El colapso ético del humanismo occidental: Palestina y la traición de los derechos humanos

Por J. Mario Vergara

En la foto: Un pequeño fue retratado junto a su madre por el fotógrafo Ahmed al -Arini el 21
de julio en una tienda de campaña levantada en la franja de Gaza, donde escasean los elementos más básicos para la subsistencia de los
gazatíes

Los derechos humanos no nacieron como una promesa, sino como una herida. Como un parche ético tras siglos de exterminio, esclavitud, colonialismo y guerras. Su lenguaje —solemne y universalista— estuvo desde el inicio marcado por una paradoja: proclamaban lo inalienable justo después de haberlo negado masivamente. Se redactaron en el siglo XX entre los escombros de la barbarie nazi y la hipocresía colonial, como si dijeran “nunca más”, sin atreverse a preguntar: “¿a quiénes les hicimos esto?”.


Y, sin embargo, hoy ese mismo discurso se descompone en nuestras manos. No por carecer de valor intrínseco, sino porque las naciones que más lo invocan son también las que más lo profanan. En particular, el Estado de Israel, con el apoyo sistemático de Estados Unidos y la complacencia de los gobiernos europeos, ha llevado a cabo una ofensiva sostenida contra cualquier horizonte humanista real en los territorios palestinos. Al hacerlo, no solo ha causado miles de muertes, desplazamientos y bloqueos, sino que ha contribuido a desfondar moralmente la noción misma de derechos humanos, vaciándola de contenido ante los ojos del mundo.


¿Con qué autoridad puede hablarse de “vida digna”, “protección de civiles”, o “libertad de culto y circulación”, cuando en Gaza, en Cisjordania, en los campos de refugiados, en cada checkpoint, todo eso se ha vuelto polvo bajo drones, misiles, muros y burocracias de control? La ONU emite resoluciones sin consecuencias; las ONG documentan crímenes mientras se les cierran oficinas; los periodistas cuentan cadáveres mientras las cancillerías emiten comunicados tibios o, peor aún, apoyan los bombardeos bajo la excusa del “derecho a defenderse”.


Lo que presenciamos no es solo una violación de derechos humanos: es su aniquilación simbólica. Su conversión en arma retórica del poder. Porque cuando el discurso de los derechos sirve para justificar al opresor y no para proteger al oprimido, entonces ha sido capturado, colonizado, distorsionado.

La historia del derecho internacional está tejida con hilos de cinismo. Desde sus inicios, ha sido el arte delicado de transformar la violencia del más fuerte en legalidad respetable. Las grandes potencias coloniales firmaban tratados mientras conquistaban continentes; hablaban de civilización mientras exterminaban pueblos; juraban defender la paz mientras producían armas para todas las guerras.


En 1945, con el horror aún fresco de Auschwitz e Hiroshima, se proclamaron solemnemente los derechos humanos universales. Pero la nueva geografía de poder no abolió el viejo orden colonial: lo recicló. El campo de concentración fue reemplazado por el campo de refugiados; el protectorado, por la zona de ocupación; el esclavo, por el migrante ilegal. Y todo ello bajo el velo de una legalidad que, en la práctica, nunca fue realmente para todos.


Israel, fundado en 1948 en medio de la tragedia del pueblo judío, nació como una promesa y una paradoja. Su existencia fue legitimada moralmente por el trauma del Holocausto, pero su consolidación territorial implicó la limpieza étnica sistemática de la población palestina, como lo han documentado incluso historiadores israelíes como Ilan Pappé. Desde entonces, cada acto de resistencia palestina ha sido etiquetado como “terrorismo”, mientras cada operación militar israelí se presenta como “defensa legítima”.


Europa, que lloró a sus muertos, pero nunca pagó sus culpas coloniales, se solidarizó con el nuevo Estado sin mirar a los pueblos que desplazaba. Estados Unidos, obsesionado con su hegemonía en Medio Oriente, lo armó hasta los dientes y lo protegió diplomáticamente ante cada intento de moderar su expansión.


Así, los derechos humanos dejaron de ser un límite al poder y pasaron a ser su coartada. Palestina se convirtió en un laboratorio moral del fracaso del derecho internacional. No por falta de pruebas —los informes de Human Rights Watch, Amnistía Internacional o la ONU lo confirman—, sino porque los guardianes del orden mundial han decidido mirar hacia otro lado. No se trata de olvido: se trata de complicidad.


El problema, entonces, no es la ausencia de normas, sino la hipocresía estructural de quienes las proclaman. Cuando una niña muere bajo los escombros en Rafah y, al día siguiente, un canciller europeo declara que “Israel tiene derecho a defenderse”, no estamos ante una torpeza diplomática: estamos asistiendo a la pérdida total de contenido ético de la palabra “derecho”.

Decía Frantz Fanon que, en la colonia, el colonizado solo conoce los derechos humanos como ausencia. Su humanidad está fuera del derecho, o más aún: es precisamente lo que justifica su exclusión. Walter Benjamin advertía también que toda civilización que proclama el progreso lleva consigo los documentos secretos de la barbarie. En ese sentido, la situación del pueblo palestino no es una anomalía: es el espejo más nítido de un sistema que ha vuelto estructural la impunidad.


¿Qué queda, entonces, frente a la demolición ética del derecho internacional? Queda la memoria. Queda la dignidad de no olvidar. Queda la voluntad de hacer hablar a los derrotados de la historia no como víctimas pasivas, sino como sujetos que resisten y articulan otro lenguaje de lo humano. En cada niño que lanza una piedra, en cada madre que protege a los suyos bajo un techo bombardeado, en cada poeta que escribe desde el exilio, se gesta una subversión contra la hegemonía del relato.


No se trata de romantizar la derrota, sino de reconocerla como parte del proceso histórico de emancipación. Cada vez que los derechos humanos son traicionados en nombre del orden, se hace evidente la urgencia de una nueva ética, no basada en universalismos abstractos, sino en solidaridades concretas. No en la diplomacia entre Estados, sino en la lealtad entre pueblos. No en los aplausos de las cumbres, sino en el silencio digno de quienes entierran a sus muertos sabiendo que resistir —incluso sin victoria— es ya una forma de justicia.


Quizá aún no podamos detener el exterminio. Tal vez no logremos reescribir los tratados ni frenar la maquinaria que los sostiene. Pero sí podemos —y debemos— negar el relato oficial, rechazar la complicidad y decir la verdad sin eufemismos. Podemos recordar, escribir, gritar, organizarnos y denunciar. Porque el silencio es otra forma de violencia, y el olvido no trae paz, solo repetición. Hoy, esa verdad resiste en Gaza, en Hebrón, en Nablus, y en cada rincón donde la dignidad no se arrodilla ante la mentira. Y quienes heredan esa memoria ya han empezado a luchar.

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