Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen: Los agricultores hacen sus demandas en los “Doce artículos”, tomada de evangelisch-in-niedersachsen.de
Se llama Bauernkrieg, Guerra Campesina, o mejor aún, Revolución de la gente comúna la revuelta que sacudió el centro y sur de Alemania en 1525 y cuyo quinto centenario se conmemora por estos días. Se trató de un conflicto que enfrentó al campesinado con la nobleza y el alto clero, en un momento en que las estructuras medievales ya no respondían a una modernidad emergente. Las necesidades crecientes de la despótica aristocracia de entonces llevaron al aumento de la carga tributaria, a costillas del campesinado empobrecido ya por una serie de malas cosechas.
Aunque se puede hablar de varias insurrecciones previas, los primeros levantamientos se produjeron en 1524. Pero fue en marzo de 1525, cuando cincuenta representantes campesinos reunidos en Memmingen, en la región de Suabia, redactaron y publicaron los llamados Doce artículos, quizá el primer borrador de una declaración de los derechos humanos de alcance universal. Exigían, por ejemplo, el fin de la servidumbre o que los pastores de las iglesias fueran elegidos por sufragio popular y que se les pagara un salario tal que el resto del diezmo se distribuyera entre los pobres. Exigían asimismo que las tierras comunales no fueran privatizadas por los señores y que se les otorgara libertad de pescar y cazar. Pedían que fueran abolidos ciertos impuestos, en particular el de sucesiones que gravaba fuertemente las herencias; que se prohibiera toda recaudación de impuestos sin previa discusión legislativa; que se otorgara igualdad de derechos para todos, etc. Estas reivindicaciones se irán radicalizando hasta formularse en el gran lema del pastor Thomas Münzer, líder de la revuelta: omnia sunt communia (todo es de todos).
A finales de marzo de 1525, el conflicto estaba en su apogeo, pero la pérdida de batallas cruciales tuvo consecuencias devastadoras para el bando campesino mal armado. El 15 de mayo de 1525 la batalla de Frankenhausen se saldó con una amarga derrota revolucionaria. El reformador Münzer fue apresado y luego torturado y decapitado. Para noviembre, toda la revuelta había sido ahogada en sangre. Sin embargo, a pesar de lo mal que terminó, Marx llegó a calificar a la Revolución de la gente común «el acontecimiento más radical de la historia alemana». Antes de los nazis, que se tenían por revolucionarios sin serlo, ninguna revolución triunfó en Alemania. Ni la de Münzer, ni la revolución de 1848, ni la revolución espartaquista, ni la de los consejos de Baviera de 1919.
Marx llamó «miseria alemana» al hecho de que en su país a la audacia de las ideas correspondía en la práctica una enorme timidez política. En otras palabras, la revolución en Alemania parecía un asunto puramente teórico: los alemanes hacían la revolución únicamente en sus cabezas; en las ideas de Lutero, de Kant o Hegel. Marx llamó «ideología alemana» precisamente al intento de considerar la revolución como algo mental, una simple lucha contra los fantasmas de nuestras cabezas y no una transformación efectiva de la realidad. La Reforma protestante había sido precisamente eso para él: una revolución de y desde arriba, es decir, de la mente y desde los príncipes, que todo lo cambia para dejarlo todo igual.
El primer estudio de la Bauernkrieg se lo debemos a Engels, quien en 1850 escribió La guerra de los campesinos alemanes. Dice Tommaso La Rocca que después de Lutero, que controvirtió públicamente a Münzer, nadie se tomó en serio la Guerra de los Campesinos. Este lock down historiográfico, este apagón de la investigación sobre el tema duró 300 años. Resulta curioso que, en 1874, Engels admitiera haber escrito el texto en cuestión «bajo la impresión directa de la contrarrevolución que acababa de terminar». Se refería a la revolución burguesa de 1848, que también había fracasado completamente tanto en Francia como en Alemania: en Francia, con el fin de la Segunda República y el golpe de Estado de Napoleón III, que restableció el imperio; en Alemania, con el fortalecimiento del poder de los junkers o grandes terratenientes y su expresión más retardataria, el régimen de Bismarck (Reaktionsära o Época Reaccionaria, suelen llamar los alemanes a este periodo de su historia, por cierto).
Engels veía en Münzer el polo opuesto de Lutero. Para él, Münzer revivía una tradición revolucionaria que nunca había dejado de estar presente en la historia del cristianismo: en su temprana oposición al poder del Imperio Romano, y luego en la tradición contestataria de las herejías medievales. Si Lutero representaba a la burguesía moderada, Thomas Münzer representaba al ala más avanzada del campesinado y de la gente común.
El tercer gran intérprete de la Guerra Campesina es Ernst Bloch (si bien con él podamos mencionar a Lasalle, Kautsky o Mannheim) quien, hace poco más de 100 años, publicó en 1921 Thomas Münzer, teólogo de la revolución. Y como en el caso de Engels, el ambiente social era contrarrevolucionario: Bloch escribía tras la muerte de su esposa, en el contexto de una revolución proletaria que, tras la Primera Guerra Mundial, se había saldado en Alemania con dos estruendosos fracasos: en Múnich y en Berlín, los trabajadores insurrectos fueron asesinados y decenas de partidarios y simpatizantes fueron represaliados por bandas paramilitares que presagiaban ya a Hitler. En ambos contextos de derrota y de incertidumbre frente al futuro, tanto Engels como Bloch miraron a la Guerra de los Campesinos acaso para no ceder a la tentación fácil del pesimismo.
En los tiempos que corren, los de un despertar del neofascismo, que amenaza las (pocas) conquistas de la democracia liberal burguesa y sueña con la eliminación de cualquier alternativa socialista, podemos repetir el gesto de estos dos autores. Podemos recurrir a esta lucha derrotada, para encontrar la fuerza de no hundirnos en la desesperación. La revuelta plebeya de 1525, por lejana que parezca de nosotros, no se queda tan solo en las brumas de la Europa de comienzos de la época moderna. Hace parte de la historia revolucionaria del cristianismo, ciertamente minoritaria y hecha de derrotas, pero aún presente incluso entre nosotros. La revolución derrotada es además la historia de nuestros propios fracasos políticos en las luchas por la emancipación.
Bloch, como su amigo Walter Benjamin, creía que era importante que el proletariado se viera a sí mismo como heredero de varios siglos o milenios de luchas. El movimiento popular no es cosa del otro jueves; es más bien heredero de milenios de luchas fracasadas: las de los esclavizados y los siervos, los judíos perseguidos, las brujas quemadas, los campesinos sin tierra, los pueblos indígenas, los obreros harapientos y, en general, todos los vencidos y olvidados de la historia. Esa misma historia oficial siempre se centra en las batallas ganadas. Los días festivos son celebraciones del triunfo de los ganadores. Nosotros deberíamos más bien recordar nuestras derrotas porque son el insumo moral de la lucha. Cada revolución derrotada o traicionada u olvidada; cada revuelta y cada lucha por un mundo mejor carga consigo un suspiro, un grito que no se apaga y que nos oprime el pecho; el mismo grito de los campesinos alemanes que, después de la tragedia de Frakenhausen, tras la derrota, gritaron: ¡vencidos volvemos a casa, nuestros sobrinos pelearán mejor!
