Por Carlos Gustavo Rengifo Arias

En la Foto: Integrantes de la Funga Colectiva, en el performace «Nutrientes del micelio, las cuchas tienen la poesía».
Era un día lluvioso y en el Museo Casa de la Memoria, en Medellín, el público expectante, compuesto casi en su totalidad por víctimas del conflicto armado en la comuna 13, esperaba el desarrollo del performance titulado “Nutrientes del micelio, las cuchas tienen la poesía”.
De pronto, en la rampa, aparecen, a manera de espectros, entes pintados de blanco, caminando de manera errática, con movimientos bruscos, con un gran dolor a cuestas, sin rumbo, enredados en unos hilos que cada vez más los acercan. A la par, “los Juglares de la montaña”, integrado por Napoleón Giraldo y Wilder Carmona, estudiantes de filosofía de la U de A, con su “euterpoiesis” (música con poesía), completan el fondo dramático de la escena. De cara a las “cuchas”, los juglares declaman:
…Dice el Señor de la guerra: queda tajantemente
prohibido responder a la pregunta, “¿dónde
están los desaparecidos?, oculten en ácido
las heridas que no cicatrizan,
que los horrores no tengan nombre
y las verdades sean masacradas.
Y si los gallinazos se atraviesan,
¡matenlos!
El performance era realizado por “La Funga Colectiva” y “Juglares de la Montaña”, dos grupos que se unieron en torno a la ciencia, el arte y la política.
Micelio, performance y memoria
De acuerdo con Lisbeth Rivera, Estudiante de Biología de la U de A, “La Funga Colectiva” surgió hace unos cuatro años, “con la idea de formar un grupo performático para expresar todo lo que es la ciencia, los conocimientos y también las inconformidades sociales”. También hacen parte de este colectivo, Rio Marroquín, Biólogo de la U de A, Luana Du, Psicóloga de la UPB y Matilda Rossette, estudiante de publicidad y diseño gráfico, estas últimas, mujeres trans.
Rio Marroquín afirma que, en un principio, el colectivo se hacía llamar “los elementales”, que son esos seres que cuidan la naturaleza, o elementos como la tierra, el fuego, el aire y el agua. Pero luego de algunas discusiones y dado que sus integrantes cada vez eran más trans-disciplinarios, se repensaron el nombre como algo más general, que no fuera como una creencia, o que no cayera en estereotipos binarios, y decidieron llamarse “La Funga Colectiva”. Además, como lo expresan Luana y Matilda, en ocasión de que “en el grupo también hay mucha diversidad de géneros, de cuerpos, de pensamientos, por eso lo de la Colectiva, porque evoca también la madre, la fertilidad, la que multiplica”.
Marroquín complementa que el nombre también surgió para equiparar “los derechos de la macrodiversidad (flora y fauna) con el derecho de los hongos o de la funga, un término muy reciente, pero que se está usando mucho en el ámbito de la conservación de la biodiversidad”.
Entre los temas de interés de la colectiva están la violencia sistémica de la ciudad, las masacres, el paramilitarismo, la guerra, la paz, la igualdad, la deforestación, entre otros. Y como lo afirma Napoleón, “es un micelio, que es la humanidad, y nosotros queremos transmitir un mensaje de amor y de armonía. También hemos tenido otros temas que nos transversalizan, como el Amazonas, el Chiribiquete, las comunidades indígenas no contactadas y aisladas y la conservación de la vida”.
El medio de representación artística de “La Funga” es el performance, una actividad que tiene como principio básico la improvisación y el contacto directo con el espectador. Como lo señala Luana Du, “ocurre que el acto performático, o más bien el arte como herramienta de cambio, construcción y mutación de la realidad social es excelente, llega directo a los sentidos, no disfraza pensamientos ni emociones, solo afecta y transforma lo que el ser observa a través de este acto casi- psicológico, mágico; entonces, el performance se convierte en una herramienta política de construcción de historias alternativas”.
En todos los actos performáticos, el concepto de funga es central, ya que, como lo señala Matilda, “en la colectiva hay dos personas no normativas que siempre nos hemos conectado por el lado biológico de la vida, porque el hongo no es masculino ni femenino, transgrede en la naturaleza, porque no es animal ni planta, y como personas no normativas nos atrae el performance porque queremos transgredir”.

En la foto: Napoleón Giraldo y Wilder Carmona, integrantes de los «Juglares de la Montaña»
Arte, arte-ria y sanación
Entre los performances que ha realizado “La Funga” está uno relacionado con “La hipótesis del mono dopado”, una controvertida hipótesis propuesta por el etnobotánico y filósofo estadounidense Terence McKenna, en su libro Comida de los Dioses, en la que propone que la transición del Homo Erectus al Homo Sapiens y la revolución cognitiva fue causada por la adición de hongos psilocibios. Este performance fue presentado en el TAL (El Teatro al Aire Libre de la U de A) en un festival de hongos en el 2021, acompañado, además, de la publicación de un artículo científico sobre performance y hongos; en el 2022 hicieron un performance llamado “Rebelarse al renacer”, para el Congreso internacional de diversidad y ciencias sexuales, y realizaron otro en el presente año, llamado “Nutrientes del micelio, las cuchas tienen la poesía”, entre otros.
Para “La Funga Colectiva”, el performance es una herramienta de sanación, como una arte-ría. Al decir de la colectiva, “conectándolo con lo biológico y con la anatomía humana, por las venas corren glóbulos blancos, rojos y plaquetas, y es muy interesante lo que pasa cuando hay una herida en cualquier parte del cuerpo: de inmediato actúan los glóbulos blancos y las plaquetas para empezar a cicatrizar una parte de la piel. Entonces nos imaginamos el arte como algo así, como una arteria, de tal manera que cuando hay una herida en la sociedad, ahí mismo las plaquetas y los glóbulos blancos van a cicatrizar a los individuos y al tejido social”.
Ha dejado de llover, esos seres sin rumbo se han encontrado, se han abrazado, han compartido su dolor como un micelio, han gritado al cielo y vuelto a la tierra, mientras “los juglares de la montaña” declaman:
Las cuchas nos miran fijamente.
Y su clamor poético estremece
cada filamento de nuestro sistema
nervioso: luchamos
para que nunca más las zarpas
de los verdugos vuelvan a despojar
del ser a ningún inocente,
para que el espíritu de los muertos
vilmente asesinados no se convierta
en el refugio de las moscas
y se pudra en el olvido eterno.
