La música de los que no pertenecen

Por Cristian Camilo Hurtado Blandón

Ilustración: Luana DU

La resiliencia es un concepto que aparentemente es simple, pero, bajo la lupa de una reflexión flexible y amparada en autores que la han trabajado con juicio y dedicación, como Edith Grotberg, puede ofrecer una categoría de análisis provechosa. En esta ocasión quisiera unir el concepto de resiliencia —entendido como la capacidad de afrontar las adversidades— con las infinitas posibilidades o rutas que la música brinda a la hora de buscar estrategias para ser resiliente, todo ello en medio de la crisis profunda y dolorosa de la juventud de los barrios de Medellín. Una crisis que puede partir del dolor de la pérdida de un amor adolescente y causar la muerte de un joven por no contar con herramientas que le permitan sobrellevar sus pasiones, hasta el abuso sistemático, violento y apabullante que solo las paredes de nuestros barrios saben ocultar. Jóvenes que se suicidan por “poco”, en apariencia, pero que sufren en extremo; o, por el contrario, jóvenes que sufren demasiado, pero aguantan hasta ver sus vidas corroídas por la oscuridad y el sinsabor de sus contextos escabrosos.

En una Institución Educativa de Medellín, de cuyo nombre debo olvidarme en este momento, se presentan constantemente casos que erizan la piel; algunos son tan fuertes que la activación de las rutas de atención inmediata significa la despedida de un estudiante que no se volverá a ver. Otros casos quedan ocultos al escarnio público. Los compañeros de clase y muchos integrantes del personal del colegio ven a jóvenes caminando, sonriendo, con actitudes extrañas y con manifestaciones de la identidad que dejan ver que “no son normales”, en el sentido de que no participan de las dinámicas que el sistema tacha como normales y aceptadas. Podría pensarse que son rumiantes buscando un lugar donde sentirse parte de algo, un lugar donde puedan vivir sin la necesidad de tantear constantemente el terreno para sobrevivir, evitando el terror de sus contextos cercanos.

La música ha servido de puente entre los estudiantes que sufren y un “paréntesis de la náusea”. La propuesta de una jornada complementaria en música comenzó como una opción que los estudiantes podían tomar para completar su formación holística. Pero este programa se convirtió en un salvavidas para aquellos que, sin saberlo, encontraron un monumento para resignificar su relación con el mundo. Empezó a notarse que la música era el canal a través del cual los estudiantes soltaban sus dolores en un lenguaje simbólico. Casos que iban desde lágrimas simples por escuchar letras o canciones, hasta intentos de composición que narraban los dolores que nunca fueron capaces de vocear. En este sentido, la música se convirtió en un canal alternativo para expresar lo que llevaban bajo toneladas de frustraciones.

Los estudiantes se dieron cuenta de que dentro del coro o la banda participaban como parte de un todo, en el cual desempeñaban un rol importante. Esto les permitió resignificar que eran seres que, antes tachados de “anormales”, ahora hacían parte de algo. La imagen de sí mismos se reconfiguró en un grupo identitario en el que encajaban. Al mismo tiempo, la extrapolación de su sentimiento de pertenencia comenzó a reflejarse en su sociabilidad y en el sentido de pertenencia a la comunidad. La música ayuda a construir individuos capaces de vivir en sociedad sin perder su valor como individuos ni su autonomía.

La música, en este sentido, puede apreciarse dentro de sus infinitas posibilidades como una estrategia de resiliencia que coadyuva a la resignificación de entornos adversos y dolorosos. Se ha notado que los estudiantes pueden procesar la violencia a través de la exposición de su creatividad y sus facultades artísticas. Los días de talleres y ensayos se convirtieron en rituales de sanación y refugios emocionales. Los estudiantes manifiestan sentirse atravesados por espadas antes de entrar y salir con risas a recibir sus clases regulares. Son, en palabras de ellos, espacios de calma que les ayudan a sobrellevar la dureza y la rigidez de sus vidas.

Estoy seguro de que, antes de estas experiencias, yo mismo habría sido un crítico de las palabras atrás esgrimidas, en el sentido de que la música podría usarse como un espacio de domesticación: seres que dan un paso al lado del horror para sentirse cómodos en ambientes densos. La música, en términos estructurales de la industria cultural puede pensarse así: como una herramienta del retorno a lo mismo e insinuaciones de una sensibilidad altiva de placer y fiesta que ayuda a que los que sufren olviden por un momento sus dolores, para que usen su pequeño espacio de esparcimiento en consumir los productos que los anaqueles ofrecen.

Pero creo que, en ocasiones, hay que flexibilizar conceptos y reconocer que, al quitar prejuicios academicistas, las vertientes de la música —en este caso— ofrecen elementos que, si bien se ocultan en la industria, no logran apagarse del todo. El hecho de que la música sirva de puente para que los estudiantes que sufren tengan espacios donde se sienten bien, seguros, escuchados y parte de algo, no se reduce a un mecanismo de normalización de seres “anormales” que están fuera, para adentrarlos en las dinámicas del sistema, sino que sirve al más crítico de los propósitos, que incluso Dussel ha tratado de construir con su analéctica: permitirle al que sufre, al olvidado, al pobre, al “anormal”, al que queda fuera, al Otro, ser feliz o, por lo menos, construir momentos de felicidad.

Esto demuestra los problemas profundos que tiene el sistema, pero al mismo tiempo pone en evidencia la necesidad de preocuparse más por el ser humano que por teorizar alrededor suyo.

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