La dictadura de la productividad, Descansar como acto de rebeldía

Por María Paulina González Álzate

“El sueño de la mariposa”, Pintura de Shirley Alzate Orjuela

Trabajar, trabajar y trabajar…una frase que le repitieron mucho a los colombianos, o bueno, que se la siguen repitiendo. Esto funciona como una condena, una que queda plasmada en la vida diaria de todos. Una idea que nos dice que el valor de una persona se mide por cuánto produce, cuánto rinde, cuánto aguanta.

Cuando los jóvenes decidimos no “aguantar”, nos llamaron la “generación de cristal”. Lo extraño es que, al mismo tiempo, se han estado visibilizando de nuevo prácticas en jóvenes que hacen de todo y les da miedo descansar porque se sienten inservibles, entonces prefieren sobreexplotarse.

El capitalismo no mide la vida en dignidad, la mide en rendimiento. No nos pregunta cómo estamos, nos pregunta cuánto producimos hoy. No le interesa el bienestar, le interesa la utilidad, y cuando dejamos de ser “útiles”, nos desecha.

Desde Marx sabemos que el capitalismo se sostiene por la explotación al proletariado. Necesita apropiarse del tiempo de otros para poder sobrevivir; necesita cuerpos cansados, obedientes y disponibles. Lo que hoy se llama “productividad” es, en realidad, el nombre moderno de la explotación.

Esa pedagogía no es accidental, es ideológica, y Karl Marx lo advirtió hace muchos años: en el capitalismo, el trabajador no solo vende su fuerza de trabajo, vende su tiempo, sus sueños, sus aspiraciones. La explotación no termina cuando se acaba la jornada laboral; continúa en el cuerpo cansado, en el alma agotada y en un ciclo interminable de querer hacer algo “útil” para no sentir que somos personas sin “propósito”.

Todo este rollo del capitalismo logró algo aún más eficiente: convencernos de que explotarnos es una elección individual. Como dice Byung-Chul Han en “La sociedad del cansancio”, pasamos de ser sujetos explotados a sujetos que se autoexplotan. Trabajamos más pensando que así valemos más. El resultado es una ola de ansiedad generalizada, depresión normalizada y cuerpos cansados con dolores en los huesos.

Lo más complicado es que el capitalismo no asume la responsabilidad, la traslada al individuo: si no rindes, fallaste; si te enfermas, no supiste gestionarte. El capitalismo no solo explota, culpabiliza, y se evidencia un discurso de meritocracia que completa todo el círculo.

El problema no es trabajar. El problema es que nos metan en la cabeza que solo servimos para trabajar, trabajar y trabajar, y que descansar es un crimen. Para Colombia, que es un país donde la gran mayoría de sus habitantes son católicos, se debería seguir la palabra que dice que Dios descansó el séptimo día, pero ahora ni los domingos se soporta la idea de quedarnos unos minutos más en la cama.

La promesa que nos ha hecho el capitalismo es que entre más trabajamos, vivimos mejor. Pero si vemos un ejemplo claro del mundo real, los que más trabajan viven en condiciones

más precarias. Aquí, en Colombia, hay más de 500.000 personas trabajando como vendedores ambulantes, con horarios extensos y en pobreza monetaria. El tiempo se volvió mercancía, el cuerpo una herramienta y el descanso un privilegio. Incluso el ocio tiene que ser productivo.

Este modelo golpea especialmente a las mujeres, porque aparte de tener que rendir en el mundo laboral, se nos exige también rendir en el hogar. Mujeres que trabajan fuera, pero también dentro del hogar; que cuidan, sostienen, organizan y acompañan. El capitalismo se beneficia doblemente de esa explotación, llamándola “amor” o “naturaleza femenina”, algo que históricamente se ha invisibilizado y nunca se remunera.

Nos han metido la idea de que el trabajo dignifica, pero se puede decir que ese es uno de los triunfos del capitalismo. El trabajo dignifica solamente cuando no enferma, cuando no nos roba la vida.

Por eso el descanso es político. No se trata de una falla personal, sino del síntoma de un sistema que nos necesita agotados para seguir funcionando. Un sistema que glorifica el sacrificio, desprecia la fragilidad y convierte la vida en una carrera por quién llega más rápido a la meta, o, diría yo, por quién se mata más trabajando, trabajando y trabajando.

Decir “no puedo más” no es un fracaso: es reconocer que somos humanos y no máquinas. Reconocerlo es un acto de rebeldía frente a un sistema que no quiere que reconozcamos la verdadera esencia del ser humano. Solo fuera del régimen del rendimiento aparece la creatividad. Un cuerpo cansado no imagina, no sueña, no conecta. Detenerse, aburrirse, no producir, no optimizarse es una forma de sabotear el sistema y rebelarse.

Por eso el descanso no debe pensarse como una pausa para volver a rendir, sino como un gesto político que rompe la obediencia.

Negarnos a vivir para producir no es pereza es una posición política. Y cada cuerpo que deja de medirse en utilidad es una amenaza real para el capital.

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