Por Milton Manco Castro

Francisco Montoya. Foto: Milton Manco Franco
De niño, Omar vivió el doloroso desplazamiento forzado desde la vereda La Balsita, municipio de Dabeiba, en el occidente de Antioquia. Apenas siendo un pequeño, tuvo que abandonar los campos verdes, el cantar de las aves y la tranquilidad del campo, sin otra opción que refugiarse, junto a su familia, en un espacio humanitario improvisado, donde más de 66 familias compartían el mismo destino. Entre ellas, la de Omar.
Allí lo conocimos. Era un niño alegre, sin preocupaciones aparentes, con apenas diez años, igual que nosotros. Aventurábamos por las calles de Dabeiba buscando sobrevivir, jugando y soñando, sin saber aún las cicatrices que la vida ya nos dejaba.
Fue en 2001 cuando, reubicada la Comunidad de Vida y Trabajo La Balsita, volvimos a encontrarnos en la escuela «El Paraíso». Cursábamos quinto de primaria, y allí nació nuestra hermandad: Omar, Henry y yo, Milton. Los tres mosqueteros, inseparables. Ese año estuvo lleno de aventuras: en las aulas, en los caminos, en los juegos y los secretos. Nuestra amistad se fortaleció aún más al llegar al colegio, donde compartimos juntos desde sexto hasta noveno grado en el colegio indigenista Llanogordo.
Vivíamos en la zona humanitaria y alternábamos entre estudiar, ayudar en el campo a nuestras familias, ensayar teatro y danza, y compartir sueños. Omar, además, desarrolló una habilidad admirable: tejía manillas y artesanías con una destreza única y manejaba el arte de trova y el repentismo de forma admirable.
Nuestro día comenzaba a las 4 de la mañana y no terminaba hasta las 11 de la noche. A veces, en medio de la locura de la juventud, llevábamos serenatas a alguna chica que nos gustaba, con música y algunas copas de chicha artesanal preparada días antes. Éramos felices. Inmensamente felices, aunque no lo supiéramos del todo. Y es que esos momentos con Omar eran regalos de vida.
Todo transcurrió así hasta 2006. Terminamos noveno y nos tocaba asistir a la sede principal en el casco urbano. Conseguimos una casa para vivir durante los dos años siguientes mientras cursábamos décimo y undécimo. La experiencia de convivir con Omar fue inigualable. Su alegría, su entusiasmo y su deseo de aprender y sobresalir eran inspiradores.
Nos levantábamos a las 6 a.m., nos turnábamos los quehaceres del hogar, y a las 7 salíamos en bicicleta rumbo al colegio, casi siempre con el tiempo justo. Los fines de semana subíamos a la finca, pedaleando una hora entera, compartiendo risas y cansancio. No teníamos mucho, es cierto, pero tampoco nos faltaba nada: nos teníamos los unos a los otros.
Omar era nuestra guía. Su voz sabia y crítica iluminaba nuestras discusiones. Sabía administrar el dinero con austeridad y responsabilidad, lo que le daba nuestra confianza para manejar lo económico de la casa.
Recuerdo con nostalgia el día que terminamos el colegio. Sabíamos que la separación era inevitable. Omar tenía clara su meta: estudiar en la Universidad de Antioquia. Se presentó a medicina, que era su sueño desde muy niño, pero el puntaje solo le alcanzó para estudiar economía, al menos ya tenía una oportunidad, así que la tomó sin dudar, empacó sus maletas y salió lleno de sueños de la vereda.
Allí, en la ciudad, siguió demostrando su grandeza. Fue nombrado monitor académico en algunas materias, lo que le ayudaba a conseguir algo de dinero para subsistir.
Un día cualquiera, como tantos, Omar compartía con sus hermanos en la casa. Habían comprado algunas cervezas y, entre risas e historias familiares, a las dos de la mañana decidió irse a dormir. Venía de un largo día en la universidad, donde había tenido que correr para escapar de los gases lacrimógenos lanzados por la policía durante una protesta estudiantil.
Se despidió de sus hermanos con su acostumbrada calma, apagó las luces… y también, sin saberlo, se apagó su vida. A las tres de la mañana, un paro respiratorio fulminante acabó con los sueños y las ilusiones de Omar. Sus hermanos, al escuchar un ruido extraño, intentaron socorrerlo y llevarlo al hospital, pero ya era tarde. La autopsia confirmó que su corazón había dejado de latir sin aviso.
El sepelio fue doloroso. Desde que la noticia llegó a la vereda, la música de lamento no dejó de sonar. Todos sentían el dolor como propio. Cuando el féretro llegó a la comunidad, pasada la medianoche, una caravana de amigos en moto lo escoltaba. Era un momento difícil de describir. «Omitar», como lo llamaban de cariño, regresaba sin vida al lugar que lo vio crecer, soñar, trabajar, amar…
Al día siguiente, una multitud acompañó su ataúd hasta su última morada, allí, en el filo de la zona humanitaria. Ahora, un epitafio sencillo pero profundo nos recuerda que un gran ser humano habitó este mundo y dejó una huella imborrable en nuestras almas.
«En memoria de Omar Montoya Rivera: tu risa aún resuena entre nosotros, tus ocurrencias nos acompañan, y seguimos viéndote correr con Wil, apostando quién llegaba primero al cementerio. Ayer fuiste tú quien se adelantó, sin regreso, pero aquí sigues, habitando nuestros corazones. Te queremos, Omar. Tus hermanos de vida, los tres mosqueteros».
