Cómo mi diferencia se volvió un súper poder

Por Dahiana Vázquez Mazo

Introducción: La Metamorfosis

Ilustración de Dahiana Vázquez Mazo

Nací en la bonita ciudad de Medellín, Colombia, y mis 17 años de vida han sido una montaña rusa de emociones. Si le preguntas a mi mamá por mi historia, quizás te hable de resiliencia, pero si me preguntas a mí, te diré que mi historia es sobre cómo el arte me salvó la vida, sobre cómo la oscuridad de un diagnóstico se convirtió en el lienzo donde pinté mi propia resurrección.

Hubo una etapa en que la depresión me consumía hasta dejarme sin aliento. Me sentía como Gregorio Samsa en La Metamorfosis, convertida en un insecto monstruoso sin poder levantarme de la cama. El mundo seguía, pero yo estaba atrapada, sintiéndome insuficiente e irreconocible. Pero, como todo ser que se ve forzado a la transformación, yo también estaba destinada a la metamorfosis. Me aferré a la vida a través del arte. La lucha me enseñó que mi destino no era el abismo, sino la evolución.

Capítulo 1: El Abismo y el Lienzo

Desde pequeña, mi mente y yo tuvimos un pacto que el mundo no entendía: mis necesidades de aprendizaje eran diferentes. Me costaba concentrarme, poner atención y mantenerme quieta. En la escuela, el salón de clases fue un campo de batalla. Hubo maestros que me enseñaron que yo sí podía, pero que tenía que hacerlo de una forma diferente. Ellos me enseñaron que ser diferente no era algo malo. Sin embargo, ese desafío escolar se intensificó en una lucha interna mucho más grande. El abismo se abrió a los trece años y la palabra ‘depresión’ entró en mi vida. La enfermedad se intensificó, las tareas básicas se volvieron misiones imposibles, tener que levantarme de la cama costaba demasiado.

Tuve un punto de quiebre, algo me impulsó, me levantaba a pintar, a leer y escuchar música hasta la madrugada, me saturaba de actividades para no tener tiempo de pensar en lo mal que me sentía. Tomé un lienzo que tenía guardado, durante meses la pintura no fue un pasatiempo, fue una forma de evadir el infierno que llevaba dentro. Cada día que pasaba, la única razón que tenía para luchar contra el vacío era mi creatividad. Mi mamá vio también en ese lienzo una señal de vida. Su reacción me lleno de alegría.

Capítulo 2: La Metodología de la Creatividad

El lienzo me había dado una lección: la creatividad no era un lujo, era una necesidad. Decidí que si iba a vivir el arte tenía que ser la columna vertebral de mi vida.

En preescolar, para poder recordar la letra de las canciones que nos enseñaban, tuve que hacer dibujitos, sin dejar de mover mi cuerpo. Mi mente siempre necesitó del arte para aprender. Así, abordé mis dificultades de concentración y atención con esta estrategia. En lugar de forzarme a estar quieta, negocié con mi propia inquietud a través del arte. Mientras estudiaba, empecé a hacer dibujitos. En matemáticas, diseñé mi propio sistema: pintaba cada múltiplo y cada etapa del procedimiento de las ecuaciones cuadráticas de un color diferente. Este proceso me enseñó algo fundamental: la discapacidad psicosocial no me impedía aprender; solo me exigía encontrar mi propio lenguaje.

Capítulo 3: La Resistencia y la Caída

El éxito de mi nuevo método se notó en casa, me sentía muy feliz de lograr, por fin, buenas notas y aprobación por mi esfuerzo, pero el sistema educativo no estaba listo para aceptar mi método. Cuando el profesor se acercó a mi puesto y vio mi cuaderno lleno de colores, sus palabras fueron crueles: «Niña, deje de hacer dibujitos, que las matemáticas son una materia seria. Haciendo dibujitos no va a conseguir nada en la vida.»

Esa frase me marcó profundamente. Su desaprobación fue un golpe directo al esfuerzo que había hecho. Por miedo, volví a los métodos tradicionales. El resultado fue catastrófico. Mi mente, forzada a la quietud, se negó a cooperar. Recaí de nuevo en la depresión y mi promedio académico cayó de forma vertiginosa.

Capítulo 4: La metamorfosis y el pacto con la creatividad

Pasaron nueve meses de una depresión agotadora. La vida se volvió gris, plana y sin color. Estaba tan cansada de seguir luchando que intenté acabar con todo. Luego vino la verdadera metamorfosis.

De las cenizas surgió el fénix, si el arte me dio vida una vez, podría hacerlo dos y tres. Mi decisión fue firme: nunca más sacrificaría mi salud mental y mi forma de aprender por la aprobación de un sistema o de una persona que no lo comprendiera. El arte ya no era un escape, era mi forma de vivir y ser yo.

Capítulo 5: La Redefinición del Éxito

Luchando contra la forma de evaluar del sistema educativo me topé en el camino con personas que vieron mi diferencia como una fuerza. Un primer rayo de luz apareció en sexto grado a través de mi profesor de sociales, él nos proponía frases y un dibujito con la fecha del día, enseñándome que la creatividad y la seriedad podían ir de la mano. A mediados de noveno grado llegó mi faro: la profesora de arte. Su dulzura en el trato a los estudiantes me dio la seguridad que había estado buscando toda mi vida.

Hoy considero como mi mayor éxito el hecho de que puedo sentirme segura de lo que soy y de mi proceso. Mi inteligencia no se mide por notas altas, sino por mi capacidad de resiliencia para afrontar las diferentes situaciones que nos pone la vida.

Capítulo 6: El Impacto Social y el Grito de Aliento

Esta lucha me ha dado un lenguaje para entender a otros que, como yo, sienten que su mente está en guerra consigo misma, por eso mi arte es un grito de aliento y esperanza para el mundo. Mi madre y mi círculo familiar me llenaron de fuerza para tomar la mejor decisión: seguir mi corazón.

Si pudiera hablarle a la Dahiana que estaba en el punto más bajo de su vida, o a cualquier persona que se sienta así ahora, le diría que el dolor da valentía, que la vida es hermosa si la aprendes a mirar desde diferentes perspectivas.

Esa valentía es la que me permite tomar la pincelada de mi diferencia y convertirla en un superpoder. Mi nombre es Dahiana Vázquez Mazo, tengo 17 años, y estoy lista para pintar mi futuro.

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