
Portada: Sin titulo – Katidi Koi
El Gury y su bate se han hecho definitivamente famosos y virales en todo el país. El tipo exhibe orgulloso su perfil de matón rápido, que mantiene presto en su mano el bate para resolver a porrazos cada dificultad que encuentre o eliminar a quienes le fastidien. Pero no es solo un gamín de barrio, es un concejal de Medellín y aparece en cada manifestación de protesta contra el actual estado de cosas en la ciudad blandiendo su bate y desafiando a los manifestantes, a quienes invita, bien resguardado entre sus guardaespaldas, a darse trompadas con él y a conocer la efectividad de su bate. Según él, está haciendo precisamente eso para lo que fue elegido y actúa exactamente como sus electores esperan que actúe.
Pero el Gury es apenas el fantoche del momento y ni siquiera puede decirse que sea un fiel representante del espíritu paisa. Que en Antioquia haya empezado a materializarse un proyecto político criminal que dio lugar a una gran estructura paramilitar extendida por todo el país no quiere decir que la cultura traqueta que se expresa en dicho proyecto sea exclusividad de los paisas. En las cabezas de muchos de nosotros pueden haberse desvanecido ya las imágenes de Andrés Escobar, el pistolero caleño que, acompañado de otros forajidos sin capucha y protegidos por la policía, enfrentó a punta de plomo las manifestaciones que tuvieron lugar en esta ciudad durante el Estallido Social. Esos mismos forajidos habían recibido a bala a la Minga Indígena cuando entró a la ciudad para sumarse a las movilizaciones de protesta.
El mismo Andrés Escobar salió luego en los medios, no a pedir perdón por tal despropósito, sino a justificarlo. Se presentó a sí mismo como un empresario y representante de “la gente de bien” caleña, que se había armado con otros para defender la ciudad. Es decir, la ciudad habitada por la gente de bien. En un país sano, uno hubiera esperado una pronta captura y condena de este personaje, pues los videos lo mostraban directamente disparando sus fierros y su discurso ni siquiera lo negaba. Pero en vez de cárcel, lo que recibió Andrés Escobar fue una curul en el Concejo de Cali como muestra de que una parte importante de la sociedad caleña celebraba el accionar de este tipejo, que le encomendaba la defensa de sus intereses y confiaba en sus métodos.
Una sociedad que hace o al menos acepta esto como normal no puede sino estar enferma. Y, efectivamente, Colombia parece estar corroída hasta los tuétanos de cultura traqueta. Una enfermedad progresiva que la carcome con rapidez, algo que se enquistó en la vida cotidiana de la gente, pero sobre todo en las Instituciones. Un presidente, cuya carrera transcurrió con un pie en la ilegalidad, la llevó a la casa de Nariño y la instaló cómodamente; no que los anteriores presidentes no hubieran sido traquetos, sino que este la exhibió con orgullo y la naturalizó con aquel descarado “si te veo en la calle te doy en la cara, marica”. Desde entonces portarse como traqueto en las calles o en el Congreso o en la Presidencia es evidencia de valentía, decisión y convicción profunda, celebración de un patriarcado de viejo cuño y de una figura de macho inconmovible.
Pero si la cultura traqueta no es propiedad exclusiva de los paisas, mucho menos es una exclusividad de Colombia. Se expresa con mayor intensidad incluso en la forma de gobernar de Trump, en el éxito de Bukele en el Salvador, en la desfachatez de Milei o en el descaro de un Bolsonaro, por mencionar solo algunos casos recientes en América. Pero también Europa está carcomida por esta misma enfermedad que se expresa en sus leyes antimigratorias, en el ascenso del fascismo abierto y en su subordinación oportunista ante las tropelías de Estados Unidos en el mundo.
La cultura traqueta es la forma que mejor garantiza la reproducción del capitalismo hoy. Es la evidencia de que no necesita ni quiere al frente de su gestión seres sabios, inteligentes, sensibles. Es decir, ni inteligencia ni sensibilidad. La organización capitalista del mundo ha llegado a tal nivel de desarrollo que ahora crea la ilusión de poder reproducirse por sí solo, gestionado por seres mutilados mental y afectivamente. Por supuesto, seres como Trump y Netanyahu, tan atarbanes, egoístas y sociópatas, llegan a estas instancias de poder porque una parte importante de la sociedad se identifica con lo que ellos ofrecen. Y su discurso ha sido bastante seductor para algunos sectores que aspiran a vivir tranquilamente disfrutando las mieles del progreso sin ser perturbados por la miseria material y moral que crece a su alrededor.
Pero la cultura traqueta, aunque esté hoy por doquier en el poder, no es lo único que tenemos. También hay por doquier procesos importantes de resistencia, que a veces se expresan en programas de gobierno de algunos candidatos y candidatas alternativas o en confrontaciones directas contra el imperio del capital. Pero la mayoría de las veces se manifiesta en la lucha diaria de la gente, en sus formas de organización y en sus maneras de persistir en la construcción de una sociedad distinta en medio de un contexto que parece tan cerrado. Lo que se enfrenta en realidad son al menos dos proyectos de humanidad. Uno que intenta poner la vida al servicio de la acumulación de riqueza en forma de capital y otro que pretende poner la riqueza material en función de una vida digna, elevada social y espiritualmente por encima del consumismo insulso, de la soberbia del tener. Y la batalla entre esos dos proyectos es cotidiana en todos los rincones del mundo, en las calles, en los hogares y en la conciencia de cada individuo y grupo social.
Nosotros nos inscribimos en este segundo proyecto y luchamos por su realización. Somos conscientes de que quienes defienden el otro proyecto, que no es realmente de humanización sino de capitalización, tienen el poder económico y militar para someter a los pueblos y que entre las potencias que hoy se disputan el control del mundo ninguna se aventura realmente por un proyecto de humanidad distinto. Nuestro campo de batalla es la calle, la casa, el corazón y la conciencia de la gente y de nosotros mismos. Y nuestras armas son precisamente aquellas a las que ha renunciado el poder hegemónico: la sensibilidad y la inteligencia (que debe convertirse en verdadera sabiduría).
En todo caso, sabemos que la cultura traqueta es solo la manifestación de un estadio de desarrollo del capitalismo y que su superación, que implica la superación del culto al dinero y al poder del fierro, al derroche como forma de afirmación de la persona, implica la inversión del orden socioeconómico vigente y la lógica que la sustenta. Pero tal inversión requiere también individuos y organizaciones vacunadas contra el sistema de valores y prácticas enfermizas que reproducen la lógica del sistema a través nuestro.
El capital ha puesto la vida entera a su servicio; nosotros necesitamos poner la riqueza material y espiritual al servicio de una vida digna para todas y todos, una vida fincada en el cuidado de la naturaleza, del otro y de nosotros mismos. La deshumanización del mundo que ha llevado a cabo el capitalismo nos muestra también la tarea que tenemos entre manos para no perpetuar con nuestra manera de estar en el mundo el espíritu de destrucción imperante. La vida solo puede ser digna cuando en vez buscar aplastar al otro nos cuidamos mutuamente, porque la vida que vale la pena ser vivida tiene que ser un proyecto colectivo. Ninguna vida puede ser digna si se sustenta en la negación, opresión o eliminación del otro.

Contraportada: «El poder del inconsciente» – Ronald Jiménez Seijas
