Por Manuel Andrés Lázaro Quintero

Estudiantes del Colegio Monseñor Díaz Plata
Todos los domingos salgo de mi casa en Convención, Norte de Santander, rumbo a mi trabajo en El Tarra, en pleno corazón del Catatumbo. Allá soy el profe Manuel. No manejo motocicleta; me da miedo. Por eso me lleva mi hermano, quien se la lleva mejor con las máquinas que yo. En varios lugares de la vía, antes de llegar al corregimiento de San Pablo (municipio de Teorama), un retén del ELN controla el camino. Vamos sin cascos —está prohibido—, con el rostro descubierto y, visible en el pecho, una especie de salvoconducto: el carné que me identifica como profesor del colegio Monseñor Díaz Plata de El Tarra.
Al entrar en San Pablo, el paisaje se vuelve denso: calles atestadas de gente, motos, camionetas y billares abiertos. En el parque, un pastor evangélico truena predicando sobre las postreras cosas. Un poco más allá, en el balcón de una casa, un niño toca un instrumento: deduzco que se trata de un saxofón. Atravieso San Pablo en moto, en medio del bochorno. El bullicio de las calles y los autos con vidrios polarizados lo vuelven todo más extraño: me creería en una improbable escena de película surrealista en que, como en un montaje, se superponen guerrilleros, gente que va de prisa, ruidos, un pentecostal apocalíptico y un niño, su balcón, su saxofón… El Catatumbo es eso: una película sin guion, con lente polarizado, donde conviven el fusil y el instrumento musical, donde la muerte y la vida se besan impúdicamente. El Catatumbo es un territorio donde la bondad y la generosidad campesinas coexisten con economías ilegales en una amalgama que no se deja simplificar.
La carretera lo dice todo: es destapada en su mayor parte y solo en algunos caseríos hay tramos pavimentados. Las comunidades han tenido que organizarse, conformar peajes informales y esforzarse por mantener la vía transitable. Por allí circulan camiones que transportan comida y víveres, junto a camiones “pategrilleros” que transportan el combustible para el procesamiento de la hoja de coca. Todos frecuentan la misma trocha. Todos a toda máquina, movidos por la misma urgencia. Oleadas de polvo y sol o de lluvia y tormenta acompañan los 60 kilómetros de descenso desde Convención hasta El Tarra.
Si alguien pregunta: ¿qué es lo que le ha faltado al Catatumbo? ¿dónde está la raíz del problema? La respuesta suele aparecer de inmediato con leves modificaciones: “El abandono del Estado”. Este se ha vuelto el coro llorón que se repite a modo de cliché para señalar la causa de nuestras desgracias. Pero esto es una verdad a medias. Es cierto que hace falta mayor inversión social por parte del Estado y que los muchos años de olvido han hecho que el atraso sume varias décadas. Con todo, en el Catatumbo el Estado no es solo ausencia. A veces hace presencia; a veces tiene rostro y ese rostro con frecuencia es el mío: ¡El Estado soy yo!
No piense el lector que he decidido lanzarme a proferir expresiones ufanas. La famosa frase, atribuida a Luis XIV, l’État, c’est moi, hablaba de la supremacía del monarca, de su poder absoluto. Aquí significa otra cosa: en muchos rincones de este territorio, el profesor es la forma más visible de lo público. El maestro es la encarnación material de la presencia estatal allí donde ese mismo Estado llega casi siempre tarde con la carretera o con la conexión eléctrica o digital. El profe aparece entonces como el rostro y la voz de lo público: trae desde el municipio más cercano las guías escolares impresas con sus propios recursos, a partir de ideas armadas en su tiempo libre, en una mezcla de vocación y terquedad.
Maestros y maestras viven a veces en habitaciones modestamente adaptadas por la comunidad al lado de la escuela, de donde sale cada quince días o cada mes, según la propia capacidad de resistencia al tiempo, a la distancia, a la conexión, a la lejanía de la familia.
En el Catatumbo enseñar es mediar en el conflicto diario entre estudiantes. Es pararse en medio de un acalorado debate de ideas o de emociones adolescentes y de cuerpos desbordados de hormonas y de vida. Es imponer orden, concertar normas, organizar ideas, negociar acuerdos microcurriculares, vigilar y evaluar procesos y, de vez en cuando, emplear la autoridad para inducir al silencio o a la reflexión sobre los propios actos. Es invocar la censura de la nota, pero también insistir en el cuidado del entorno e insistir permanentemente en la autonomía a través de la escucha y el acompañamiento.
Maestros y maestras aquí no solamente encarnan los valores cívicos que procura enseñar el Estado en el currículo, sino que son el currículo vivo que habla: con su puntualidad, con su lenguaje corporal y su vestimenta, con la ética laboral y aun con sus sesgos. Son la primera experiencia que un niño, niña o adolescente tienen de “lo público”: vaya responsabilidad desproporcionada.
El peso de la corona de ser maestro no es algo que uno se pueda quitar. No se puede renunciar a serlo al salir del aula. En estos territorios, la figura del docente se extiende más allá de la escuela. De repente uno se ve convertido en referente moral, en mediador, en testigo y, en ocasiones, en la única autoridad posible. Pero esta carga no es neutral. Así como el Estado ha visto reducir su poder y alcance a través de decisiones políticas, económicas y administrativas, el maestro en el Catatumbo también se ha visto debilitado. La burocracia, la politización de las instituciones y la precarización de la profesión por la pérdida de derechos y beneficios erosionan el ánimo. Se habla de buscar beneficios como la bonificación por difícil acceso o por ejercer la profesión en “zona roja”, sin embargo, estas categorías no se traducen en beneficios reales o en mejores condiciones, sino en desgaste acumulado.
Con sindicatos o sin ellos, con internet o sin él, con electricidad o a oscuras, el maestro debe gobernar su territorio, que es el aula; cuidar, educar y defender a su pueblo, que son los estudiantes, y esperar, como un “Estado joven”, a que las secretarías de educación y el ministerio le den valor y reconocimiento a su labor y a la de sus colegas. El Estado soy yo, pero, en mi reino, gobernar no siempre significa mandar; casi siempre significa resistir.
