Por Aníbal Pineda Canabal

Ilustración de Alberto Jerez
Contiene la Biblia uno de los libros más interesantes de la literatura sapiencial hebrea. Aunque se abre y se cierra con dos breves secciones en prosa, en realidad es un gran poema en cuyo centro se encuentra la discusión entre un grupo de amigos. A tal punto hay en él rebeldía que, si no hiciera parte del Antiguo Testamento, pensaría uno que fue escrito por un descreído que se burla de las razones tontas de los creyentes. La historia cuenta una apuesta que tiene lugar en el cielo, entre Dios y el diablo en torno a Job, hombre honrado del país de Us: para Satán, Job es justo tan solo porque le ha ido bien en la vida, pero, si se le diera un giro dramático a su destino, otro seguramente sería su comportamiento.
Dios acepta el juego perverso que se le propone y permite al diablo que demuestre su teoría y se ensañe absurdamente con Job y los suyos. La desgracia de Job estructura entonces toda la obra, cuyo tema principal es precisamente el sufrimiento de los buenos. Job actúa bien, pero le va muy mal: pierde familia y posesiones, se llena de llagas y entonces decide alzar su voz rebelde: la piedad de Job no es sumisión acrítica, sino búsqueda sincera de respuestas: «Grito hacia ti y tú no me respondes. Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano en mí se ceba.». La lectura ideológica funcional del libro hace de la resignación, del aguante y del sufrimiento asumido estoicamente (resiliencia se le dice a esto a veces) su asunto principal. Se dice entonces que Job no reniega, sino que sufre con paciencia. En realidad, todo el libro es una queja poderosa contra la injusticia y contra lo absurdo de la fatalidad.
Esta queja sigue teniendo plena vigencia: ¿quién no ha oído decir que a quien actúa bien le va bien? ¿O que lo que está escrito en las estrellas será para uno, aunque se quite y lo que no lo está no lo será, aunque se ponga? Contra estos consuelos de la mala conciencia se alza Job: «Hay paz en las tiendas de los bandidos». Muchos actúan mal y les va muy bien: «Los malvados al envejecer se hacen más ricos. Ven crecer sus retoños, viven en paz y el látigo de Dios no los azota».
También suele ocurrir lo contrario: al bueno le va mal y tantas veces es escarnecido. La vida de trabajo honesto de muchos no es suficiente ni para un sustento digno, ni para una vejez digna. Y Job alza la voz por ellos: «Como burros salvajes del desierto salen los pobres a su tarea, madrugan para conseguir algo, y del desierto sacan alimento para sus pequeños; cosechan en campo ajeno y rebuscan en el huerto del rico; pasan la noche desnudos sin ropa con que taparse del frío, los empapa el aguacero de los montes y a falta de refugio se pegan a las rocas… Si no es así, que alguien me desmienta y reduzca a nada mis palabras».
Luego están los amigos de Job, cuatro personajes de reparto que intervienen en el libro. Son personas de buena voluntad. Al enterarse del sufrimiento del amigo corren a acompañarlo, viajan desde lejos y se «reúnen para compartir su pena y consolarlo». Lloran con él, guardan silencio junto a él y solo hablan cuando él se levanta para maldecir el día en que nació. Consternados por la dureza del lenguaje y por la impiedad del argumento que desconoce la Providencia, los amigos de Job intervienen. Ante el sufrimiento, buscan una explicación facilona que los consuele. Todo lo que le está ocurriendo a Job debe tener una razón. La obra se lanza entonces en una larga serie de bellísimos poemas, que constituyen el corazón del libro entero. Los amigos de Job representan a eso que en filosofía se llama, según el término inventado por el filósofo alemán G. Leibniz, la teodicea, es decir, una justificación del porqué del mal en el mundo, una negación de la idea del destino como sino que se abate trágicamente sobre las personas y una defensa racional del principio según el cual nada es porque sí y todo tiene una razón suficiente de ser.
Pero los amigos de Job representan también la prudencia que dicta siempre las buenas maneras y el modo en que los demás han de gestionar sus problemas o expresar sus dolores. En vez de adoptar la perspectiva del sufriente y entender la razón de su cólera, pretenden explicar el interés del (Dios) poderoso. Su desprecio de la razón de la parte más débil y su adopción del punto de vista del más fuerte son endomingados con palabrerías de prestidigitador: sesudos análisis, retruécanos acompasados en tono de ciencia. Adoptan una posición de condescendencia: entienden la situación del otro, pero no lo acompañan en sus razones, pretendiendo con ello actuar, eso sí, en nombre de los intereses mismos del otro. Los amigos de Job dan consejos: Job debe mirar en su propio pasado y reconocer que tiene la paga de sus malas acciones; si sufre es porque ha pecado… el pobre es pobre porque quiere.
El pasado 25 de junio fue sancionada la reforma laboral que devuelve a los trabajadores derechos perdidos. No es ni con mucho una reforma revolucionaria y está lejos de cambiar radicalmente la relación de fuerza entre el capital y los trabajadores, pero devuelve derechos y dignifica en algo la labor de los trabajadores. El despliegue de argumentos que he leído en los últimos días me ha hecho pensar en los amigos de Job. La reforma ha hecho que, de lejos, desde la orilla política más reticente a los grandes cambios sociales, despierten los amigos de Job. Los hemos visto uno a uno desfilar dando sus argumentos en contra y revistiéndolos de la ciencia neutral, la que niega engañosa y decididamente toda forma de contaminación ideológica.
Con prudencia, eso sí, ninguno dice abiertamente oponerse al interés de la clase obrera, al contrario. La congoja no los ha abandonado en sus muy sesudos y muy prudentes análisis acerca de la inconveniencia de la reforma: el mercado del trabajo ha cambiado, la reforma no crea empleo y antes perjudica a los trabajadores informales, para quienes, desde ahora, será más difícil garantizar su inserción al empleo formal. El desempleo disparado se avizora en el horizonte; la inflación a la baja, se la imaginan ya al alza en dos meses. Y en el secreto del alma se les adivina un tunante e inconfesado deseo: que la catástrofe advenga para poder decir que su clarividente ciencia ya lo había advertido y que, como se le oyó decir recientemente al conspirador excanciller, «este país va al despeñadero». Las profecías de estos profetas han resultado equivocadas una a una. Por fortuna, la clase trabajadora los conoce y no se deja llevar ni por las bocas que predicen siempre desgracias eternas ni por los ojos que solo ven zodiacos funestos.
