Editorial No 119: La lucha por una nueva humanidad sigue vigente

Portada: Ricardo Cabolo

Legítima la rabia, el dolor y la tristeza que nos queda después de los resultados en las pasadas elecciones presidenciales en Colombia. Tiene todo su sentido, más si se entiende que dichos sentimientos no expresan solo la reacción frente al fracaso de una campaña electoral de un movimiento político que encarnaba, por lo menos, un proyecto de justicia social para con los sectores históricamente olvidados en el país; no, el dolor y la tristeza es, sobre todo de ver cómo, contra toda lógica, se impuso un proyecto mafioso que encarna lo peor de una élite política que, desde hace años, renunció a cualquier compromiso ético con la humanidad, un proyecto que, definitivamente representa un inmenso retroceso civilizatorio, incluso frente al liberalismo burgués que, aunque fuera en las formas, se preocupaba por simular cierto compromiso con el progreso moral de la humanidad.

Pero una vez sacada afuera la rabia y la tristeza, no podemos quedarnos ahí. Se hace necesario un análisis serio y juicioso que trascienda la evaluación de la campaña e indague cómo es que hemos llegado a ser, como sociedad, lo que somos hoy. Lo que está claro es que hay una hegemonía en disputa, que el proyecto burgués de alguna manera se ha resquebrajado y que, ante dicho resquebrajamiento, la izquierda todavía no logra articular un proyecto alternativo que vincule al grueso de la sociedad y enamore a la mayoría de las y los explotados y oprimidos de este territorio.

El resquebrajamiento de la burguesía, que no es un asunto nuevo, se nota en la bancarrota del uribismo como movimiento político; ante dicha bancarrota la burguesía terminó por hacer a un lado las figuras que proponía el séquito de Uribe, ya quemado, y recurrió a la figura de un fantoche que encarna las formas más grotescas de la cultura traqueta que en su momento promovió Uribe. Esa figura que se atreve a expresar sin tapujo y a elevar a programa político el entierro de la propia democracia burguesa y el exterminio de la oposición. Pero la incapacidad de la izquierda se expresa también en el hecho de que millones de pobres y mucha gente de clase media votaron por este proyecto que amenaza a la humanidad en su conjunto.

Y no podemos seguirnos diciendo mentiras al respecto: por supuesto que algunos vendieron su voto, pero incluso debemos preguntarnos qué tipo de sujeto es ese que ante tamaña disyuntiva como la que se presentaba en estas elecciones se dispuso con tal indiferencia a vender su voto para la materialización de un proyecto tan criminal y delincuente. Y seguramente algunos fueron engañados por la propaganda; pero también en ese caso sabemos que la información sobre la historia de los candidatos y el proyecto que representaban estuvo literalmente al alcance de todos. La pereza a informarse y a cotejar la información y justipreciarla también es propia de un tipo de sujeto que ha renunciado a pensar por sí mismo y se adhiere acríticamente a la propuesta que le resulta más cómoda a su pobreza de razonamiento. La verdad es que la mayoría de pobres, explotados y oprimidos que votaron por el proyecto de ultraderecha lo hicieron porque, en el fondo, se identifican con él. Y este es el acertijo que debe descifrar la izquierda si quiere avanzar en la consolidación de un proyecto de nueva humanidad y conjurar la amenaza criminal de la ultraderecha que la obstruye.

Pero lo presentado hasta aquí es solo una fotografía. La realidad es más compleja, por fortuna. El proyecto de nueva humanidad, que, aunque a medias, representa el Pacto Histórico, no ha fracasado, solamente fracasó su intento de mantener el gobierno por esta vez. Y muchos más fracasos vendrán en el camino porque la lucha de clases no se expresa en avances lineales y definitivos (el enemigo de clase también despliega sus argucias en el proceso), hay traspiés y retrocesos que nos obligan a reflexionar y redefinir las estrategias. No hay que despreciar la votación obtenida por el Pacto Histórico, en su mayoría son votos de convicción, no comprados ni movidos mediante el engaño y el bombardeo propagandístico, y muestran que buena parte del país, más de la mitad, está comprometida con un proyecto de nueva humanidad.

No ha habido derrota contundente y definitiva. Solo la evidencia de que la élite traqueta del país está dispuesta a todo para defender su poderío justo en el momento en que siente cómo avanza de manera decidida una resistencia ética y cultural frente a su proyecto de muerte y desolación. Y también la evidencia de que queda mucho por hacer, pues buena parte de la sociedad colombiana, todavía, se identifica con ese proyecto traqueto. Ahí es donde debemos concentrar nuestro análisis y nuestro trabajo. No se trata de insultar y menospreciar por ignorantes y cerriles a quienes votaron por el proyecto mafioso aún en contra de sus reales intereses. Esa es la salida fácil. La más complicada y necesaria es descubrir qué tipo de subjetividad ha construido la cultura traqueta en nuestro país después de tantas décadas de imperio de la mafia y el narcotráfico encarnada tanto en la élite gobernante como en la gente de a pie, en los barrios ricos y en los suburbios. Debemos descubrir cuáles son los resortes de esta subjetividad que hace que los pobres más pobres respalden el proyecto mafioso de quien ha llegado a ser rico usando todos los atajos necesarios.

En ello ha contribuido precisamente el progresismo cuando ha logrado ser gobierno en buena parte del territorio latinoamericano. Y resulta paradójico, pues efectivamente, en la medida en que el progresismo busca reformas que mejoren las condiciones materiales de existencia de las clases excluidas se ha concentrado en sacarlas de la pobreza elevándolas a la condición de clase media, pero sin un trabajo serio y comprometido desde las instituciones y las organizaciones de la sociedad civil por transformar la subjetividad de dichos sujetos y elevar su conciencia moral y política. Y nada más reaccionario que una clase media sin conciencia social, solo comprometida con su enriquecimiento individual y entusiasmada con el nivel de consumo que le permite asimilar como felicidad el derroche y la ostentación. Esa clase media fue, precisamente, la base electoral del proyecto de ultraderecha que ganó recientemente las elecciones.

Ahí es donde debe concentrarse nuestra tarea en el tiempo que se viene. La transformación subjetiva de la sociedad colombiana pasa por desmontar los mecanismos que soportan la identificación de los pobres y la clase media con el poder traqueto, el dinero fácil y el atajo. Y aún no tenemos la clave para hacerlo. En todo caso no será mediante la confrontación, el insulto y el menosprecio, sino mediante una pedagogía popular que combine el razonamiento práctico con la educación emocional. El nuevo proyecto de humanidad debe ser para todos y no será realizable sin encarnarse en los sujetos, incluso en aquellos desclasados que hoy expresan en su razonamiento y comportamiento una subjetividad comprometida con la cultura traqueta, sin saber que va en contra de sus intereses y en contra de la humanidad en su conjunto.

Y no hay que olvidar que la crisis de legitimación de la burguesía y su recurrencia a la cultura traqueta, como variante contemporánea del fascismo, no es una exclusividad de Colombia. Por tanto, la lucha por una nueva humanidad no solo deberá articular las luchas contra el fascismo a nivel nacional, sino que demanda, hoy más que nunca, la articulación de los pueblos. Pues el proyecto traqueto, mafioso y fascista es, hoy por hoy, un proyecto transnacional y globalizado.

Contraportada: Marcos Palacios

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