Por Juan Gil Blas

Ilustración: Cristóbal Isaza
Y a las tres de un día entre los días, el centro de la soledad y la sosedad parecía una colmena. Entre las abejas destacó, en una calle oscura y de mala reputación, la voz gruesa, festiva, militar, de un hombre de anchos bíceps y camiseta estrecha que se acompañaba de rítmicas palmadas invitando a ingresar al club. Andrew y Fercha vagabundeaban por ahí, en ese su café parisino que eran las calles. Se detuvieron en las afueras del club.
Un hombre bajito, con los brazos abiertos como de vaquero, pasó junto a ellos e ingresó al recinto de luces parpadeantes con paso campante.
-A ese que entra -dijo Fercha-, le gustaría hacerle el amor a veinte mujeres juntas y dejarlas a todas empezadas.
Andrew lo miró, al que entraba.
-A él le agradaría -continuó Fercha- en veinte ocasiones seguidas pasar de lo impúber a lo púber.
-A él le gustaría ser el amo total de veinte adolescentes que jamás pudiesen cobrar venganza -dijo Andrew.
Permanecían a pocos metros de la entrada del club.
-Ese hombre -otro que ingresó bajo la bóveda oscura del túnel- se sueña que todas las mujeres del mundo se alimentan de maíz y que él es el dueño de todo el maíz -dijo Fercha.
-El Club de las Mujeres Muertas -dijo Andrew.
-Mira a esa -señaló Fercha a una de ombliguera y vientre cosido que se deslizó tímidamente bajo el arco de luces intermitentes-. ¿La viste?
-Un show rentable.
-Hambre e hijos, pa’ qué más.
-Medellín es muy rentable.
-Demográficamente rentable, bebé.
-La madre de todas las putas.
-Como Sodoma.
-Como Gomorra.
Pero ellos no creían en Sodoma ni en Gomorra.
-Mira a ese otro, apuesto a que toma aguardiente tapaazul, segura que sí.
-Y pastilla azul.
-El aire aquí no está limpio.
-En ninguna parte de la ciudad.
-Parece el mundo.
-El planeta azul.
Y entonces, «Mamacita», le dijo al oído a Fercha, casi besándola, rozándola («Me tocó este hijueputa»), un mulato de mediana estatura, de cachucha roja, tenis blancos y camiseta blanca pulcrísima, de los de, según toda apariencia, veinte o treinta palabras de vocabulario, que pasó como una tromba a su lado.
Y entonces las narices de Fercha palpitaron, los carrillos se le inflaron, se puso roja su cara, frunció el ceño, crispó las manos a la altura de la cintura, sus ojos enrojecidos echaron veneno, una teta blanquísima se le asomó por las tirillas de la camisilla.
-¡Hideputa! -le gritó al hombre, buscándole los ojos, como si la hubieran punzado con un alfiler-. ¡Volvelo a hacer malparido!
Andrew la tomó de la mano y apretó fuerte. Fercha se soltó.
El mulato de mediana estatura, de cachucha roja, tenis blancos, camiseta blanca pulcrísima como si la acabara de comprar, de esos de, según toda apariencia, vocabulario de escasas palabras y que pasó como una tromba al lado de Fercha y casi la besó arrojándole todo su aliento, en efecto frenó en seco al oírla y se volvió a mirarla con ojos del rey del mundo bajo el ala de la cachucha. «Pa’ montármela mamita», le sonrió con unos dientes blanquísimos de supremacismo y entró riendo al club: había hecho una conquista más.
-¡Malparido! -volvió a gritarle Fercha subiéndose la tirilla de la camisilla.
El hombre bajó al sótano, todavía riendo.
La lágrima que resbaló por la mejilla de Andrew era de alta salinidad según comprobó su lengua. Agarró la mano caliente de Fercha y se arrastraron mutuamente, no fuera que…
El centro de Medellín rugía furia, motor y maquilas full, a las tres de la tarde.
El aire del centro de la ciudad a los diecisiete años era supremamente venenoso.
La tarde murió en retirada, a las puertas del club.
Y en la noche, en casa, en cama, relajada, Fercha apechugaba a la gata Cósmica contra sí. Estaba leyendo, concentrada en su reino de poesía y filosofía. Y crecía, sentía que estaba creciendo en ese preciso instante, un centímetro más, y se sentía indestructible. En la tarde no había pasado nada y eso que pasó había sido todo, un aprendizaje más.
-TQM bebé -le escribió Andrew como a las 12-. 😍.
-🥰 -respondió Fercha-. 💪.
