Por Jhonny Zeta

Bojayá. Fotos: Jhonny Zeta
No hay foto que logre hacerle justicia al paisaje en vivo y en directo, eso pensaba mientras la lancha remontaba corriente arriba el río Atrato, un paisaje tan exuberante y cambiante que uno siente latir sus colores, formas y sonidos con todos los sentidos.

Foto: Mirador de Bellavista
Era 30 de abril al medio día, habíamos desembarcado en el municipio de Vigía del Fuerte después de hacer un recorrido de tres horas y media desde Belén de Bajirá. La madrugada era una suerte de selva verde envuelta en una neblina fantasmagórica al alcanzar la desembocadura de Rio Sucio y ver abrirse el gran río Atrato con sus orillas de franjas arcillosas, exhibiendo los huecos o cuevas que hacen los peces llamados guacucos. Cada tanto aparecían algunos yarumos que se entregaban a la corriente como soldados derrotados por las crecientes y la erosión.

Fotos: Lancha transportando plantas de energía eléctrica
Vigía del fuerte es un municipio de Antioquia que se recuesta sobre la margen derecha del rio; lo primero que llama la atención es la cantidad de basura plástica que se encuentra varada en el embarcadero del malecón. Ya en tierra firme, los negocios, tiendas de abarrotes, farmacias y panaderías, son testigos de los ires y venires de las poblaciones negras e indígenas que llevan siglos haciendo presencia en el territorio. Vigía mira hacia Bojayá, Chocó, que está del otro lado del río, ambos municipios son hermanos de luchas y dolores, de acervos culturales y memoria. Un lanchero señala y dice: allá, en diagonal, está el pueblito abandonado y más arriba Bellavista la nueva. Se refiere a los dos cascos urbanos de Bojayá; el primero, víctima de un atentado en medio de un enfrentamiento entre las Farc y los paramilitares de las AUC en el que murieron alrededor de 80 personas (entre ellos 48 menores), quienes se refugiaban en la iglesia donde cayó un cilindro bomba en el año 2002. El segundo, a 1 km de distancia, entregado por el Estado a los bojayaseños en el 2007.

Foto: Altar en la iglesia de Bojayá
Subimos a la lancha, atravesamos el Atrato y en pocos minutos desembarcamos en Bellavista la vieja. Nos reciben unas escaleras en madera recién construidas, a un lado otra lancha con dos plantas generadoras de energía, avanzamos por un modesto corredor de cemento, al fondo la iglesia y a ambos lados ruinas de antiguas construcciones; entre ellas tarimas, polisombras y equipos audiovisuales marcan el contraste del que nos vamos enterando: en dos días será la conmemoración número 24 del acontecimiento conocido como la Masacre de Bojayá. Hay mucha expectativa entre la población por la llegada del gobierno nacional.
Pasamos a Bellavista la Nueva, el embarcadero conecta con un puente peatonal largo paralelo al río, desde este se bifurcan caminos y pasos hacia las casas de madera construidas sobre palafitos, a un lado la curvatura de una amplia calle pavimentada de donde vemos venir niños, ancianos, gentes de todas las edades, indígenas y afros, gentes alegres, sudorosas, personas de rostros nobles y apacibles a quienes les escuchamos decir que la memoria está viva, que falta mucha verdad, justicia y reparación. Visitamos el mausoleo de las víctimas y el parque que se encuentra en remodelación.

Foto: Paredes de la antigua Escuela de Bojayá

Foto: Parque de Bellavista en remodelación
Retornamos a la otra orilla, nos sentamos en las escalinatas del malecón de Vigía mirando el Atrato, contagiados por el sol de venados que cae sobre las tierras chocoanas. En los ojos resplandecen las aguas del río de la memoria. Verdad de un paisaje al que todavía no le hacen suficiente justicia las acciones. Un paisaje que se inunda de sed.

Foto: Construcciones Palafíticas

Foto: Atardecer en las riberas del río Atrato
