Editorial No 113: Por una humanidad comprometida con la vida

Portada: Sinestesia – Phillippe selgle

Por estos días tenemos la sensación de que el mundo se está desmoronando bajo nuestros pies. Cada día estalla o se intensifica una guerra en algún lado. Los poderosos, individuos y Estados, actúan descaradamente contra los más vulnerables y exhiben su poder provocadoramente, cual matón de barrio que pretende ver cuál es el guapo que sale al ruedo para aplastarlo y confirmar así definitivamente que su poder es incuestionable y no tiene que sustentarse en razón alguna. Se exhiben las acusaciones más disímiles para perseguir a los sometidos que pretenden sacudirse la sumisión a fin de que reaccionen y tener pretexto para liquidarlos. Es cierto, el mundo, por lo menos el mundo que conocíamos, se está desmoronando y de sus ruinas, que son ante todo ruindad moral, empieza a emerger otro. Pero no necesariamente ese mundo emergente ha de ser un mundo mejor; en muchos sentidos los poderes emergentes no parecen encarnar un nuevo proyecto de humanidad, sino simplemente disputar el control geopolítico del planeta y de sus riquezas.

El orden mundial que conoció el mundo durante los últimos 150 años se está viniendo abajo. El antiguo hegemón ya no tiene ni la fuerza material ni la fuerza espiritual para mantener su dominio sobre los demás pueblos del orbe. Pero insiste en mantener su imperio a cualquier costo, lo que quiere decir que no habrá una transición pacífica hacia un nuevo orden mundial. Las guerras de provocación encendidas por todas partes por Estados Unidos y sus lacayos así lo demuestran y prueban también que los estertores de este imperio pueden durar muchos años y arrastrarnos a todos a un periodo extendido de miseria y sufrimiento.

Pero el futuro de la humanidad no se juega en esas guerras del imperio contra los pueblos más vulnerables. Es un hecho que mucha gente en estos pueblos se aferra a la esperanza de que los poderes emergentes intervengan para rescatarnos de las garras del águila. Pero eso no ocurrirá: el coloso de Oriente, al que muchos quisieran abrazar como salvador, también tiene sus propios intereses, y entre ellos no parece estar el enfrentar militar o políticamente el imperio de hoy para salvar el mundo. Lo suyo son los negocios, y en eso su lógica coincide con la del actual hegemón: no tiene amigos sino intereses. Sus pretensiones son expandir sus influencias comerciales por todo el mundo y lograr así una dependencia de los otros a partir de sus inversiones que, en el mediano plazo, se traducirán en deuda. Manera semejante a como actuó Estados Unidos para construir su imperio.

De esta manera, no podemos sembrar nuestras esperanzas emancipatorias en la intervención milagrosa de otra potencia que, por cierto, solo actúa en defensa de sus propios intereses geoestratégicos y no en defensa de una humanidad futura. Hoy más que nunca debe ser un imperativo para los procesos emancipatorios la idea de que solo el pueblo salva al pueblo. Pero, para que el pueblo pueda salvarse a sí mismo tiene, a la vez, que erigirse en sujeto político capacitado y dispuesto a asumir en sus manos su destino.

Que el pueblo se erija en sujeto político significa muchas cosas a la vez. Primero, que asuma la voluntad de construir su propia autonomía, y esta demanda de entrada la construcción de individuos autónomos, pues ningún colectivo o comunidad es realmente sujeto cuando sus integrantes son incapaces de pensar por sí mismos y leer críticamente el mundo en el que están insertos, incluyendo la comunidad que los integra. Además, un pueblo solo puede reconocer su propia autonomía cuando reconoce y acepta la autonomía de otros pueblos. Es decir, cuando puede construir su propio proyecto de vida colectiva, respetando los proyectos que otros pueblos han construido desde sus diferencias sociales, históricas y culturales; siempre y cuando el proyecto de estos otros pueblos no implique colonizarnos, discriminarnos y explotarnos. Es decir, la autonomía, también llamada soberanía de los pueblos, implica la capacidad y la disposición para establecer relaciones de respeto y solidaridad con los demás pueblos y comunidades.

Nuestra lucha entonces no es contra este o aquel imperio particular, sino contra el imperialismo como aquella actitud colonizadora de ciertos pueblos que se juzgan a sí mismos como pueblos elegidos, como encarnación de un destino manifiesto para la humanidad, como raza superior, en fin, como portadores de un derecho natural a imponer su voluntad sobre otros pueblos bien sea a través del discurso, el uso de las armas, las estrategias económicas y políticas, etc. Por supuesto que por muchos años habrá y aparecerán naciones y pueblos que se creen con el derecho natural de oprimir a otros pueblos. Y habrá resistencia, armada y política, incluso llamados ante instituciones del orden internacional para enjuiciar a dichos pueblos y tratar de que respeten las leyes y tratados internacionales, construidos precisamente por ellos. Pero ningún imperio está dispuesto a someterse a leyes externas y ni siquiera a las suyas propias cuando contradicen sus intereses. Todo valdrá de poco entonces mientras el pueblo sojuzgado no se erija en sujeto político y se disponga a defender su soberanía popular.

Por eso la lucha contra el imperialismo empieza en el seno de los propios pueblos sometidos y asume la forma de una tarea de liberación nacional. Porque en estos países el sometimiento ni siquiera se realiza a través de la fuerza, sino con el concurso de la clase dominante que se arrodilla a la voluntad del imperio como garantía de preservación de su poder local. Seguramente, cuando el imperio actual se venga al suelo buscarán el abrigo del vencedor, porque no están animados por ningún sentimiento nacionalista, poco les importa la soberanía nacional, sino únicamente sus negocios. De ahí la importancia, entre otras cosas, de las elecciones que se avecinan en nuestro país para el próximo año. Elegir una élite que profundiza nuestra dependencia de un imperio moribundo y dispuesto a arrastrar con nosotros hacia su ruina, o elegir a quienes están dispuestos a transformar nuestra dependencia en soberanía popular.

La transformación, sin embargo, no está garantizada con el cambio de dirección y rumbo del Estado. Necesitamos, por supuesto, un presidente y un Congreso y, en general, unas instituciones comprometidas con el cambio. Pero también necesitamos definir colectivamente qué cambio queremos y comprometernos con su realización. No se trata de elegir a alguien para que resuelva nuestros problemas individuales y temporales. Necesitamos un cambio de sistema económico, pero ante todo un cambio de modelo civilizatorio y un nuevo proyecto de humanidad, y eso nos compete a todos y todas. Se trata de subvertir entre todos y todas los valores y las prácticas clientelares, instrumentales y traquetas que se han impuesto en la vida nacional y mundial. De allanar los caminos institucionales y desde los escenarios populares para el fortalecimiento de sujetos autónomos que encarnen un proyecto revolucionario en sintonía con otros pueblos; y construir con esos otros pueblos un nuevo orden mundial basado en la cooperación, solidaridad y ayuda mutua y desinteresada. Un orden en función de la vida lograda y no de la vida mutilada del sujeto burgués, a la que, por demás, solo acceden los pobres ricos.

Contraportada: Dragonfly People [1951] by Remedios Varo

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