Recordando a Gustavo Marulanda: líder estudiantil asesinado por el Estado en 1999

Por Jonathan Cardona Rojas

Gustavo Marulanda. Imagen con base en mural ubicado en la Universidad de Antioquia.

La universidad tiene que meterse a analizar la realidad que la circunda. A nosotros no nos sirve una universidad que está investigando en la nebulosa… nosotros necesitamos intelectuales que estén pensando en los problemas sociales”, decía Gustavo Marulanda en entrevista televisada tras denunciar repetidamente las amenazas de muerte a una lista de 90 personas, entre sindicalistas, profesores y estudiantes, señalándolos de ser “revoltosos” y “terroristas”. Muchos se escondieron, algunos salieron del país y otros… fueron asesinados, como Gustavo, acribillado a mansalva el 7 de agosto de 1999 cuando salía de la Universidad de Antioquia. Pasó a ser parte de la larga lista de víctimas de sicarios enviados por paramilitares al mando del Estado y de algunos poderosos.

Conocido como Marulo o Tavo, Gustavo era un joven proveniente del barrio Santo Domingo Savio. De potente voz, gran fuerza y carácter, desarrolló una notable habilidad discursiva que, desde muy temprano, puso en función de la comunidad: vivió en su barrio la lucha comunitaria por el acceso a servicios básicos e infraestructura, y en su colegio, Marco Fidel Suárez, desarrolló aún más su interés por actuar contra la injusticia y la desigualdad. Allí promovió la unidad estudiantil y la movilización mediante el Consejo Estudiantil Suarista (CES) y el Comité de Impulso a la Organización Regional de Estudiantes de Secundaria (CIORES).

En esa época arreciaban las intimidaciones y amenazas, de las que Marulo sería víctima en múltiples ocasiones. Comenzando la década de los noventa, fue raptado y golpeado por la policía tras una movilización, como contó anteriormente a este medio alguien que lo conoció. Fue detenido en su colegio por la SIJIN, que lo requisó y retuvo junto a los demás estudiantes de la institución. Varios sujetos fuertemente armados intentaron sacarlo a la fuerza de la sede del CES, pero Gustavo no se dejó Pese a esto, siguió su labor, siempre tratando de acercar a más jóvenes para que conocieran las problemáticas sociales y, como señaló Alejandro Sierra, conocido suyo y estudiante de la U. de A., en De Memoria Contra La Monotonía, buscando generar unidad en el movimiento social.

Marulo ingresó a Filosofía en la U. de A. en 1993. Allí, sin abandonar los procesos de los colegios, se unió al movimiento estudiantil universitario, donde sería coordinador de la Mesa de Relaciones Externas del Comité de Estudiantes de la U. de A. e integrante de la CEUA, Coordinadora Estudiantil de la misma universidad. Desde allí, entre otras cosas, eran convocadas asambleas estudiantiles para el debate y la toma de decisiones sobre problemas que han resistido el paso del tiempo: políticas nacionales y locales contrarias al interés común, intentos de privatización, limitaciones a la libre expresión en el espacio académico, desfinanciamiento, endeudamiento insostenible, bajo acceso de los más pobres a la educación superior, entre otros. En esa época se lograron grandes victorias estudiantiles como la reducción del valor de la matrícula para los estudiantes de estratos bajos.

Entre la connivencia estatal y la barbarie paramilitar

En la Universidad Marulo afianza su amistad con el abogado, profesor e incansable defensor de los derechos humanos, de quien aprendería mucho y con quien entabló amistad cercana hasta febrero de 1998, cuando paramilitares acabaron con la vida de Jesús María en su propia oficina. Dos semanas antes, Valle se había reunido con el entonces gobernador Álvaro Uribe para mostrarle pruebas de las relaciones entre las fuerzas armadas y los paramilitares en homicidios selectivos y masacres como la del Aro en 1997. Pero a Gustavo no lo amedrentó ni esto ni la muerte de otros que fueron asesinados después. Denunció públicamente la ola de amenazas y asesinatos en la comunidad universitaria, pero ni el gobierno ni las directivas de la universidad actuaron al respecto. Las llamadas Autodefensas U. de A., brazo de las AUC, una vez más bañaron de sangre al alma mater.

Aunque en 2007 el desmovilizado Éver Veloza, alias “H.H.”, reconoció su responsabilidad en el crimen, aún permanecen en la impunidad quienes desde los cargos públicos favorecieron el desarrollo de estos acontecimientos, por acción y omisión. El rector de la Universidad era Jaime Restrepo Cuartas, quien trabajó estrechamente con el entonces gobernador Álvaro Uribe; y luego con Alberto Builes, sucesor de Uribe en la gobernación. . Hoy ambos están siendo investigados por contratar con las organizaciones paramilitares “Convivir” pese a tener conocimiento de las atrocidades que cometían. El rector Cuartas luego sería representante del partido de la U, cuando esta organización todavía era trinchera política de Uribe. A la postre, el periódico de mayor difusión en Medellín, El Colombiano, propiedad de la familia del entonces alcalde de Medellín Juan Gómez Martínez, estigmatizó a los líderes estudiantiles reproduciendo acusaciones infundadas lanzadas por Carlos Castaño.

La historia se repite

Los asesinatos de líderes como Gustavo no son nuevos, basta ver el genocidio que se inició en 1986 y se llevó a cerca de 150 dirigentes de la Unión Patriótica y cerca de 5 mil partidarios; ni mucho menos son cosa del pasado, como lo muestra la situación actual de los líderes y los 140 casos de estudiantes, profesores y sindicalistas que entre 2000 y 2019 fueron asesinados o desaparecidos forzosamente por el Estado, según informe presentado a la JEP por profesores de universidades públicas.

La represión y el terror persisten. Este año aparecieron panfletos en varios lugares a nombre de paramilitares bajo distintos nombres amenazando a líderes estudiantiles y a la comunidad de la U. de A. En septiembre, el ESMAD le voló un ojo a un estudiante en Bogotá y el Ejército abrió fuego en una marcha estudiantil en Barranquilla.

Ante esto, el legado de ‘Tavo’ se conserva en la memoria de la universidad, entre murales, familiares y amigos que recuerdan su historia como un símbolo de lucha, pero también es prueba de la violencia estatal y paramilitar de la que la comunidad universitaria ha sido víctima. Gustavo no murió en vano, ni se equivocó al enfrentar a los opresores y sus verdugos, pues su impronta vive en el recuerdo de quienes no han cedido ante los intentos por desmovilizar las conciencias. Haciendo memoria impedimos que eso alguna vez suceda.

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