Por Diego Meza

“Comunidad”, Ilustración de Daniela Arboleda
Hace unos días terminé de leer un libro provocador de Jean-Philippe Kindler: A la mierda la autoestima, dadme lucha de clases. Esta obra critica el carácter vanal y peligroso del discurso terapeútico contemporaneo. Según él, las prácticas que giran alrededor de la autoestima y la autorealización del individuo son dispositivos que el neoliberalismo usufructa. El foco de atención no es ya la injusticia y las desigualdades socio-económicas, sino la aceptación de sí mismos y la gestión del propio bienestar. De este modo, fenómenos sociales como la pobreza, la vulnerabilidad social o la violencia devienen problemas de actitud, de disposición ante la vida o de gratitud. Esta inversión despolitiza los temas colectivos en aras de una psicologización de lo social.
El capitalismo emocional se vale de todos los medios para difundir su doctrina: centros de ayuda, industria cultural, medios de comunicación e, incluso, la academia. ¿Quién no ha visto en una librería estanterías completas de manuales de autoayuda o, junto a las cajas del supermercado, libros titulados “Me quiero, te quiero”, “100 consejos para ser feliz” o “Soltar para avanzar”? Infinidad de personasjes repiten en las redes sociales citas inspiracionales que nos insisten en que “el tiempo de Dios es perfecto”, “cree en ti y todo será posible”, “conviertete en la mejor versión de ti mismo”, “el universo conspira a tu favor”, “agradece y atraerás abundancia”, “no te lamentes por lo que te hicieron, declara tu éxito”. Estas máximas indican la conversión del yo en un proyecto empresarial que debe optimizarse y la reproducción de una moral emocional centrada en la positividad.
La enseñanza de esta retórica es clara: si sufres o fracasas en la vida, la responsabilidad es tuya. No es la distribución desigual de la riqueza, ni el acceso excluyente al sistema educativo y sanitario, ni las asimetrías de poder, sino la falta de empeño y confianza. Así, los efectos de la pobreza se individualizan y psicologizan. El sufrimiento del mundo deja de exigir explicaciones al Estado, al mercado o a las élites y queda en manos de los hábitos, mindset o resiliencia del inviduo. En otras palabras, se nos invita a mirarnos al espejo y tranquilizarnos en vez de exigir nuestros derechos.
No quiero negar la relevancia que la autoestima tiene en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Sentir seguridad, reconocimiento y aceptación es una necesidad humana primaria y real. Pero lo que Kindler fustiga es la simplificación del mundo social contemporaneo en una industria y governance terapeútica. Cuando la política es reemplazada por el mindfulness corporativo, los protocolos afectivos y los talleres de resiliencia, la consecuencia es la conservación de las relaciones de poder vigentes.
Las luchas colectivas, descalificadas por muchos, nos señalan que no es suficiente con autogestionarnos si no se erradican las formas y estructuras que producen las desigualdades. En Colombia tenemos una larga experiencia: campesinos, indígenas y comunidades afrodescenndientes que defienden sus territorios, colectivos que exigen memoria, verdad e igualdad, sindicatos que protestan por los derechos laborales, poblaciones que resisten a la violencia. Ninguna de estas dinámicas se define por mensajes inspiradores, citas motivacionales o frases de empoderamiento; todas tienen en común la organización comunal, la disputa ideológica y el diseño de alternativas colectivas.
Algunos podrían abogar por la inocuidad de estos discursos: ¿qué importa que estos autores vendan millones hablando del bienestar personal? ¿Qué problema tienen los centros de autoayuda si generan trabajo y auxilian a las personas que sufren? En realidad, todo este conjunto de elementos opera como mecanismo de dominación simbólica, justificando y normalizando formas de opresión. Quien labora más de doce horas diarias en condiciones indignas no necesita un coach o una terapia centrada en el poder del ahora, necesita garantías laborales plenas y remuneración proporcional. No alcanza con sentirnos valiosos si no hay condiciones efectivas de derechos y reconocimiento y respeto institucional. Los discursos de la autoayuda son eficaces, es cierto, pero su impacto es limitado: impulsan, sí, pero no reordenan la realidad. Por tal motivo, coadyuvan al statu quo: relajan, pacifican y desarticulan.
Frente a esta industria del bienestar individualista, la politización de la vida social es un imperativo. Aclaro que no se trata de desechar de tajo el cuidado personal, sino de ubicarlo en su verdadero puesto: el de sociedades que amparan derechos y democratizan las oportunidades. La autoestima cobra impulso cuando las personas viven en condiciones de equidad y justicia; de lo contrario, es apenas un lenitivo. El gran reto para nosotros es conjugar el bienestar personal con el cuidado colectivo. Amarnos a nosotros mismos y cuidarnos no está mal, pero no basta. Necesitamos querernos lo suficiente para defendernos colectivamente de la pobreza, el hambre, la violencia y la punitivización de la vida.
