Pensar, lo que se dice pensar

Por Aníbal Pineda Canabal

Ilustración: “Los caminos de pandora”– Deisy Gallego L.

El pensamiento comienza a tientas. Cuando las ideas surgen por primera vez en nuestras cabezas son como fetos endebles que han de ser entrenados en la contrastación con otras ideas y madurados en la clarificación progresiva de sus propios presupuestos causales y de sus consecuencias. La opinión suele surgir gratuitamente, como en un sueño en el que las realidades se conectan espontánea e incluso disparatadamente. Cuando la opinión es verdadera, puede ir acrisolándose y profundizando sus razones. De hecho, cuanto más auténticas sean las razones en las que se funda, más sosegada suele ser. Pero lo que funda la validez de una opinión tiene que ver principalmente con la legitimidad del modo en que deduce las conclusiones a las que llega. El salto de un gato por la ventana no puede explicar la lluvia prevista para esta tarde. La correcta intelección de las causas y de las relaciones entre los hechos es la característica del conocimiento verdadero.

La verdad no es una piedra de una sola cara: está hecha de aristas y contrastaciones y porta consigo su contrario en forma de refutaciones. Estamos hechos para llegar a ella, normalmente, ascendiendo como a través de círculos concéntricos, desde la opinión, que es gratuita, hasta el saber fundamentado. Pero la purificación de la opinión no se realiza por acto de magia, sino que es más bien el producto de un esfuerzo consciente que no todos parecen dispuestos a hacer o cuya necesidad no logran percibir adecuadamente.

Cuando públicamente hacemos uso de nuestro entendimiento, se esperaría un compromiso con ese camino ascensional hacia la verdad. En tiempos en que la publicación de la palabra escrita dominó la comunicación en nuestras sociedades, el texto impreso garantizó al menos el deber de la argumentación de las propias ideas. El opinador que sentaba su posición, fuera esta conservadora o progresista, pacifista o violenta, debía demostrar lo que decía de forma razonada, al menos en apariencia. Aun el panfleto malintencionado o la declaración incendiaria conservaban el marco formal del lenguaje y la preocupación retórica por convencer o emocionar.

La palabra escrita se hallaba así rodeada de un aura de majestad. El lector aceptaba o no la idea que se le proponía y un hecho de interés público estaba destinado a ser objeto de diálogos privados, cuyo contenido rara vez trascendía el ámbito de la conversación y de las personas concernidas. En un mundo así, la comunicación epistolar abundaba en formalismos y no temía dejarse llevar a las alturas del lirismo en la descripción de los estados interiores. Hoy el género epistolar ha sido definitivamente reemplazado por el mensaje de correo electrónico de carácter netamente informativo y no sobrevive más que en el sentimentalismo de unos pocos. La abundancia y la facilidad con que nos llegan los mensajes de otra gente hizo superfluo el tono grave y la expresión cuidada de las cartas. Finalmente, las redes sociales han hecho perder su aura incluso a la comunicación escrita.

La opinión de la gente común ha dejado de ser asunto de conversación en un patio o alrededor de la mesa entre amigos. Las redes sociales son un libro abierto en que permanentemente se deja constancia de lo pensado en forma de comentario, por lo general bajo el impacto de la inmediatez y la reacción emotiva. Por eso, las redes son el reino de la opinión peregrina y de la ocurrencia gratuita. Los prejuicios vuelven creíble la información recibida pero nunca comprobada. El opinador alegre se cree capaz de acertar en todo: por la mañana es experto en huracanes, al mediodía tiene la solución autoritaria a la delincuencia y, por la tarde, dictamina si el dato estadístico de la inflación del último mes es verdadero o no, según lo que recuerde de la última vez que compró queso en el supermercado.

La opinión peregrina es presa fácil del radicalismo antidemocrático, las teorías conspirativas, las noticias falsas y el anti-intelectualismo desvergonzado. De la ignorancia oronda se nutre la satisfacción con la situación dada y la pereza frente a los cambios. El desprecio por el mundo de esta forma de conciencia desdeña cínicamente lo político y lo común para terminar contentándose con lo que existe, cerrándolo a la posibilidad de su transformación efectiva. Solo así el trabajador despistado puede terminar sirviendo a intereses contrarios a los suyos propios.

La opinión peregrina siempre ha existido, pero hasta ahora no se había empeñado en dejar constancia de su existencia en el registro del universo digital. Queda expuesta para que escudriñemos su lógica y para que desentrañemos sus motivos. La opinión peregrina es parienta de la ambigüedad del compromiso político de las masas. Echa raíces en la cultura popular, que no es nunca una realidad homogénea o compacta dirigida siempre hacia un bien superior. En ella conviven, más bien, impulsos de distinta naturaleza: inconformismo y rebeldías dispersas que predisponen a abrazar la causa de la transformación social.

Estas insatisfacciones dialécticamente recuperadas conducen a formas de compromiso afectivo con la emancipación, hacen florecer el deseo de ruptura con el orden existente y favorecen la adhesión a las causas sociales. Junto a estas sobreviven también los viejos prejuicios racistas, machistas y sexistas de la cultura ambiente; los miedos ancestrales, las leyendas negras que satanizan lo diferente, los romanticismos identitarios y, en general, la propensión a la derechización. En la opinión peregrina que Internet favorece, los impulsos fascistas pueden expresarse libre y alegremente hasta normalizar el discurso radical y pelear la conquista del sentido común.

Pero el sentido común se parece a las ferias de pueblo o a las verbenas a que dan lugar los jolgorios civiles o religiosos. Allí lo viejo frecuenta lo nuevo, la tradición a la novedad, la reacción a la revolución: todo es como un postigo al viento que gira sobre su eje y muestra aleatoriamente su anverso o su reverso. El primer estrato de dicho sentido común suele consistir en un batiburrillo de creencias, ideas y percepciones acerca de la vida y el mundo. Lo que se dice por ahí es un hormigueo de concepciones y de modos de vida que se mueve como un transeúnte en un mercado de pulgas.

Las posiciones frente al mundo van surgiendo peregrinamente, al ritmo en que los vendedores ruanos gritan sus productos. Entre el sahumerio de viandas y de galguerías, en medio de la jarana propia de las cafeterías y del regateo por el candelabro que ofrece el buhonero se hilan las leyendas que van de boca en boca, los chismes malintencionados, los rumores y las noticias inventadas. El movimiento social ha de aprender a rentabilizar estas formas de conciencia que constituyen sus focos de resistencia. Recuperarlas dialécticamente implica clarificar sus intenciones, potenciar sus rebeldías y hacer que los elementos de la cultura que tradicionalmente se han opuesto al advenimiento de lo nuevo, puedan contribuir a la obra de la emancipación humana. Pensar, lo que se dice pensar, debe poder consistir en desencriptar sus saltos y las fallas de su lógica y la fuerza en que reside su gran performatividad social.

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