Por Jhonny Estrada

Foto: Desenfoque
“Es natural que nos acontezca el hambre porque es algo fisiológico ¡somos hambre! Pero tampoco es un accidente, ni coincidencia que aún exista como el destino fatal de muchos, porque los poderosos han entendido que el hambre sirve para manipular el mundo”. Más o menos así sentenció Valentina, nuestra anfitriona. Y es que ese día estaba invitado con el colectivo Filoparchando a conocer un nuevo parche, se llama Casa Cultural el Taller,en Robledo. Todo estaba dispuesto para este encuentro, en el cual hablamos sobre dos de sus apuestas como colectivo, la soberanía alimentaria y la psicología para la liberación, intentando vislumbrar la relación entre las dos.
Al llegar, en la fachada de la casa resaltaba un grafiti con su nombre, en medio de otras casas y edificios paradigmáticamente organizados. Ya adentro nos recibió Valentina con algunos de sus colegas, aliades y… “Sonrisas”, un integrante que nos hacía sentir en casa, haciendo gala a su chapa. Quizá como el reflejo de ellas y ellos, en la casa se sentía una atmósfera tranquila, segura, amigable, donde danza el amor revolucionario. En una pared rezaba un grafiti ¡las cuchas tenían razón! En otra ¡la tierra no es una mercancía! Y entre los objetos alegóricos coleccionables que decoraban la repisa, posaba un LP de Mercedes Sosa. Todo hacía aparecer la idea de que allí también se está gestando la utopía.
Abrigados por el calor humano, comenzamos la conversación abiertos a conocer sobre la casa. Valentina comienza: “Yo soy nutricionista con enfoque en todo lo que tiene que ver con educación nutricional para la salud, trabajo con neuro divergencia y soy una de las facilitadoras del espacio junto con Sebas. Ya llevamos dos años y empezamos como un espacio donde nuestro grupo de teatro (La Manada) pudiera ensayar. Entonces alquilamos esta casa, y como ella no se iba a pagar sola, la abrimos a la comunidad de forma cultural y comenzamos a invitar artistas, músicos, teatreros, entre otros. Invitamos a colegas que quisieran acompañar a la comunidad y, como Sebas es psicólogo, decidimos abrir un espacio de consultorio. Hacemos consulta de orientación psicosocial y nutricional con una tarifa diferencial, o también se puede retribuir con labor social. Con el tiempo hemos entendido que lo que hacemos es una intervención psicosocial; el año pasado, por ejemplo, cerramos con la segunda versión del Festival Sanarte que hacemos para la comunidad, donde hacemos una olla comunitaria y fomentamos la soberanía alimentaria”.
La reflexión comenzó a girar en torno a una pregunta provocadora ¿quién eres cuando tienes hambre? Y aunque, en apariencia, es simple, su respuesta podría determinar el lugar que se ocupa en el orden social establecido. Pues no es lo mismo el hambre de alguien que hace dieta, que el hambre de quien tiene posibilidades limitadas y escasas de saciarla. No debe ser mera sorpresa que el sistema capitalista parta de la desigualdad y necesite de pobreza para su funcionamiento, pues si es cierto que saciar o no saciar el hambre determina el estado de ánimo con el que se habita el mundo, entonces se hace evidente que, en la estructura social, el hambre se administra para la dominación. Esta última, en función de la acumulación de los capitalistas, necesita de pueblos psicológicamente inestables, para lo que el hambre es herramienta, pues es difícil que alguien determinado por la limitación de saciar su hambre goce de la salud mental y la conciencia para sublevarse y organizarse en pro de su liberación, antes que sucumbir a las ignominias del patrón.
Martín Caparrós,en su obra El Hambre, tiene una crónica llamada Otra Vez Sopa, donde plantea que no hemos solucionado el hambre porque una minoría poderosa se ha apropiado y manipulado todos los recursos que podrían aliviar el hambre de los pobres. Por eso, ante esa administración maliciosa y desigual de la comida, donde la industria manipula incluso las semillas, una forma de resistir es la soberanía alimentaria. Y no solo esta, sino también la soberanía sobre el cuerpo, o la soberanía etílica.
Estas son las apuestas que se gestan en la casa y de las que Valentina nos cuenta: “No se trata solo de tener con que alimentarse, porque sabemos la limitación que muchos tienen de hacerse a una dieta balanceada. Nosotros concebimos la soberanía alimentaria como el poder que tiene una comunidad o un individuo, no solo para decidir qué comer, sino también de producir su alimento, bajo sus posibilidades y herramientas propias”.
“La soberanía nosotros la trabajamos en El Taller desde varios aspectos, hablamos es de Soberanía en general, del cuerpo, del pensamiento, de lo que como y tomo. El más directo es la chicha artesanal que hacemos, la cual nace de un proceso en el que queríamos hablar de soberanía etílica, incluso por ahí tenemos un letrerito que dice ¡no tome Bavaria tome chicha! Esto, por todas las implicaciones que tiene el monopolio de los licores. Pero esta soberanía etílica debe tener detrás una soberanía alimentaria, porque la idea es que la materia prima de esa chicha que nosotros hacemos y usamos para varias cosas, no solo para emborracharnos en la fiesta, pueda ser sembrada por nosotros o venir de campesinos de veredas y corregimientos aledaños. De aquí se despliegan otras cosas que hacemos desde lo gráfico y educativo, hacemos talleres para aprender a montar la chicha, tenemos un proceso que se llama Café y Nutrición donde hablamos de seguridad alimentaria”.
Al final de la reflexión, todos coincidimos en que, en la actualidad, con el desarrollo tecnológico que hemos logrado como humanidad, podría producirse la comida suficiente para que ya no exista hambre en el mundo. No obstante, a los poderosos les conviene que el pueblo viva con hambre. “Y es cierto que el hambre tiene relación con la forma de estar en el mundo –concluye Valentina-, como a muchos que les da mal genio cuando no han comido, pero no es lo mismo mi hambre que puedo solucionar en casa, que el hambre de alguien de escasos recursos que no puede alimentar a su familia. Hay incluso estudios clínicos que comprueban que cuando los niños y las niñas están determinados por el hambre aprenden menos que los otros que están bien alimentados. Lo que prueba que las condiciones materiales en la estructura social sí determina y afecta nuestras emociones y salud mental.”
