Por Milton Manco Castro

En la foto: Francisco Javier Montoya
Transcurría el año 1998. Era 4 de julio, para muchos una fecha cualquiera, pero en Dabeiba, un municipio enclavado en las puertas del Urabá antioqueño, ese día quedó marcado por la tragedia. Ocurrió en la Balsita, uno de los 4 corregimientos que tiene este municipio; allí fue la última vez que se vio con vida a Francisco Javier Montoya. Su desaparición no fue un hecho aislado; es uno de los casos emblemáticos de asesinatos, torturas y desapariciones forzadas ocurridos durante la oscura época en la que las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá se proclamaban dueños y señores de la región.
Los pobladores del corregimiento de la Balsita vieron a Francisco Javier crecer y formarse en el seno de una familia humilde y trabajadora, quien años más tarde se instruyó y sirvió como promotor de salud, su compromiso con la comunidad y su capacidad de liderazgo lo habían convertido en una figura querida y respetada. Todos en el pequeño terruño lo conocían por su empatía, su entrega y su inquebrantable vocación de servicio y liderazgo.
“Ese hombre ayudó a traer a mis hijos al mundo, fue promotor de salud y amigo de todos. Nunca se metió en nada, solo quería ayudar. Por eso lo desaparecieron”, asegura Irma Areiza, habitante de La Balsita y líder del colectivo de memoria de mujeres.
Francisco Javier Montoya era un líder excepcional. Su trabajo consistía en ser promotor de salud del centro poblado del corregimiento La Balsita y sus alrededores, lo que lo convirtió en una persona carismática y profundamente comprometida con las necesidades básicas de los habitantes de la región que él bien conocía. Por ello, se convirtió en una voz líder que gestionaba ante la alcaldía y los organismos locales y regionales todo lo que estuviera a su alcance para favorecer a sus coterráneos.
Fue, quizás, esa misma entrega la que lo condujo a dar la vida por los demás. Un año antes, en 1997, los campesinos de los centros poblados de Antazales, Argelia, La Balsita y Tocunal, vivieron el horror de una incursión paramilitar, agravada por la operación militar estatal conocida como Operación Génesis, que provocó el desplazamiento masivo de familias enteras desde Antioquia y Córdoba. Francisco, al ver cómo sus vecinos huían despavoridos, decidió actuar.
“Él no tenía miedo. Don Francisco nos decía que no podíamos quedarnos callados. Que el silencio también mata”, recuerda Rosalba Moreno, campesina desplazada de Antazales.
Junto con otros líderes comunitarios, encabezó una toma pacífica del casco urbano de Dabeiba, exigiendo garantías, protección y condiciones dignas para los desplazados que buscaban resguardarse de la muerte, la barbarie y el terror que los acechaba a diario por estos tiempos.
“Recuerdo su voz firme, hablándole al alcalde, diciéndole que no podíamos seguir huyendo como animales. Francisco tenía el valor que muchos no teníamos”, comenta
Alberto David, sobreviviente del desplazamiento de 1997
Pero su liderazgo se convirtió en su condena. Francisco empezó a denunciar públicamente las desapariciones, desplazamientos forzados y torturas que ocurrían en las veredas de Dabeiba, incluyendo su propio corregimiento. Pronto, los paramilitares lo señalaron como “sapo de la guerrilla”, un estigma que utilizaron para justificar el asesinato de muchos campesinos en la región.
A Francisco lo asesinaron días después de haber concedido una entrevista a medios de comunicación que habían llegado al municipio de Dabeiba para cubrir los hechos relacionados con el desplazamiento forzado. La situación se convirtió en noticia nacional. Como líder y persona capacitada para hablar del tema, Francisco denunció en dicha entrevista que grupos paramilitares, en complicidad con fuerzas estatales, eran responsables del desplazamiento forzado, la muerte, la tortura y la desaparición de varios campesinos conocidos suyos. Y bajo las circunstancias de la época, para todo mundo era bien sabido que esas palabras le constarían la vida.
Tras estas afirmaciones, fue declarado objetivo militar. Muchos amigos le aconsejaron que huyera para proteger su vida, pero él, con firmeza, respondió que debía quedarse con la gente que más lo necesitaba. Por ello, continuó desempeñando su labor como promotor de salud, atendiendo a la poca población que aún quedaba en los caseríos.
“Él denunció lo que nadie se atrevía a decir. Por eso lo callaron. Pero nosotros seguimos hablando por él”, dice Félix Manco, patriarca e integrante de la comunidad de vida y trabajo La Balsita.
El 4 de julio de 1998, cuando se dirigía en una chiva escalera desde La Balsita hacia el casco urbano de Dabeiba, Francisco fue interceptado en un punto conocido como La Peña del Diablo, a escasos cinco minutos del pueblo. Allí operaba un retén paramilitar (presuntamente en complicidad con la fuerza pública). Testigos del hecho narraron que, cuando llegaron los paramilitares al mando de alias «Escalera», dijeron que lo «bajaban por sapo, esto les pasa a todos los sapos», haciendo referencia directa a las declaraciones que había dado días antes.
“Lo vimos por última vez cuando lo tiraron de la chiva como un objeto, lo golpearon delante de todos. Nos dijeron que siguiéramos, que eso no era asunto nuestro. ¿Cómo no va a serlo si era uno de los nuestros?”. Este es un Testimonio anónimo de testigo presencial que, por seguridad, prefiere mantener el anonimato.
Lo insultaron, lo golpearon brutalmente, y finalmente ordenaron al conductor continuar su camino. Fue la última vez que alguien lo vio con vida.
Desde entonces, todo fue silencio. Su cuerpo nunca apareció. Su historia pareció desvanecerse entre la bruma de las montañas y el miedo colectivo. No ha habido justicia, ni verdad, ni reparación.
“El día que se lo llevaron, nos sentimos huérfanos. Era como si nos arrancaran el alma o un pedazo de nosotros”, expresa Basilia Cardona, de Comunidad de vida y trabajo La Balista
A pesar del paso de los años, el nombre de Francisco Javier Montoya no ha sido olvidado. Vive en la memoria de su comunidad, que ha rescatado su legado y trasmitido de generación en generación. Su labor, su voz y su lucha por los derechos de los más vulnerables siguen presentes, aun cuando la justicia continúa en deuda con él y con los miles de víctimas del conflicto armado en Colombia.
