
Portada: «Masacre a la población palestina» – Miguel Rojas
La humanidad ha alcanzado desde hace algún tiempo un punto muerto desde el que parece simplemente imposible seguir evolucionando. Esta afirmación se antoja paradójica en un momento en donde el desarrollo tecnológico se muestra capaz de traspasar todos los límites conocidos y la inteligencia artificial, que avanza a un ritmo de aceleración absoluta, nos abre unos mundos de posibilidades infinitas. La paradoja, sin embargo, no es más que la evidencia de la cosificación de la vida humana que se ha naturalizado de manera tal que paraliza la propia evolución de la especie: el proceso evolutivo se ha transferido a los productos del trabajo humano y de su imaginación, mientras la especie misma involuciona al mismo ritmo en que evoluciona la tecnología.
Gaza es la herida que evidencia el sufrimiento derivado de tal proceso y hace tangible, más que el estancamiento de la humanidad, su involución naturalizada o celebrada como evolución. Tras los horrores del nazismo en Europa y el holocausto, con pretensiones de exterminio, sufrido por el pueblo judío a manos de los Nazis, un pensador judío-alemán decretó un nuevo imperativo categórico que modificaba radicalmente la ética moderna y su formalismo abstracto: se hacía indispensable desde entonces pensar y actuar de tal manera que Auschwitz no se repitiera. Auschwitz fue el campo de concentración que llegó a simbolizar todo el horror y deshumanización encarnado en el nazismo. El sufrimiento indecible padecido por el pueblo judío se constituyó en una afrenta para la humanidad precisamente porque a ese pueblo se le negó de tajo la posibilidad de ser considerados como seres humanos y de vivir como tales entre los que se consideraban a sí mismos humanos.
Y la humanidad no ha estado a la altura de la máxima formulada por Theodor Adorno en la que todos nuestros actos y pensamientos estuvieran orientados a eliminar el sufrimiento humano socialmente producido. Más bien, desde entonces, se han multiplicado y sofisticado las herramientas y estrategias para someter a sufrimientos inenarrables e incluso al exterminio, bajo la lógica de dominio, a pueblos enteros. Lo triste es que hoy ese sufrimiento sea planeado e infringido al pueblo palestino por el gobierno sionista de Israel, en nombre del pueblo judío que sufrió precisamente la lógica del exterminio bajo el régimen nazi. La lógica del nazismo y sus estrategias más despiadadas sobreviven en el mismo pueblo que sufrió en carne propia su deshumanización, y recibe el respaldo más grande de aquellos Estados que en su momento combatieron, supuestamente a nombre de la humanidad libre, al nazismo. Matar a un pueblo de hambre, además, parece tener los mismos efectos que una bomba atómica, pues sus consecuencias se extienden en el tiempo en las generaciones sobrevivientes que ven reducido dramáticamente su potencial intelectual y cognitivo y, por tanto, la capacidad de imaginar un mundo mejor.
Los campos de concentración construidos por el nazismo siempre fueron sistemáticamente negados por el régimen o engalanados ante los medios de comunicación internacionales para ocultar el horror industrialmente producido allí. Pero el horror desatado sobre la franja de Gaza permanece a la vista de todo el mundo, el territorio cercado por Israel para bombardear a diario a sus habitantes, destruir hospitales e impedir el acceso de medicina para curar a los heridos, matarlos de hambre o eliminarlos mientras intentan acceder a cualquier ayuda humanitaria, administrada por el propio Israel, es un territorio abierto a la mirada de la humanidad. Y, sin embargo, durante casi dos años Israel ha desatado el infierno en dicho territorio ante la casi total indiferencia del mundo, con muy contadas y honrosas excepciones. Eso evidencia la estructura de sensibilidad construida por el capitalismo, que se sustenta en la indiferencia frente todo aquello que no contribuya a mejorar nuestro bienestar o no lo disminuya. El individualismo egoísta y la competencia por mejorar en todo momento nuestra posición social nos hace ciegos, insensibles, ante el dolor de los otros y, a veces, incluso, ante nuestro propio dolor, naturalizado como el precio justo por el éxito perseguido.
Ciertamente lo que hay detrás de la ocupación de Israel en Palestina y del respaldo de Estados Unidos y Europa al horror desatado en ese territorio por la potencia sionista son intereses capitalistas. También son estos intereses expresados en la lógica individual lo que se expresa en nuestra indiferencia frente al exterminio del pueblo palestino. El capitalismo emergió como el despertar de la humanidad ante el sueño oscurantista de la Edad Media y ante los anquilosados poderes religiosos y aristocráticos que mantenían a la humanidad en una actitud de negación de sí misma en función de alcanzar una vida mejor más allá de este mundo. Contra ello puso la modernidad capitalista la voluntad humana regida por la razón, con una ética y una ciencia al servicio del mejoramiento de la vida social, material y espiritual. Pero una vez conquistado el poder económico y político por la burguesía, la razón, la ética y la ciencia fueron puestas al servicio de la acumulación de capital y en contra del despliegue de las potencialidades realmente humanas. Desde entonces, cada triunfo del capitalismo materializado en la organización racional de la vida social e individual expresa precisamente la deshumanización creciente.
Pero no podemos simplemente descargar la responsabilidad de tal deshumanización en la lógica de dominación del capitalismo y en sus propósitos de acumulación. El capitalismo es una forma de organización social construida por los seres humanos, que se sostiene todavía hoy a través de la adaptación de los individuos y las organizaciones a dicha lógica y dicho propósito. Nuestra indiferencia frente a los horrores sistemáticamente desencadenados por el capitalismo (no solo en Palestina) es también comodidad y avenencia con el orden social establecido. Con dicha indiferencia nosotros también hacemos posible y legitimamos el horror vivido desde hace décadas, medio siglo realmente, por el pueblo palestino y otros pueblos sometidos todavía hoy al colonialismo y al pillaje. Con esa indiferencia contribuimos a reconocer como humano lo que no es más que su remedo, a celebrar como progreso lo que no es otra cosa que involución y deshumanización.
Tal vez debamos desacomodarnos un poco, o demasiado incluso si es necesario, para exigir a los gobiernos de todo el mundo parar el exterminio del pueblo gazati, que es una vergüenza para la humanidad en su conjunto, frenar a Israel y restablecer a los palestinos como un pueblo que tiene derecho a existir con dignidad como todos los pueblos del mundo. Tal vez debamos tomar distancia de la dinámica de vida a la que hemos acomodado nuestra existencia, la lógica que gobierna la mayor parte de nuestras actuaciones, y resistirnos a la adaptación acrítica al sistema que nos ha sido impuesto.
Tal vez debamos retomar como horizonte ético el imperativo de Adorno y pensar y actuar, individual y colectivamente, de manera que lo que ha venido ocurriendo en Gaza no se siga repitiendo ni en Gaza ni en ningún lugar del planeta. Para ello hay que tomarse en serio la tarea de transformar las estructuras sociales orientadas a la acumulación de capital como propósito de la humanidad, con lo que están compenetrados hoy todos los poderes existentes. Lo que no es otra cosa que la negación de la humanidad misma en nombre del capital. La construcción de una humanidad mejor, en constante proceso de mejoramiento cualitativo, exige la inversión de esa lógica y la destrucción de los poderes que la sustentan.

Contraportada: «Sin título» – Erika
