esta visita le abracé como solo alguien puede abrazar las angustias y preocupaciones de otro que resulta fundamental en su vida. Presté mis oídos a su rabia, recogí sus lágrimas, brindé calor a su fría soledad y con una sonrisa traté de hacerle saber que todo estaría bien.

Inmediatamente, además de palabras, tomé acciones en conjunto con todos los miembros de la familia: conversé con el padre de mi hermano y mi madre, de tal manera que los sentimientos de ambos pudieron expresarse; estudié con mi hermano, con una paciencia que solo comprenderán aquellos que se hayan sentado horas enteras a trabajar con un niño sobre sus tareas; presté a la perrita los cuidados que requería para recobrar su habitual alegría; busqué alternativas en otras profesoras que pudieran ayudar a mi hermano con el estudio y liberar a mi madre de un poco de la carga de “ser madre”; preparé las comidas, organicé los espacios, entre otras cosas.

Es claro que en la sociedad se han asignado diferentes roles sociales, especialmente cuando se trata de asuntos relacionados con el género. En este caso, las madres y las mujeres suelen cargar con el papel – quizás el peso- de los cuidados, sin tener un reconocimiento directo a cambio. Muchas veces pensamos en estos como una tarea fácil; no identificamos de manera plena su importancia en la cotidianidad que vivimos. Encargarse de los cuidados implica, en ocasiones, el abandono de una individualidad, dejar de lado sueños, aspiraciones, incluso momentos, espacios y lugares propios, para servirle a otros. Asimismo, implica ponerse en el hombro el peso de las preocupaciones, miedos, tristezas de los otros; todo esto carga a la persona encargada de los cuidados, alguien nos cuida, pero ¿quién cuida a los cuidadores? ¿cuántas madres, hermanas, amigas, ven cómo sus vidas se escapan y se agotan sin hacer un proyecto propio, dependiendo de los demás e incluso sintiéndose una carga por el nulo reconocimiento de los cuidados en la sociedad? Mi madre gritó desde lo más profundo de su corazón, un grito que pudimos escuchar a tiempo, pero cuántas personas día tras día lanzan un grito al vacío, no son escuchadas nunca o a tiempo…

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