
Ilustración: Carolina Bedoya
En este mundo de dictadura virtual y culto a las redes (anti)sociales perseverar en la publicación de un periódico en papel parece una labor quijotesca, máxime después del desierto que, en el terreno de la escritura y la lectura profunda, ha dejado la pandemia digital que se impuso al mismo tiempo con la pandemia del coronavirus en 2020. Es todavía más quijotesco, como luchar contra molinos de viento, que se siga editando un periódico de clara orientación popular, emancipatoria y anticapitalista desde una ciudad como Medellín, especialmente influida por la cultura traqueta, que fue hegemónica durante el régimen del ubérrimo (2002-2010) y de la que quedan muchas secuelas.
Es una osadía que desde Medellín un grupo de compañeros, bajo la coordinación de Rubén Darío Zapata, se mantenga obstinado, contra viento y marea, en publicar cada mes un nuevo número de El Colectivo. Y es una osadía porque en Colombia cada vez se lee menos, algo acentuado con el culto al celular, que bloquea la lectura en sentido estricto y genera una ignorancia contagiosa, que tiene además la apariencia de brindar información a vasta escala que apabulla al usuario y le impide tener una opinión propia y crítica.
Es un esfuerzo notable que con un lenguaje sencillo, claro y ameno -que convierte cada número en un instrumento de educación política- salga cada mes un nuevo número de El Colectivo. Eso es un resultado del convencimiento de la importancia de lo que se hace y de hacerlo bien a partir de la idea de que nuestras acciones y palabras, por limitadas y modestas que sean, tienen una gran importancia en el propósito de llevar a muchas personas, potenciales lectores, grandes problemáticas de la realidad actual de Colombia y del mundo.
Es loable que, sin financiación externa y acudiendo a la autogestión, se haya mantenido incólume y apareciendo en forma ininterrumpida, salvo en el año de la pandemia, la publicación en papel, puntual y siempre novedosa de El Colectivo.
Es de resaltar el esfuerzo de hablar con un lenguaje claro y directo que supera el acartonado vocabulario del mundo académico, lo que ha caracterizado cada número de El Colectivo desde su primera edición hace diez años. Y eso es resultado de un trabajo consagrado, por parte de los compañeros y compañeras que coordinan la publicación de este medio de difusión, para encontrar la mejor manera de contar los temas álgidos de Colombia y el mundo.
Es, además, trascendental que en momentos en que las izquierdas realmente existentes han sido colonizadas por el culto a lo digital y en donde prácticamente ha desaparecido la publicación en papel de libros, revistas, periódicos y material escrito de diversa índole, desde Medellín se mantenga El Colectivo, y en cada edición nos proporcione elementos frescos para pensar en otro país y en otro mundo, sin incurrir en un tono panfletario ni ser un órgano de propaganda pobre y mal elaborado. Pese a eso, El Colectivo circula por medios virtuales y no se niega a llegar a lectores que ya no tienen contacto con el periódico impreso, pero no renuncia a un elemento central del periodismo popular y artesanal, cual es el de plasmar las ideas en papel, como forma de reivindicar la importancia emancipatoria de la imprenta, un legado de la ilustración que hoy adquiere un gran valor en medio del culto a lo digital.
Es importante que El Colectivo combine en una forma original la descripción y análisis de asuntos locales, de comunidades rurales y citadinas, de trabajadores urbanos y de campesinos, de cuestiones coyunturales y estructurales, de diversos espacios geográficos de Colombia y la patria grande, junto con otros lugares del mundo. Y es significativo que eso se haga a partir de una premisa, un claro compromiso político: destacar las luchas colectivas, los procesos sociales de rebelión y de resistencia, los sentires de la gente común y corriente con sus propios proyectos de vida.
Es vital que El Colectivo haya mantenido su independencia y sea un órgano amplio y abierto a diversas expresiones políticas, sociales y culturales, pero siempre entendiéndolas en el marco de un pensar crítico, autónomo, propio y emancipatorio. De ese modo el periódico mantiene en la práctica los valores de la historia y la memoria de las luchas emprendidas por hombres y mujeres a lo largo y ancho de nuestro país y otros lugares del mundo. Por eso, vemos desfilar por las paginas de El Colectivo esas voces de los vencidos y de sus permanentes luchas para enfrentar la desigualdad, la injusticia, la intolerancia que caracterizan al capitalismo realmente existente.
Es para mí un motivo de orgullo haber contribuido con mi escritura a la elaboración de El Colectivo durante estos diez años, en donde he hecho artículos desde el primer número y solo deje de colaborar en una ocasión. De resto, son 112 números en donde he podido expresar mis opiniones sobre diversos asuntos del panorama nacional e internacional, en unas ocasiones con dos artículos por número.
Todo un honor que los compañeros de El Colectivo me hayan permitido presentar en forma sintética parte de mis elaboraciones y reflexiones intelectuales sobre diversos tópicos, siempre con la idea de examinar temas con una perspectiva crítica que vaya más allá de los lugares comunes y que intenta inquietar al lector con problemas cruciales de la política, la sociedad, la cultura y la ciencia y la tecnología.
Es un lujo que en El Colectivo se hayan podido plasmar temas álgidos de nuestro tiempo, entre los que sobresalen la agresión de Estados Unidos contra Venezuela, los mal llamados “desastres naturales” (huracanes, sequias, inundaciones) causados por el capitalismo y, últimamente, la denuncia del genocidio de Gaza por parte de los criminales sionistas de Israel.
Y es un mérito que El Colectivo sea una voz viva que ha hablado a tiempo sobre ese genocidio de los palestinos, para dejar el testimonio de un grupo de colombianos que nos negamos a aceptar que los crímenes y criminales de Estados Unidos, Israel y sus cómplices sionistas queden en la impunidad absoluta, hasta el punto de que ni se les mencione.
Por todo lo anterior, solo puedo decir gracias a El Colectivo por estos diez años de logros y de luchas, que son una pequeña luz que ilumina la tenebrosa penumbra en que nos hunde el capitalismo realmente existente. Y que sigamos con esta labor quijotesca, que es una forma de rebelión, porque cada página crítica en papel es una manera de enfrentar la estupidez, la mediocridad y la ignorancia que hoy son moneda corriente en nuestra realidad macondiana.
