La persistencia de la personalidad autoritaria

Por J Mario Vergara

Imagen tomada de etsy.com/

En 1950, Theodor W. Adorno y un grupo de investigadores de la Escuela de Frankfurt publicaron un libro fundamental para comprender las raíces psicológicas del fascismo: La Personalidad Autoritaria. A través de encuestas, entrevistas y análisis clínicos, buscaban responder a una pregunta urgente en el contexto de la posguerra: ¿por qué tantos ciudadanos, en diferentes sociedades, parecen dispuestos a seguir ciegamente a líderes autoritarios y a aceptar políticas que atentan contra la libertad y la dignidad humana?

La respuesta fue que, más allá de la ideología o de la coyuntura histórica, existe un “tipo de personalidad” caracterizado por la rigidez, la sumisión ante la autoridad percibida como legítima, el desprecio hacia quienes piensan distinto y una preferencia a proyectar la propia frustración sobre minorías o grupos vulnerables. Esta personalidad autoritaria no es un accidente individual, sino el resultado de procesos sociales, culturales y familiares que cultivan la intolerancia, la hostilidad y el dogmatismo.

Más de siete décadas después, esa teoría parece encontrar un ejemplo empírico de gran escala en la figura política de Donald Trump y en el movimiento que lo rodea. El presidente estadounidense ha mostrado cómo ciertos rasgos autoritarios no solo se encarnan en un líder, sino que logran movilizar a millones de seguidores en nombre de una promesa de orden, fuerza y resentimiento convertido en bandera. En él se refleja la sumisión acrítica a la figura de autoridad, la agresividad contra los “otros”, el apego a normas sociales rígidas y el uso de prejuicios para explicar fenómenos complejos.

Trump ha construido su liderazgo sobre un carisma de corte autoritario. Se presenta como encarnación de la verdad y la fuerza, como lo expresó al decir “solo yo puedo arreglar esto”, en su discurso de aceptación en 2016. Sus seguidores lo siguen no por la solidez de sus argumentos, sino por la potencia emocional de su presencia. Esa sumisión se hizo evidente en episodios como el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando multitudes actuaron convencidas de que defendían la democracia mientras, en realidad, intentaban violentarla. Adorno señalaba que quienes poseen una personalidad autoritaria encuentran alivio en entregarse a una figura fuerte que actúe en su nombre. Trump ha sabido ocupar ese lugar al presentarse, simultáneamente, como víctima del “establecimiento” y como vengador capaz de castigar a los enemigos del pueblo.

Esa dialéctica entre victimización y agresividad ha sido uno de los pilares de su discurso político. Sus ataques sistemáticos contra migrantes, musulmanes, mujeres y opositores constituyen ejemplos claros de lo que Adorno describía como proyección: la necesidad de canalizar frustraciones internas hacia un enemigo externo, fácilmente identificable. Al describir a los inmigrantes mexicanos como “criminales” o a los musulmanes como “terroristas potenciales”, Trump no solo degrada a comunidades enteras, sino que ofrece a sus votantes un blanco concreto sobre el cual dirigir sus temores e inseguridades. Este mecanismo le permite convertir problemas estructurales como la desigualdad o la precariedad laboral en luchas simplificadas contra enemigos visibles.

La simplificación es, precisamente, otra de las claves de su discurso. En un mundo atravesado por la complejidad de la globalización, Trump triunfa ofreciendo respuestas inmediatas y fáciles: un muro resolverá la migración, aranceles devolverán los empleos, “América primero” corregirá décadas de política internacional. Estas consignas apelan a lo que Adorno llamó convencionalismo rígido: la preferencia por soluciones que se ajustan a normas claras y preexistentes, frente a la incertidumbre que generan los cambios sociales. Aunque dichas soluciones no aborden los problemas de fondo, logran generar la percepción de que existe un camino simple y una autoridad capaz de recorrerlo. En ese marco, la política se transforma en espectáculo y la lealtad personal sustituye al debate racional.

Adorno no pudo prever el papel que los medios de comunicación y, más recientemente, las redes sociales tendrían en este proceso. Trump domina X con una habilidad sin precedentes, utilizándolo como una plataforma de conexión directa con sus seguidores, sin mediaciones periodísticas. Cada mensaje funcionaba como consigna, insulto o reafirmación de identidad, fortaleciendo el vínculo emocional con su base. Los medios tradicionales, por su parte, amplifican su figura al cubrirlo constantemente, so pena de ser cancelados, incluso cuando difunde falsedades o locuras. De esa manera, el espectáculo mediático legitima y naturaliza su discurso, como en su momento la propaganda masiva contribuyó a consolidar el fascismo europeo.

Lo que demuestra el caso Trump es que la advertencia de Adorno sigue siendo vigente: la democracia nunca está asegurada. El autoritarismo no surge únicamente de golpes militares o conspiraciones externas; también puede crecer desde dentro, a partir de las frustraciones sociales y de una cultura que valora más la fuerza que la razón. La personalidad autoritaria no es un fenómeno relegado al pasado, sino una forma de subjetividad política que permanece latente en nuestras sociedades y que puede ser reactivada por líderes que sepan encarnar sus rasgos.

Ante esta realidad, la pregunta que surge es cómo evitar que esa predisposición psicológica se convierta en proyectos políticos que amenacen las instituciones democráticas. Adorno sugería que el antídoto debía ser la educación crítica: una ciudadanía que sepa cuestionar, pensar por sí misma y reconocer el valor de la diversidad es menos vulnerable a la sumisión y al dogmatismo. Pero la educación, aunque fundamental, no basta por sí sola. También se requiere responsabilidad de los medios de comunicación, que deben resistir la tentación de la espectacularización, y compromiso de las instituciones, que han de garantizar que la política no se reduzca a un concurso de emociones primarias. Sobre todo, es imprescindible la responsabilidad individual de cada ciudadano, que puede decidir no dejarse arrastrar por el miedo ni por la promesa de soluciones mágicas.

La lección de Adorno es clara: lo que parece un rasgo psicológico individual puede convertirse en fenómeno político colectivo. La personalidad autoritaria encuentra en Donald Trump una manifestación contemporánea que combina resentimiento, simplificación y carisma mediático. Reconocer sus características, advertir sus peligros y fortalecer las defensas democráticas constituye una tarea urgente. La historia enseña que cada vez que lo autoritario se impone sobre lo racional, lo que sigue no es el orden prometido, sino la violencia, la división y la erosión de la convivencia.

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