El abuelo ha muerto

Por Steven Andrés Acosta

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas

Era miércoles y me encontraba en el colegio trabajando. De repente recibí una llamada de mi padre, una persona serena, discreta, que tiene por regla el control de sus propias emociones y el ejercicio de pensar antes de hablar. Su tono particular había desaparecido, en cambio apareció la voz de un hombre sollozando, casi podía sentir cómo temblaba. El mensaje era claro: el abuelo había muerto. Después de semanas de cuidados, visitas y trasnocho por parte de mi padre y otros familiares, la muerte ya no estaba dispuesta a seguir esperando. Inmediatamente cogí un bus para llegar a la ciudad, los paisajes montañosos no eran la expresión de la belleza de nuestros territorios sino una imagen que se repetía incansablemente, haciendo que las 7 horas de viaje fuesen un angustiante impedimento para un abrazo de consuelo.

Cuando por fin nos vimos, buscamos algo de comer; sin embargo, los movimientos eran casi mecánicos, el alimento no sabía a nada, e incluso por momentos los estómagos parecían tener un vacío que no respondía a lo que se les entregaba. Poco pudimos hablar, no porque no hubiera cosas por decir, sino porque a cada instante aparecían llamadas, algunas entregando cálidas palabras y otras buscando completar el rompecabezas de lo que había sucedido con la información faltante. Nos despedimos, pues al día siguiente sería el funeral.

No había terminado de salir el sol cuando ya nos encontrábamos en la sala de velación. Mi reacción no fue de tristeza, a fin de cuentas, mi abuelo suponía solo un puñado de recuerdos difusos de una persona que llegué a ver unas cuantas veces. Desde que mi papá era joven el abuelo se había entregado por completo al alcohol, perdiendo así lo poco que había construido mi abuela con su propio esfuerzo, obligándola a empezar siempre de cero, encadenándola a una vida de maltratos, abandono, trabajos sin fin y a cargo de la crianza de mi padre y mi tío, un niño con una discapacidad cognitiva.

Pasados los años ella pudo sacarlo de la casa, y poco a poco conquistar su propia estabilidad. Cuando mi abuela construyó su casa, este apareció desde las sombras intentando venderla con el objetivo de conseguir el dinero para más alcohol, pero una profesora de la Universidad de Antioquia, de la Facultad de Derecho, pudo asesorarla para que la casa no se perdiera. Ella siguió pagando su pensión y salud, para que este no tuviera que volver a casa a buscar lo que no se le había perdido.

No sé si la medida era necesaria; me contaba mi padre que en una ocasión los familiares con los que vivía le preguntaron por qué no iba a visitar a sus hijos, y este respondió que honestamente ni siquiera recordaba dónde quedaba la casa. Su rutina era simple: tomaba una pequeña parte del dinero que enviaba mi abuela a los familiares que lo acogieron en casa, se compraba una botella de alcohol etílico, caminaba unas cuadras hasta llegar al parque de Boston, entraba a misa como buen católico y se sentaba en el parque hasta la noche, para volver a casa, comer algo y esperar la llegada del día siguiente.

A pesar de esto mi padre no parecía guardar ningún rencor, lo visitaba con frecuencia, me pedía que lo acompañara –yo solo acepté un par de veces cuando su insistencia hacía que mis esfuerzos por eludirlo resultaran imposibles-; cada vez que caía enfermo se pasaba días enteros cuidándolo en el hospital, todas y cada una de las veces en que el fin parecía cerca: cuando le diagnosticaron cirrosis, luego cuando vieron el cáncer de estómago y muchas otras veces, bien dicen que mala hierba nunca muere. Mi abuela, por su parte, solo hablaba de él para rememorar el sufrimiento, el dolor y la vida difícil a la que la sometió, así como para intentar transmitir a otros la conciencia de los efectos del alcohol en la vida de las mujeres y en el espacio familiar.

Terminando el funeral mi padre se dispuso a dar unas palabras, pero no pudo terminarlas, rápidamente se le cortó la voz y las lágrimas cayeron, no sé si por la pérdida o más bien por un pasado que pudo ser pero que no fue. Yo no estaba ahí por mi abuelo, sino por mi padre. Lo sostuve, lo acompañé a dar los pasos para decir su último adiós, lo abracé, haciéndole saber que no está solo, y él se aferró reconociendo el abrazo que siempre esperó de otra persona que nunca estuvo dispuesta a dárselo.

Por lo demás, el funeral parecía casi una obra de teatro: anécdotas sobre una persona presente en la vida de otros familiares que me hacían cuestionar la veracidad de los recuerdos y preguntarme si eso había sido cierto, entonces por qué con ellos sí, pero con mi padre no; llantos que parecían más una emulación de los “momentos perfectos” construidos a partir de la idea de mala fe, presente en el existencialismo francés. Entre todo ello, hubo un tema que se repetía con frecuencia y desde diferentes aristas: el tema económico. Por momentos el escenario parecía más un ajuste de cuentas y un diálogo sobre negocios que un encuentro para despedir a un ser querido. Se hablaba de lo costoso de la muerte, a pesar de lo simple del funeral, de cómo el abuelo no estaba inscrito en un plan exequial y los problemas que esto había supuesto, que afortunadamente el sistema de pensiones brinda un Auxilio Funerario, de cómo hacer los trámites para que mi tío pudiera recibir la pensión debido a su discapacidad, entre otras cosas, temas y espacios donde nunca imaginé que el dinero estaría más presente que nunca.

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