Por Álvaro Lopera

“El vicio imperialista que impulsa la agresión a Venezuela”. Imagen elaborada con herramientas de inteligencia artificial- Álvaro Lopera
La noticia de la embestida usamericana contra el país hermano navega por todos los medios de comunicación mundiales y a veces pasa desapercibida en el marco de la guerra de Ucrania y el genocidio palestino apañado e impulsado por el imperialismo norteamericano. Estamos viviendo una época de violencia imperialista transmitida en vivo por las redes e interpretada con maldad y alevosía por la prensa burguesa mundial. De acuerdo a esta, Palestina se merece el destino de la limpieza étnica emprendida por el nazi sionismo y Venezuela es una dictadura de Maduro y del “cartel de los soles” y también amerita una intervención norteamericana, puesto que su modelo no encaja con las directrices del neofascismo trumpiano y su relanzada doctrina Monroe de dominio continental.
Preámbulo de la crisis en Latinoamérica
El imperialismo yanqui adoba a Venezuela, como suculento plato, con una campaña continental de amenazas a países con gobiernos progres, Brasil y Colombia, los mismos que se encuentran en la lista negra del gobierno encabezado por Trump, un pederasta (recordar la lista Epstein) y multimillonario delincuente. Y por un hijo de cubanos exiliados y anticomunista sin par, Marco Rubio, que maneja el Departamento de Estado como una sucursal del fascismo mundial y con un garrote y un lenguaje antidiplomático y lumpezco propios de esta época de crisis de hegemonía.
A Brasil, tras la condena de Jair Bolsonaro, Trump le disparó los aranceles a niveles nunca antes vistos, y a Colombia le descertificó (alentado por la extrema derecha colombiana) la “lucha contra el narcotráfico”, que significa cortar la “ayuda militar” por un valor cercano a US$ 500 millones. Estas medidas coadyuvan a la cruzada antipetrista de los medios de comunicación nacionales e impulsa soterradamente un golpe de Estado, al ovacionar en su dictamen a las Fuerzas Armadas –como si no fueran comandadas por el presidente– y condenar a Petro por insuficientes esfuerzos contra el tráfico de drogas, a sabiendas que este gobierno es el que más golpes le ha dado al narcotráfico y ha impedido el crecimiento desmedido de las áreas de cultivo de la hoja de coca, al incentivar la destrucción de cultivos por los mismos productores y reemplazarlos con sembrados de pan coger.
El gobierno actual de los Estados Unidos se mueve como una mafia, ganando apoyos y enemigos en una campaña mundial de estropicios arancelarios en procura de mejorar el perfil, a las buenas o a las malas, del desempeño de la alicaída y desindustrializada economía norteamericana. Mueve piezas aquí y allá, sobándole el saco a Putin para explotar conjuntamente el mar Ártico e intentando salirse del caos de Ucrania, país dirigido por una cohorte proimperialista neonazi que va perdiendo la guerra contra el oso ruso, muy a pesar del apoyo desembozado que la OTAN y la UE le han dado en estos tres años de conflicto.
Se saldría Estados Unidos de ese berenjenal y participaría cómodamente como un simple proveedor de armamento para dicha guerra, quedando con el garrote alzado, conjuntamente con Israel, contra los pueblos árabes y ahora contra Latinoamérica, en procura de mantener la supremacía continental y sacar a empellones a China, su archienemigo contemporáneo, de este continente. O sea, en el marco de la crisis de hegemonía del imperialismo norteamericano, y en vista que existe un hecho geoeconómico y geopolítico inocultable: el ascenso de los BRICS y de la OCS (Organización de Cooperación de Shangai) al tinglado de organizaciones que empiezan a disputar con éxito los terrenos de la inversión y de la economía mundiales, Estados Unidos vuelve la mirada a su “patio trasero” en procura de mantener la supremacía imperialista sobre la región. No quiere perder las reservas estratégicas de minerales, agua y energía, y en general de bienes comunes naturales que requiere para no hundirse, como el Titanic, en el olvido de la historia.
Venezuela: un hueso duro de roer
El imperialismo norteamericano, el más mortífero de la historia humana, con un prontuario que casi todos los pueblos del mundo conocen, en donde millones de muertes, centenas de invasiones, robos de territorios (México 1846), golpes de Estado y crímenes de toda naturaleza son su mejor presentación, de nuevo sale con mentiras estúpidas que no pasan el análisis de una persona mínimamente informada.
En 2002, el payaso de turno del Departamento de Estado yanqui, Colin Powell, como un mago que saca de la manga una “prueba irrefutable”, mostró un tubo de ensayo con una sustancia que se inscribía en lo que ese siniestro “héroe” del gobierno Bush II llamó sustancia base para armas de destrucción masiva. Y con esa mentira Estados Unidos llevó a cabo la invasión de Irak en 2003 que dejó más de un millón de muertos, un empobrecimiento terrible y un desmembramiento de territorio para controlar sus reservas energéticas y destrozarlo de acuerdo a los planes estratégicos del sionismo mundial. Aún esta nación no se repone de la terrible noche de destrucción de su infraestructura civil y de su sociedad entera.
Saddam Hussein, antiguo socio del imperialismo norteamericano, especialmente cuando impulsó la guerra contra Irán en los años 80 del siglo pasado, no tenía ni de lejos lo que ahora tiene en su haber la revolución bolivariana: un pueblo comprometido con la defensa del país y de su gobierno, con el nacionalismo bolivariano a bordo y con millones de hombres y mujeres conscientes de su quehacer histórico movilizados en milicias armadas. No bastan las armas de avanzada tecnología para ganar una guerra, cuando no están acompañadas de la razón y del soporte moral y ético de los pueblos.
Como en Vietnam, Afganistán, Yemen e Irán, en Venezuela la derrota será mayor e impulsará la tremebunda lucha de clases en dicho país, y desnudará a esa hostil y terrible oligarquía que, como la colombiana, históricamente ha sido vendepatria y traidora a los intereses nacionales venezolanos.
En Venezuela no gobierna una dictadura, ningún cartel de los soles (tonterías yanquis); el imperialismo requiere –como Drácula la sangre– su enorme reserva energética para su proyecto de dominio de mil años. En Venezuela el pueblo camina al lado de su gobierno, y tiene no solo armas de avanzada tecnología para responder asimétricamente y detener a los imperialistas, sino una gran estrategia: “La guerra de todo el pueblo”, en donde la doctrina militar vietnamita está presente y actualizada, amén de la avezada doctrina militar cubana.
El imperialismo haría muchos daños, mataría a muchos hombres y mujeres, destruiría muchas infraestructuras, pero será derrotado por esa voluntad cubano-bolivariana de Patria o Muerte, rebautizada por Hugo Chávez, como Patria y Vida, Venceremos.
Nada está escrito. Los pueblos tenemos la palabra.
