Editorial No 114: La revolución es hoy un proyecto de nueva humanidad

Portada: Sin título – Rithika Merchant

El mundo lo están sacudiendo los poderosos, tratando de redefinir nuevas reglas que determinen la dinámica del orden mundial, según sus necesidades e intereses. Lo que se intenta es redefinir los territorios donde cada uno ejerce el control sobre sus poblaciones y recursos como garantía de su supervivencia y necesaria expansión en un mundo dominado por la competencia. Y en esa dinámica Estados Unidos ha decidido mantener como suyo, al costo que sea, lo que siempre ha considerado como su patio trasero. Pero no puede hacerlo ya por la vía de la persuasión de los subalternos, dada su evidente decadencia moral, y por eso recurre a la agresión directa sin ningún argumento justificatorio más allá de su capricho y necesidad.

Las agresiones a América Latina, sin embargo, tienen además otro propósito: hacer explícito frente a sus adversarios cuáles son los territorios de su interés para exigir luego una negociación considerando los territorios y recursos que estos adversarios tienen en sus miras. La intención de provocar guerras por todas partes, estrategia actual de Donald Trump, no pretende realmente asumir una confrontación militar directa con China o Rusia, solo es el llamado a una negociación en la que cada uno destape sus cartas. Y es que seguramente ninguno de los poderosos que aspiran a hacerse con una tajada de los territorios y recursos en disputa está dispuesto a asumir los costos de una guerra que podría ser devastadora para todos. Pero no precisamente por un sentimiento humanitario, por el impulso de preservar la vida en el planeta, sino porque se trata fundamentalmente de un negocio: una repartición negociada. Por eso las reacciones de China y Rusia ante las agresiones de Estados Unidos a Venezuela no han pasado de un pronunciamiento diplomático, que en el fondo solo quiere decir que han recibido el mensaje y están dispuestos a negociar.

Así que lo que se juega en la actual escaramuza belicista de los Estados Unidos es un nuevo repartimiento del mundo, ante la evidencia clara de que ya no puede comportarse como el amo único del orbe. Y lo que se negocia son precisamente los territorios y los pueblos de los países históricamente subordinados, mal llamados países pobres, realmente son poseedores de las más grandes riquezas minerales y energéticas que los imperios requieren hoy para sostenerse.

En el hecho de que los poderosos sacudan el mundo para gestionar un nuevo orden mundial acorde con sus actuales intereses no hay nada nuevo. Así ha sido siempre, aunque cada día los imperios se suceden con mayor velocidad y la inestabilidad en el planeta se torna una constante de la geopolítica: hace apenas 35 años que Estados Unidos parecía erigirse como amo incuestionable del mundo, tras la caída de la Unión Soviética y el Muro de Berlín, y hoy su decadencia moral, política, económica y hasta militar no puede pasarle desapercibida a nadie.

Lo nuevo que puede resultar de este remezón del orden mundial, si es que algo nuevo sucede, solo puede venir de la reacción de los pueblos subalternos. La concepción hegemónica del poder en el mundo actual lo concibe como dominación sobre los otros, bien sea mediante la persuasión o más bien a través de la coacción directa; en todo caso se trata de lograr que el otro haga lo que yo quiero y necesite sin importar lo que ese otro quiera o necesite: los demás son solo instrumentos para el logro de mis objetivos, cualesquiera que sean. Los pueblos subalternos que hemos padecido esta lógica estamos obligados hoy a sacudirnos no solo la dominación que el imperio ejerce sobre nosotros, sino también la lógica que naturaliza dicha dominación.

Por esa lógica es que vemos hoy a la derecha en casi todos los países de Latinoamérica aplaudir y hasta implorar la intervención de los Estados Unidos en nuestros territorios, incluso militar, celebrándola como una acción salvífica. Los que se sienten pequeños no conciben otra forma de avanzar sino arrastrándose; ya que no son capaces de aspirar a una verdadera autonomía y a valerse de su propio poder, no encuentran otra forma de participar del poder existente haciéndose al abrigo de los déspotas y ejerciendo sobre los demás el despotismo que estos les toleran o exigen. Para sacudirnos la dominación imperial, por lo tanto, es necesario avanzar en la lucha contra esta derecha y la lógica en la que se sustenta. Y eso debemos hacerlo con el fortalecimiento del pueblo en el interior de los actuales Estados y a la vez articulándonos con los pueblos de otros Estados para avanzar en la lucha real contra las actuales formas de organización del poder político mundial.

En principio parece que la alternativa ante la actual crisis geopolítica fuera negociar con el imperio que nos ha sometido históricamente o buscar el abrigo de alguna de las potencias que hoy lo desafían. Pero así solo contribuiríamos, de manera vergonzante, a la supervivencia de la lógica imperial y estaríamos aceptando su repartija negociada. En realidad, los pueblos que compartimos siglos de humillación y resistencia encarnamos por ello mismo una gran potencia trasformadora; en nosotros está la posibilidad de superar la lógica de dominación con la que el imperialismo fractura hoy la vida en el planeta, dado que conocemos plenamente sus consecuencias. Podemos nutrirnos para ello de las lógicas de los pueblos ancestrales que han desarrollado otras formas de entender la vida y otras prácticas sociales que distan mucho del afán de acumulación y sometimiento de la naturaleza, que han reivindicado el ser comunitario y los vínculos solidarios antes que el individualismo competitivo. Pero ello no implica renunciar a lo mejor que la cultura europea nos ha legado: su anhelo de libertad individual y social y la fuerza del pensamiento crítico para mantener vivo tal anhelo en medio de las dificultades más enormes.

Si algo nos enseña la historia leída críticamente es que no hay ningún pueblo tan noble que pueda ser modelo para un mundo mejor, ni ninguno tan ruin que no haya legado nada importante para la construcción de una humanidad realmente digna. Y es que, efectivamente, la humanidad es un proyecto en construcción y solo puede desarrollarse colectivamente aprendiendo cada uno de los otros y mirándose críticamente en ese espejo que es el otro, tanto en su ruindad como en su generosidad. Este proyecto implica, por tanto, trastocar la lógica de dominación que impera en el mundo y avanzar en la construcción del poder como la capacidad de trabajar, soñar y ser con los otros, gracias a que son otros, diversos. El proyecto, pues, no es un nuevo orden mundial sino un nuevo ser humano, una humanidad que al fin haga justicia a su concepto.

Contraportada: Metamorfosis – Galegand

Deja un comentario