Por Renán Vega Cantor

El más notorio cambio del orden mundial creado bajo la hegemonía de Estados Unidos en 1991, tras la desaparición de la URSS y la primera guerra del Golfo, radica en que Estados Unidos se ha quitado la máscara de ser el país más bondadoso del mundo y de la historia. No está cambiando una época, sino toda la historia de Estados Unidos con respecto al resto del planeta, porque desde su misma fundación como Estado independiente en 1776 (hace 250 años) ha tenido una doble cara: la real y la imaginaria.
Su verdadero rostro ha sido de muerte, dolor, despojo, brutalidad, racismo, violencia, machismo, tanto por su comportamiento interno con los habitantes originarios de lo que hoy son los Estados Unidos y los millones de negros traídos de África y esclavizados, como por su trato a los “extranjeros indeseables”, empezando por nosotros, los habitantes de Nuestra América y nuestro territorio, a quienes invade, masacra, tortura y mata para usurpar tierras, riquezas e impedir la autodeterminación de nuestros pueblos. Siempre con la perspectiva de impedir cualquier proyecto de liberación, independencia e integración continental.
El listado de agresiones a los cinco continentes parece interminable, contando entre los hechos más criminales el uso de la bomba atómica contra dos ciudades japonesas en agosto de 1945, la guerra contra Vietnam (1954-1975), en la que se masacró a unos cinco millones de personas, la Guerra de Irak (1990-2011) que dejó más de un millón de muertos, el genocidio de Gaza que está en marcha desde hace décadas y se ha acelerado desde octubre de 2023.
Todas esas agresiones y crímenes de Estados Unidos se ocultaron siempre con pretextos y argucias ideológicas y políticas, aunque en el interior del “Estado profundo” se manejara un lenguaje directo en el que los conductores del imperio siempre se felicitaban, como cuando, por ejemplo, en secreto Henry Kissinger y Richard Nixon señalaban que no podían permitir que el pueblo chileno se equivocara eligiendo a un peligroso líder marxista (Salvador Allende) y decidieron hacer lo posible porque Chile crujiera bajo la acción agresiva de Estados Unidos, como resultado de lo cual, y con la participación de las clases dominantes de Chile, se derrocó al presidente legítimo y en su lugar se impuso al carnicero Augusto Pinochet.
El discurso público del imperialismo, una parte sustancial de lo que sus voceros denominan “imperialismo blando”, que se vendía para consumo de incautos o de vasallos, afirmó desde el siglo XIX que los objetivos de Estados Unidos eran loables y sus acciones se hacían en beneficio de los propios agredidos. Así, se habló, dependiendo los momentos históricos, de enfrentar el colonialismo europeo para impedir que volviera a conquistar el continente americano (Doctrina Monroe); de “civilizar a los bárbaros y salvajes” (los indígenas, los mexicanos, los latinoamericanos); de llevarle a los pueblos atrasados la luz y progreso de la raza blanca (Destino Manifiesto); de difundir la democracia, la libertad, la justicia, la paz, el derecho y la armonía a los pueblos atrasados del resto del continente y del mundo; de luchar contra el comunismo y defender e imponer los valores del “mundo libre”; de librar una guerra mundial contra las drogas para matar a los narcos que contaminan a los inocentes habitantes de Estados Unidos…
Los presidentes de Estados Unidos se regocijaban mostrando en público ese supuesto carácter benefactor de su país, con la finalidad de contener cualquier proyecto que intentara salirse de su órbita, y para satisfacer los intereses de las clases dominantes en cada país que, después de 1945, se hicieron incondicionalmente proyanquis. Hasta los agresores y ladrones más connotados que han estado en la Casa Blanca intentaban guardar las formas diplomáticas, para no hablar nunca de sus intereses supremos de apoderarse de riquezas de otros países, de quitarles independencia y soberanía, de implantar los antivalores estadounidenses en todos los ámbitos. Algunos, como George Bush II, podían decir que ninguna ley internacional se aplicaba a ellos o declaraban guerras sin cumplir ni siquiera con la normatividad interna de Estados Unidos, pero todos ellos decían que lo habían hecho en beneficio de los países agredidos. Jamás decían en forma franca que su objetivo era el de robar, saquear, explotar para beneficio exclusivo de los capitalistas de Estados Unidos.
Todas esas mascaras de protector, de adalid de la democracia y la libertad, de promotor de los derechos humanos, son cosa del pasado, porque ahora hemos entrado a la fase del imperialismo sin máscara, algo así como cuando el Rey se desnuda, sin vergüenza ni arrepentimiento. Y eso queda consignado en la Estrategia de Seguridad, divulgada en noviembre de 2025, donde se asegura que el Hemisferio Occidental (América toda) es su patio trasero, que les pertenece gracias a su fuerza y poder y van a hacer todo lo que sea necesario para que el continente siempre sea un suburbio pobre de Washington. Ese proyecto se aplica en forma brutal, con el bombardeo en lo que va del 2026 de varios países (Nigeria, Irán, Yemen, Siria, Somalia y Venezuela), con el secuestro del presidente de Venezuela y de su esposa, con los proyectos de anexionarse a Groenlandia, a Canadá, de ocupar el Canal de Panamá, de agredir a Colombia, Cuba y México…
El imperialismo estadounidense se ha quitado la máscara para mostrar la fuerza bruta que siempre lo ha caracterizado. En tiempos de crisis estructural, como la que afronta, huye hacia adelante con la intención de impedir un cambio histórico irreversible, y enterrar las mismas normas formales que ellos inventaron y que nunca respetaron. La agenda ahora es matar y bombardear donde y cuando se les antoje. Se enorgullecen de ser matones, exaltan la crueldad y el uso de la violencia como símbolo de identificación. Es el regreso al Lejano Oeste, cuando dentro del territorio de los Estados Unidos los matones blancos imponían su ley de sangre y fuego, mataban a los indígenas, presumían de sus crímenes y exhibían las cabezas cortadas de los nativos como expresión de poder y superioridad. Este destape del imperialismo de Estados Unidos, que pretende ser invencible y todopoderoso, expresa una profunda debilidad estratégica (por su crisis interna y su pérdida de dominio a nivel mundial). Ser el matón del barrio, y no ocultarlo, indica que ya no convence a sus súbditos a través de su poder blando, que ese mismo imperio ha destruido, porque ya no lo necesita en su cruzada asesina por el mundo.

Las imágenes, elaboradas con IA, fueron mostradas en la red social de Donald Trump, en la madrugada del 20 de enero de 2026.
