Organismos Genéticamente Modificados (OGM) o Agroecología en Cuba

Por Álvaro Lopera

«Rechazo campesino mundial a las semillas transgénicas».
Imagen elaborada con IA y photoshop-Álvaro Lopera»

En la edición 111 de El Colectivo, sección Noticias de Nuestra América, salió una reseña que llamó poderosamente la atención: ¿Qué novedades hay sobre los cultivos transgénicos en Cuba? Y sí, produjo escozor, por decir lo menos, en aquellas personas vinculadas a la defensa de la salud de los ecosistemas y, por supuesto, de la salud humana.

Apuntes importantes para la discusión y el análisis

Según el doctor Mario Pablo Estrada García, director de Investigaciones Agropecuarias del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) de Cuba, ante la escasez de recursos, el deterioro del suelo y los efectos del cambio climático, los OGM constituyen una «alternativa necesaria» para incrementar la producción de alimentos en el país. Las proyecciones detalladas en el artículo son ambiciosas: sembrar hasta 25.000 hectáreas de maíz transgénico para 2026, con un rendimiento estimado de 9 t/ha (toneladas por hectárea), que se destinará principalmente a la alimentación animal. El doctor Estrada destaca beneficios tales como el aumento de rendimientos, reducción de pérdidas por plagas y mejora en la eficiencia del uso de agua y fertilizantes.

Ese potencial productivo de 9 t/ha. contrasta drásticamente con el rendimiento promedio nacional, que históricamente ha estado por debajo de 2.5 t/ha. e incluso 1.5 t/ha. en los últimos 50 años, de acuerdo a información entregada por algunos portales cubanos. Ante esto, el biólogo Alejandro Henao y la agrónoma Liliam Gómez, ambos participantes de muchos años en el Consejo Nacional de Plaguicidas de Antioquia, plantean que la cifra de 9 t/ha. es una mera promesa que resultará en algo muy por debajo de lo afirmado.

Alejandro llamó a contextualizar históricamente esta apuesta: “El sistema agrario de la Isla, que en el pasado se caracterizó por una fuerte dependencia de insumos importados, sufrió un colapso sistémico tras la caída del bloque soviético en la década de 1990, lo que llevó a una etapa político-social conocida como «Período Especial», que obligó a una transformación forzada de la agricultura y condujo al surgimiento de un movimiento masivo de agricultura urbana y, de manera más amplia, de agroecología (https://leisa-al.org/web/revista/volumen-22-numero-02/el-forzoso-aprendizaje-agroecologico-de-cuba/). Esa experiencia demostró la viabilidad de un modelo productivo de bajos insumos, resiliente y basado en principios de autosuficiencia y armonía con el ecosistema”.

A lo anterior se suma que la variedad transgénica de maíz que se le agrega el gen de la bacteria Bacillus thuringiensis (Bt) en el genoma de la planta para combatir la plaga de la palomilla, seguramente puede ser exitosa en los primeros momentos, pero con el paso del tiempo aparecerán variedades de insectos que serán resistentes a ella, para lo cual se requiere una preparación tecnológica que es bastante costosa.

Liliam y Alejandro fueron enfáticos en señalar que toda la transgénesis conocida hasta ahora siempre ha llevado a consumos ingentes de plaguicidas; esa ha sido la experiencia práctica con este tipo de desarrollos y es la realidad actual.  Convocando el principio de precaución, Liliam afirmó que el uso de las plantas transgénicas, cualquiera sea su variante, debe ser evitado en la agricultura, pues el consumo de estas siempre tendrá un efecto acumulativo en el tejido graso de las personas y los animales. Y ello finalmente pasará cuentas en forma de tumores o enfermedades catastróficas –existen registros mundiales sobre esto–, aparición de nuevas alergias, problemas de fertilidad, afectación de los sistemas inmunitario y hormonal y de diversos órganos internos, etc.

