Por Álvaro Lopera

El imperialismo norteamericano y europeo vapulean
la ONU según sus intereses. Imagen construida por
Álvaro Lopera con IA
Como si la tragedia de todo un pueblo conducida por la mano genocida de un ente (Israel), que no alcanza el título de nación, no pudiera detenerse sino comprenderse, el mundo continúa impávido ante un hecho que no solo nos condenará como partícipes directos sino como cómplices. Si revisamos la actitud de casi todo el planeta respecto de esa región pequeña de 365 kilómetros cuadrados llamada Gaza, bombardeada hasta el presente 30 veces (con más de 100.000 toneladas de bombas), como lo fue Dresde al final de la Segunda Guerra Mundial, encontramos a una humanidad anestesiada que no responde como debiera, en parte por esa desinformación malintencionada de Occidente que también bombardea nuestras mentes sin misericordia.
¿Un genocidio lejano?
Eran 2.300.000 habitantes en Gaza, y vivían aplastados y muriendo en su pequeño espacio hasta que se dio un salto cualitativo de la resistencia: el 7 de octubre de 2023 se atacó el corazón del colonialista, la entidad sionista, y puso en evidencia su fragilidad y su mentira colosal de ser la única democracia de Asia Occidental. El colonialista, acostumbrado al dominio criminal de los territorios ocupados sin castigo desde principios del siglo XX, los asesinaba cuando requería ensayar una nueva arma de guerra que después vendía en las ferias militares como arma probada en campo. Pero también los bombardeaba cuando esa rebeldía palestina se manifestaba en marchas pacíficas tanto en Gaza como en Cisjordania, exigiendo la devolución de su territorio y el retorno a una sola Palestina.
A esta población le han hecho tantas atrocidades (matarla por hambre y frío, destruirle sus centros de oración y sus hospitales con los médicos adentro, sus centros educativos, etc.) que ya empieza a ser un relato redundante, casi necrofílico, para los que estamos a salvo de la guerra; a estas alturas no nos conmueve un muerto más, pues penetrados por la cultura neocolonial del dios consumo y del individualismo, y la desinformación militante de todos los medios de comunicación occidentales, hemos decidido aceptar que quien proteste contra el genocidio es un antisemita o un enemigo de Occidente y sus valores, como si estos valieran la pena.
A nuestra cotidianidad llegan los estruendos de los agonizantes en Gaza que se suman, por supuesto, al eco ensordecedor de aquellos que la geopolítica imperialista denomina sobrantes, nadies, y los aplasta sin compasión en África, Asia y América Latina. Esta cadencia colonial sigue impávida su curso; y lo peor, no actuamos, nos tapamos los oídos a pesar de tener a la mano tecnologías de última generación y herramientas de análisis materialista, incluyendo grandes pensadores y humanistas contemporáneos.
La comunidad de naciones y su infructuosa presencia
“La ONU es una institución insignificante”, repetimos muchos con razones sobradas para decirlo. Y es cierto, no cumple ningún papel significativo en el actual estado de cosas. Estudiando detalladamente los instrumentos que posee para detener el genocidio, llegamos a la conclusión que el Consejo de Seguridad lo es todo, que las naciones con poder de veto (Estados Unidos, Francia, Rusia, China y Gran Bretaña) tienen en sus manos la llave para detener la matanza.
Existe una herramienta de la Asamblea General que se utilizó en la guerra de Corea y que se llama Resolución 377 (V) «Unión pro Paz» (Uniting for Peace), adoptada el 3 de noviembre de 1950, en donde el Consejo de Seguridad de entonces aprovechó la ausencia física de la Unión Soviética en ese recinto para aprobar el lanzamiento de la campaña militar liderada por Estados Unidos en contra de las fuerzas revolucionarias. A ello se sumó la Asamblea General con el artículo 22 de la Resolución 377(V) previamente aprobada, en donde se solicitó (a posteriori para darle más legitimidad a la acción imperialista norteamericana) la participación de una fuerza armada en contra de los comunistas del norte de la península, porque fue calificada dicha acción como necesaria para aclimatar la paz.
El artículo 22 permite a la Asamblea General nombrar un comité de 14 países que hagan las veces de observadores de peligros geopolíticos que puedan poner en riesgo la paz mundial y convoquen con carácter de urgencia a la Asamblea General para que emita una resolución que condene o active los mecanismos políticos, militares o diplomáticos, para actuar en consecuencia. El agravante es que un miembro permanente del Consejo de Seguridad con su veto puede evitar la conformación de estas naciones observadoras y de medidas propuestas en la Asamblea General. Todo pues empieza y termina en el Consejo de Seguridad.
Nada más lejos que haya una voluntad política en el seno de la Asamblea General para invocar la Resolución 377 Unión pro Paz, así sea para generar conciencia de la necesidad urgente de detener el genocidio, salvo un tibio intento de Egipto y Mauritania en 2023; solo se han citado y aprobado sesiones de emergencia con resoluciones en donde las 2/3 partes aprueban el alto al fuego y las negociaciones, sin que eso sobrepase el veto norteamericano o europeo. Basta con saber que muy pocos países del mundo han roto relaciones diplomáticas, comerciales, militares y culturales con la entidad sionista para entender el abandono del humanismo y la solidaridad en las relaciones internacionales.
Una golondrina no hace verano
Se reconoce la lucha que la funcionaria italiana Francesca Albanese, relatora de derechos humanos de la ONU para el caso de los territorios ocupados, lleva a efecto al denunciar en todos los escenarios posibles, con muchos obstáculos y amenazas, los atroces crímenes que Israel comete a diario y el apoyo de la maquinaria corporativa que sustenta el proyecto colonial israelí de desplazamiento y reemplazo de los palestinos en los territorios ocupados: fabricantes de armas, empresas de tecnología (principalmente norteamericanas), empresas de construcción y edificación, industrias extractivas y de servicios, bancos, fondos de pensiones, aseguradoras, universidades y organizaciones benéficas.
En Bogotá, entre el 15 y 17 de julio también la vimos al frente de la Cumbre del Grupo de La Haya, esto es, los países que acompañan a Sudáfrica en la acusación de genocidio a Israel, entre ellos Colombia. La Cumbre de Bogotá tradujo la acusación de genocidio contra Israel en un paquete concreto de acciones jurídicas y comerciales. Treinta y dos países participaron en la deliberación, y solo doce dieron el paso adicional de firmar y asumir la implementación del comunicado: Sudáfrica, Colombia, Bolivia, Cuba, Indonesia, Irak, Libia, Malasia, Namibia, Nicaragua, Omán, San Vicente y las Granadinas.
El comunicado, si bien está cargado de buenas intenciones e importantes acciones económicas, no alcanza a motivar al resto del mundo a firmarlo ni trasciende a un llamado de una acción militar urgente, invocando, así sea con cálculos estratégicos, la Resolución 377 Unión pro Paz y su artículo 22.
Colofón
El mundo de los Estados Nación camina de la mano de intereses geopolíticos interesados ya sea en abrazar al decrépito hegemón norteamericano o en salir bien librados de unas relaciones comerciales soberanas de la mano de la aún tambaleante asociación BRICS.
Pero el mundo de los pueblos, en esta debacle, tiene la palabra, ojalá aplicando de una vez por todas la máxima: “Solo el pueblo salva al pueblo”.
