La librería donde el mundo siempre puede ser otro

Por Andrés E. Acosta

Foto: Laura Franco

Una ciudad también respira por sus librerías, lugares que sacuden de la soporífera aceptación vacía del mundo para disponer a la imaginación y la sorpresa. Un libro, frágil, apenas pesado en las manos, es tan noble como un pensamiento bello, o como una canción que sabe sintetizar la vida.

El libro es respiración. Así como en los árboles frondosos resiste la vida sometida por el crecimiento urbano, y se esconde a florecer y a cantar mientras el cemento avanza sin cautela, en las librerías hay otra resistencia, casi imperceptible, de soledades que se asumen en comunidad.

Camino hacia la librería de Augusto Bedoya. La algarabía mezcla los tonos de los vendedores de piña oromiel, crema de marihuana, imitaciones de morrales y tenis, con el ensayo de los músicos del parque, la oferta de los vendedores de lotería y los frenos de las rutas de buses.

Medellín, como su sol de esta tarde, hierve. Su respiración es caos.

Se puede llegar por Colombia o por Ayacucho. Prefiero Colombia por la sensación de encierro, a lado y lado hay almacenes de variedades, calzado, papelerías y prenderías. Las fachadas tradicionales se olvidan. No se levanta la cabeza, no se mira al cielo en este lugar del centro. Los caminos se cruzan, los ritmos se confunden: la ciudad clásica, que sobrevive apenas, se oculta; la que se ve es, en apariencia, solo comercio.

Vendedores de gafas, peces y jugos; cantinas, más almacenes de variedades y ventas de libros, muchos libros en pequeños puestos a lo largo de una vía peatonal. En el balcón del segundo piso del Centro comercial del libro y la cultura se asoma Augusto: rostro alargado, barba y cabello canosos, lentes redondos. “Necesita libros, vende libros”, me preguntan otros mientras subo las escaleras. El segundo piso es calmado, marginal. El afuera llega solo como un rumor.

Librería Pigmalión: un pin de Borges, un busto de Marx, un bandoneón, una réplica del reloj derretido de Dalí, un llavero del Deportivo Independiente Medellín, un Principito piloto en miniatura, una cabina de teléfono británica a escala llena de monedas, un letrero con el nombre de la librería en letras violeta sobre un fondo verde pastel. Los detalles dan a entender qué le interesa y cómo piensa Augusto. No es decoración fácil, es la verdad que se comunica a través de los objetos mínimos.

Busco la certeza de la amistad, que con Augusto se encuentra en el buen decir, en el comentario inteligente, en las referencias musicales, en el rechazo de la infamia, en el ánimo de esperar que el mundo sea por fin otro. Alrededor se suman objetos que agregan sentido: la estampilla de Tango Bar, el sticker que dice “Poderoso”, el sello “Pigmalión” sobre la madera de las estanterías, la regla de óvalos que sirve de charol, la grabadora que sintoniza un programa de son cubano, el Parker en el bolsillo de la camisa. Pero, sobre todo, con cadencia segura, ímpetu y una sonrisa confiada y generosa, la conversación de Augusto.

Conversa sobre la Medellín de mediados del siglo XX, los buzones en Junín, los meses en el calabozo del municipio de Santo Domingo, los días en Málaga (España), lo místico de las iglesias de los pueblos, los amores de paso, los amigos que no dejan de morirse, el padre conservador, la madre y sus bambucos, las cafeterías del centro, la nueva final perdida del Medellín. Los recuerdos y lo cotidiano son motivos válidos para dialogar, igual que los poemas de Borges, los versos de cabo roto de Cervantes, las ideas actuales de Marx, la filosofía desesperanzada de Cioran, la voz potente de Carlos Roldán, los instrumentales de Pugliese, las glosas de Gagliardi y los discursos de Fidel.

Para Augusto, los días de farra están lejanos, estos son los años de la reflexión, años que se disfrutan en la presencia cercana de quien escucha y comparte sus palabras, fáciles para decir barbaridades, valiosas para invitar al amigo a un tiempo irrepetible de reencuentro.

Pienso que esto es una librería, persistente, rebelde, a pesar de la obligación de vender, pero sin el imperativo del dinero, sin el perfil del librero que habla de obras sin interés alguno, desprovisto de ese amor particular que se apodera de los rincones de las casas y llena las paredes con el papel que con los años se vuelve amarillo.

A Pigmalión llegan quienes leen filosofía, o se afirman en las utopías, o persiguen las ediciones cuidadas de Aguilar, o coleccionan las ediciones de clásicos en tapa dura, o se esmeran por hallar las obras completas de Dostoievski, Hesse o Shakespeare, o se inician en el proyecto de una biblioteca personal, o descubren el nadaísmo. También quienes arman bibliotecas que no leen, o compran cuantas veces pueden el mismo libro, o llevan solo libros de arte, o preguntan solo por primeras ediciones coleccionables para adornar espacios. En esa mezcla de voluntades, la conversación siempre es el primero de los asuntos relevantes, el espacio prometido de una tertulia de las tardes, hasta que las puertas metálicas suenan contra el piso y las voces vecinas se despiden, y queda la música estridente del Colón que compite con el rock progresivo de la grabadora que salva el fin de la jornada.

Los amigos quedan y acompañan el rito de la despedida, el clásico remate en el Pasaje La Bastilla, cuando las luces crean sombras sobre una Medellín que se debate entre claudicar definitivamente o sobreponerse gracias a quienes aún les importa la vida compartida.

Miro a Augusto, le pregunto por el libro y me responde que es el objeto más bello que existe: “el libro tiene magia”. Pero no solo es el libro, también es la posibilidad de este momento de rostros diferentes que conviven y perduran, quizá para volverse a ver mucho después.

Un librero es entonces quien reúne, te enseña un libro luego de conocer tu ánimo, cita de memoria el pasaje de un libro, te ofrece un tinto para compartir en dos vasos y desea tu regreso a pesar de saber que los caminos son pérdidas. Un librero es quien está esperando con las palabras mejores, releyendo un poema de Quevedo o de José Eustasio Rivera, restaurando el lomo de un libro, puliendo un soneto, o recitando la Milonga al Pardo Ruiz, o recordando la letra de un tango, o imbuido en la idea de facticidad de la vida, mientras respira hondo, sosteniendo el recuerdo de un pucho y el sabor de un trago, diciendo como otras veces y como la canción:

Por las calles de la vida

nos perdimos vos y yo…

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