Los Cincuenta De Guadalupe Años Sin Cuenta

Por Jose Abelardo Diaz Jaramillo

La obra se estrenó el 11 de junio de 1975. / Foto Kioskoteatral

El 16 de julio de 1975, el Teatro de La Candelaria (TC) estrenó Guadalupe años sin cuenta, uno de los grandes montajes de la dramaturgia colombiana, en el que se evoca la insurrección armada en los Llanos Orientales de mediados del siglo XX, tomando como punto de partida el asesinato, nunca esclarecido, del exlíder guerrillero Guadalupe Salcedo Unda. A partir de ese suceso, la obra aborda la memoria como un campo en disputa, y en donde el olvido opera como un dispositivo de poder instalado en la sociedad colombiana.

El origen del TC data de junio de 1966, cuando varios artistas e intelectuales interesados en el arte dramático se constituyeron como un colectivo de teatro. Al comienzo, adoptaron el nombre de La Casa de Cultura, pero, con el paso del tiempo, se dieron a conocer como TC, porque la sede para sus ensayos y presentaciones estaba ubicada en el sector de La Candelaria, en Bogotá.

Para la década de 1970, bajo la influencia de Bertolt Brecht y Konstantín Stanislavsky, el TC participó en un movimiento teatral no comercial denominado Nuevo Teatro, que, reivindicando la investigación de la realidad como principio, recreó una versión alternativa de la historia, dirigida a los sectores populares. Bajo esa premisa, el TC montó obras de gran impacto como Nosotros los comunes, que recrea la insurrección comunera de 1781, y Guadalupe años sin cuenta, cuyo origen está ligado a un viaje que el grupo hizo a Arauca y que le permitió tener contacto con la música llanera y los habitantes de la región. Allí se reveló, plasmada en una memoria colectiva, la presencia de Guadalupe Salcedo y del movimiento guerrillero que se gestó en las sábanas del oriente de Colombia.

Vino enseguida el proceso de creación artística que duró cerca de un año y medio, e involucró tareas de distinto orden (nuevos viajes a la región, entrevistas a protagonistas y testigos, seminarios de luchas agrarias), en las que participaron, además, sociólogos e historiadores.

La obra se inspira en los hechos ocurridos en los Llanos orientales luego del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán (1948), que dieron origen al más poderoso movimiento armado de orientación liberal que se opuso a la violencia conservadora aplicada por el gobierno conservador de Laureano Gómez. Dicho movimiento guerrillero pretendió constituirse en un contrapoder, dotándose de una especie de constitución regional (Leyes del Llano), aunque luego declinó en ese propósito para acogerse a la amnistía ofrecida por el nuevo mandatario, el militar Gustavo Rojas Pinilla. Con los acuerdos de paz firmados entre la dirigencia guerrillera y el gobierno nacional (que contemplaban la reconstrucción de los pueblos afectados por las acciones militares, construcción de escuelas y cooperativas agrícolas en las zonas de guerra, indemnización a las víctimas, garantías de vida a los combatientes y oportunidades de empleo a los guerrilleros amnistiados), y con el posterior asesinato de Salcedo Unda en Bogotá en 1957, se cerró aquel capítulo de rebeldía popular que continuó presente en la memoria social, bajo la forma de relatos que, además de evocar con admiración la resistencia armada, resaltaban la traición y el engaño estatal a que fueron conducidos los alzados en armas.

La obra posee un orden discursivo que está estructurado en catorce episodios, al estilo de los sketches de Brecht: 1. La reconstrucción / 2. El retén / 3. Las puertas / 4. La vaca / 5. Envío de tropas a Corea / 6. La entrevista / 7. El ataque / 8. La campaña de paz / 9. La cantina / 10. Rueda de prensa / 11. La carta / 12. El complot / 13. Las lavanderas / 14. La entrega.

A lo largo de los episodios se recrean situaciones asociadas a las pugnas partidistas de mitad de siglo que desataron la violencia, la presencia de soldados colombianos en la Guerra de Corea, la manipulación de la gran prensa, las intrigas de personajes que representan el poder oficial, los crímenes ocurridos durante la guerra, las presiones extranjeras y la complicidad de la Iglesia en los hechos de sangre.

Uno de los aciertos de Guadalupe años sin cuenta fue haber recreado con lenguaje artístico el fenómeno de la violencia política de los años cincuenta del siglo XX, y poner de presente la existencia de una memoria subterránea de aquel suceso. Ya hemos dicho que, en su segunda etapa de existencia, el TC viró su atención hacia temas de la historia de Colombia, formulando nuevas lecturas de ciertos episodios de estirpe popular. La intención del TC se correspondía con un propósito de época interesado en ideologizar el pasado, algo que fue replicado por colectivos asociados a la investigación social, la comunicación y, por supuesto, a las artes.

Como ejemplos pueden citarse las premisas iniciales de lo que luego se conocería como Investigación Acción Participativa, con el sociólogo Orlando Fals Borda a la cabeza (su Historia doble de la Costa, escrita años después, contiene las bases de lo que en otras latitudes se definió como historia subalterna), el periodismo militante de la revista Alternativa (de recordar la sección «La historia prohibida») y las artes plásticas, con exponentes como el colectivo Taller Rojo 4 y la pintora Clemencia Lucena.

Luego del estreno, no tardaron los reconocimientos. El 5 de agosto de 1976, la obra fue aclamada en el Primer Festival de Teatro Popular Latinoamericano, en Nueva York. Ese mismo año fue reconocida como la mejor obra en el Tercer Festival Internacional de Teatro de Caracas y fue merecedora del Premio Casa de las Américas de La Habana. En Colombia, el recibimiento del público fue innegable, como lo ponen de manifiesto las más de dos mil presentaciones realizadas desde entonces en muchas partes del país.

Cincuenta años después de su primera presentación en público, Guadalupe años sin cuenta sigue siendo aclamada cada vez que es puesta en escena, corroborando su importancia en la historia de la dramaturgia colombiana.

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