Por Andrés Arredondo R.

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas
El género de necropolítica que practica la derecha colombiana no solo es única por ser “la colombiana”, sino que tiene unos componentes reconocibles y con sello propio frente al mundo entero.
Comencemos por la pasión de negar, conculcar o robar derechos. Hasta finales del siglo pasado el derecho a la tierra estaba seriamente quebrantado, sin embargo, la alianza del establecimiento político liberal-conservador durante los últimos estertores del Frente Nacional, logró hacer retroceder al país casi al siglo XIX en cuánto a las lógicas de derecho, acceso y tenencia de la tierra.
Respecto a los derechos políticos, alegremente expropiados por ese “yo con yo” que fue la antedicha dupla de partidos, solo comenzó a desactivarse con la Constitución de 1991 gracias a la cual las élites reconocieron otra obviedad denostada por ellas: que Colombia es diversa en regiones, pueblos, culturas y riquezas; y que la consigna largamente proclamada desde sectores alternativos acerca de la necesidad de una apertura democrática era no solo un derecho político del pueblo en general, sino la posibilidad de hablar de democracia real en un país que se ufanaba de su presunta tradición democrática, en la práctica representada en el ritual de las elecciones (éste sí obsesivo aunque altamente restringido), como si lo uno fuera equivalente a lo otro.
Los derechos de las mujeres tantas veces reclamados y otras tantas vulnerados, han sufrido el tortuoso proceso de hacerse vigentes a fuerza de que no es sostenible negar lo que es obvio: los derechos al voto, a la propiedad, al aborto, al divorcio, a la educación, al trabajo digno, entre otros. Sin embrago, como se puede comprobar con facilidad, en la narrativa de la derecha persiste la resistencia a reconocer lo mínimo.
Hay que recordar que el inefable Rodolfo Hernández dijo algún día en tiempos aciagos de su candidatura, votada por más de 10 millones de uribes, vargaslleras, duques, ficos, fajardos, entre otros: “El ideal sería que las mujeres se dedicaran a la crianza de los hijos”. Y todo ello según esas toldas antediluvianas porque se cometió el “error” de dejar que las mujeres ocuparan el espacio público, pues en palabras de la destacada habladora de sandeces, María Fernanda Cabal, “A las mujeres las pusieron a odiar a los hombres… y salen un poco de locas el día de las feministas, locas y además feas, horrorosas además en pelota…”. La cita es incoherente, se sobreentiende, pero textual, tal como suele suceder en esos opinaderos; sin embargo, en el fondo se entiende que si las mujeres reclaman derechos se convierten en locas y, peor aún, se afean.
En la actualidad padecemos en Antioquia el gobierno de un señor que desde la gobernación se hace el interesante “apoyando” a la fuerza pública. Resultó que para estos machos frágiles uno de los componentes de la institucionalidad debe ser “apoyado”, como si no hiciera parte de la estructura misma del Estado. No contento con ello enfila su venenosa política en contra de la educación pública, proponiendo no solo desfinanciarla para socavar su mantenimiento sino su vigencia y cualificación.
Todo ello explica que una parte de la opinión colombiana, alinderada con la derecha necrofílica, mire la burda amenaza y los insultos al país por parte de Trump como una acción legítima o aceptable. Y, sí, insulta y amenaza al país, no a Petro. No entenderlo es lo que ha logrado instalar en nuestra mentalidad ese género específico de necropolítica.
Si alzamos la mirada para observar lo que políticas del mismo cuño hacen en el mundo se comprueba que desde lo local a lo global se teje una intrincada maraña de poses, propuestas y acciones que la derecha rubrica cada vez más sincronizadamente en todas partes del mundo y que articula las mentiras descaradas y la violencia directa no solo contra los derechos pactados, sino contra la democracia misma. Se pretende vender la idea de que la política debe estar formateada y definida solo por los intereses del capital.
Eso hace que los discursos desquiciados de Trump o Milei adquieran cierto grado de normalidad, pues la pretensión es hacer que lo anómalo adquiera status de posibilidad siempre y cuando el capital así lo requiera. Llamar con otro nombre al Golfo de México o decir que el presidente de un país que incomoda con sus declaraciones es jefe del narcotráfico no pretende en realidad que se crea en tal enunciado, sino en someter a la opinión general o por lo menos a una buena parte de ésta, a una especie de acostumbramiento a lo extravagante que permita proceder con lo ilegal o lo criminal con tanta naturalidad que incluso sea difícil nombrar el resultado de tales acciones.
Guardadas las proporciones, los tanques de Netanyahu y los cazabombarderos de Trump son lo mismo, en cuanto a instrumentos de violencia naturalizados a nivel global, que la normalización local del infame bate de béisbol en manos de cierto concejal de la Villa de Aburrá, escoltado por agentes antimotines.
Nótese que después de más de dos años, aún les cuesta trabajo a ciertos sectores autoproclamados progresistas o “de centro” hablar del genocidio en Palestina utilizando esa palabra o reconocer que ahora en el Caribe y el Pacífico latinoamericano Estados Unidos perpetra ejecuciones extrajudiciales ante las cuales la prensa corporativa se ve en aprietos para usar eufemismos o simples posturas negacionistas, a pesar de que son unas de sus más notorias especialidades.
Cuando Joseph Goebbels, jefe de propaganda nazi, dijo su famosa frase: «miente, miente, que algo queda», no debió imaginar que en el capitalismo tardío el uso desproporcionado de la fuerza podría estar en un segundo renglón debajo de los discursos de odio y negadores de derechos.
Esas manifestaciones necropolíticas que cabalgan con especial brío en muchas partes del mundo, deben ser confrontadas, rebatidas y derrotadas, porque, como se sabe, los derechos no son concedidos sino luchados y conquistados.