Otras voces cubanas

El agrónomo y doctor en Producción Ecológica y Conservación de los Recursos, Fernando Funes Monzote, una de las voces más representativas del movimiento cubano agroecológico, enfatiza la importancia de una escala de producción «humana» y el compromiso con el territorio, lo que permite un control detallado y decisiones mejor adaptadas a las condiciones locales (http://www.cubadebate.cu/especiales/2019/06/17/pasaje-a-lo-desconocido-alimentos-organicos-una-alternativa-ecologica-para-comer-sano-podcast/)

En el artículo aparecido en el portal Cuba Debate, arriba especificado, se refiere a los transgénicos como especies de «Frankenstein» que se arman con el objetivo de enfrentar el sistema agrícola a la naturaleza, cuya premisa es que el hombre puede controlarla. Afirma que su movimiento está pensando en lo contrario: “tenemos que adaptarnos a la naturaleza. Este sistema trata de entender los ciclos y los procesos para tener una alta productividad y eficiencia en armonía con el medio ambiente”. Y agrega: “Hay dos principios fundamentales para el combate de las plagas, de hecho, a partir de una teoría del científico francés Francis Chaboussou, que dice que “en suelos sanos crecen plantas sanas y la plaga muere de hambre:  

1. Las plagas se alimentan de aminoácidos y estos son las proteínas de las plantas que se desdoblan; este es el alimento perfecto para ellas. Si tenemos un suelo y un sistema de manejo equilibrados, puede haber menos plagas.

2. Los sistemas biodiversos, los que tienen una amplia diversidad de especies en policultivos, los cuales tienen diferentes olores, colores y formas, pueden repeler o atraer plagas. Teniendo diversidad, puedes tener un ataque en uno de los cultivos específicos, aunque no en todos. El pilar fundamental desde el punto de vista del manejo orgánico es la diversidad.

Sostenibilidad de la agroecología

La sostenibilidad de este modelo no es solo teórica. Se ha documentado que pequeñas propiedades en transición agroecológica tienen la capacidad de alimentar a varias personas por hectárea, proveyendo energía y proteínas. Además, diversos estudios han demostrado incrementos productivos en fincas que han adoptado prácticas agroecológicas, lo que confirma su potencial para aumentar la productividad.

Los principios de la agroecología cubana y mundial se centran en la soberanía alimentaria, el equilibrio del ecosistema y la autonomía del agricultor. Esto implica el uso de recursos locales, el reciclaje de nutrientes a través de la producción de compost y el uso de estiércol, el manejo ecológico de plagas y la utilización de biofertilizantes y biopesticidas desarrollados por centros científicos y por las comunidades campesinas, lo cual se acerca bastante a la producción de alimentos que conservan tanto la salud humana como la de los ecosistemas.

La visión agroecológica se opone a la adopción de los OGM, considerándolos una «alternativa inaceptable». La objeción central no se limita a la planta modificada en sí, sino al «paquete tecnológico» que a menudo la acompaña. Por ejemplo, los cultivos transgénicos pueden requerir a posteridad el uso de herbicidas específicos, lo que crea una nueva forma de dependencia tecnológica que va en contravía del principio de autosuficiencia.

Entonces, ¿por qué el gobierno cubano, en lugar de profundizar y escalar un modelo ya probado y menos dependiente de grandes inversiones y capital externo, está invirtiendo ahora en una solución tecnológica que podría representar un retorno a la dependencia de insumos, aunque esta vez sean de origen biotecnológico? Esto alejaría a Cuba del movimiento mundial Vía Campesina que rechaza la utilización de OGM por su impacto en la biodiversidad y por ir en contra de la soberanía alimentaria.

Los críticos sostienen que los OGM conllevan riesgos éticos y de salud ambiental, ecosistémica y humana que solo deberían asumirse como un recurso extremo, cuando se hayan agotado todas las opciones de producción menos agresivas.

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