Por Juan Felipe Lesmes Cadavid

Pintura de Alberto Jerez
El filósofo Claude Lefort en su obra La invención democrática hace una clara distinción entre “Lo Político” y “La Política”. Aunque puede parecer solo un cambio en la escritura, Lefort precisa que “Lo Político” hace referencia a la pluralidad de intereses presentes en las sociedades, lo cual trae consigo disputas, debates, pugnas y puntos de acuerdo. Mientras “La política” son todas aquellas instituciones, normas y personas que regulan las pugnas por el poder. La política se materializa en el Estado y todas aquellas instituciones que se alinean con el interés ideológico y práctico de este, a su vez, lo político se materializa en todas las expresiones de disputa del poder que se ejecutan por fuera de las normas impuestas por el Estado y que incluso tienden a rechazarlo y combatirlo.
El Estado como lo conocemos ahora tiene dos características que lo han llevado a aislarse de las y los ciudadanos; por un lado, se ha ocupado más de mantener contentas a las grandes empresas y los intereses de los Estados y bancos extranjeros (en especial a los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional). El reflejo de esta situación se observa en las políticas de exoneración de impuestos, licencias ambientales que atentan contra la vida, la permisividad con la explotación laboral, entre otras manifestaciones de sumisión al orden económico internacional.
Por otro lado, quienes han gobernado el país actúan bajo unas formas de gobierno que parecen una adaptación de la monarquía, pues no es coincidencia que quienes aún se disputan el poder político y quienes gobiernan a nivel regional y nacional tengan los mismos apellidos de quienes ostentaron el poder estatal cientos de años atrás. Esta nueva adaptación de la monarquía puede definirse como una monarquía democrática y refleja la capacidad que han tenido los poderosos para acomodar las instituciones de poder a su beneficio y a la necesidad de mantener su puesto social y político en la sociedad.
Lo que provocan estas características en el Estado y, por ende, en la política, es la pérdida de legitimidad como institución social encargada de mantener el orden y la armonía, por lo menos, al interior de sus fronteras. Esto lleva a que las comunidades busquen formas de disputar el poder por fuera de las reglamentaciones e instancias estipuladas por la normatividad estatal y se organicen para construir nuevas formas y procesos que sí respondan a sus necesidades, abriendo un campo para que lo político se piense en las formas de transformar la política desde las bases sociales, cuestionando las bases económicas vigentes.
El hecho de que la política responda a las potencias extranjeras y a las grandes empresas es el resultado de que quienes han cuidado y creado estas instituciones se han encargado de mantenerlas óptimas para sus intereses como clase explotadora y poderosa. Además, las crisis desatadas por las respuestas organizativas desde lo político ante la ilegitimidad de la política han obligado a los poderosos a adaptar sus formas de organización cediendo un poco en sus instituciones, pero no en sus bases estructurales. Esto ha llevado a que aparezcan y se potencien instituciones e instancias de participación para incluir de forma simbólica a quienes más han buscado cambiar la política desde sus raíces.
Las juventudes en Colombia y en el mundo nos hemos caracterizado por representar la búsqueda de transformación de lo tradicional por lo innovador; de igual manera, las juventudes en Colombia hemos sido quienes más participamos de lo político alrededor de los espacios que habitamos como la universidad pública, el espacio público y las decisiones políticas que ponen en riesgo nuestros proyectos de vida. Estas participaciones se reflejan en las movilizaciones sociales, las asambleas universitarias, los proyectos culturales, sociales y barriales, desde donde tomamos posturas y luchamos por unos ideales y apuestas colectivas. Nuestra participación en la construcción y disputa de poder no se da desde la política que nos ha excluido y ha atentado contra nuestras formas organizativas; nuestra participación se da desde procesos autónomos que construimos para hacernos escuchar, ver y respetar.
La política, con las instituciones que la conforman, con el fin de mantener “las cosas como están”, se han adaptado para que las juventudes se sientan parte de ellas. Es así como aparecen los Consejos Municipales de Juventud, las Plataformas de Juventud, las Secretarías de Juventud, entre otras, que se presentan como los espacios más importantes de decisión y participación en la toma de decisiones y repartición del poder estatal con los jóvenes. Sin embargo, cuando se analizan las formas en las cuales se llevan a cabo, terminan siendo una reproducción de las mismas dinámicas que se evidencian en las instituciones de “los mayores”. Los procesos de deliberación en los espacios mencionados con anterioridad reflejan una cooptación de los mismos clanes e intereses políticos de quienes ostentan el poder económico y estatal para mantener su posición y cuidar sus intereses, pero ahora bajo una legitimidad simbólica.
Lo político como forma de disputa por el poder acumula más legitimidad que la política de monarquías democráticas. Desde lo político hemos comenzado a dibujar un grito que clama por una renovación en las formas en las que se reparte el poder desde el Estado, pero no es un grito por el cambio de nombre en los cargos de poder, sino por una transformación estructural que permita redibujar el futuro terrible que nos han prometido y dibujado y que vivimos día a día. Hay que liberar lo político de las garras de una política que solo busca atarse a un sistema que ya no responde a las necesidades de su pueblo. Liberar lo político de la política no es acabar con el Estado, es tomarlo y transformarlo desde su estructura para ponerlo al servicio de aquellas clases populares que, de forma autónoma, hemos mostrado organización y capacidad de reconstruir unas instituciones al servicio del pueblo y no de un sistema económico y político impuesto y manejado en contra de un futuro para vivir y nos han obligado a sobrevivir.
