Los últimos infelices

Por Diego Meza

Imagen elaborada con Shockfactor IA

Hace uno días me topé con una escena de la película Il corpo del director Vincenzo Alfieri. En ella, aparece un monólogo en el que Giuseppe Battiston dice: “¿Qué es esa teoría de que quien está mal necesariamente tiene que curarse? ¿De dónde sale? Uno está triste y no, eso no está bien, porque hay que ser feliz, todos felices, todos jodidamente felices, en un mundo lleno de gente jodidamente feliz. ¿Verdad? Y si estás triste, entonces no está bien, no está bien porque enseguida vas a terapia, te apartan, te dejan de lado y… ¿quién carajo fue el nazi que inventó toda esta historia? ¿Qué les hizo la gente triste a ustedes, eh? De donde yo vengo somos todos tristes y, aun así, nadie se ha puesto nunca a joder a los demás. Yo no quiero que me ayuden. ¿Entendiste? Yo quiero estar mal. ¡Yo quiero estar mal!”

Como se puede colegir de este texto, parece que la felicidad se ha convertido en una norma en las sociedades actuales. La gente está costreñida a publicar sus instantes de alegría y perfección, emplear un lenguaje complaciente, trabajar continuamente en sí mismos y ocultar sus heridas. Adicionalmente, es difusa una rara vergüenza en torno a la tristeza. Las personas manifiestan su pesar por ella de la misma manera en que se excusan por la impuntualidad o por algún mal hábito. “Perdón”, afirman, bajando ligeramente el ceño, “he estado triste en los últimos días”. Estas declaraciones aparecen además envueltas en un cierto tipo de autoconciencia, como si la tristeza fuese socialmente inmoral.

En concomitancia con estas quejas, también han ido surgiendo los especialistas de la felicidad. Estos profetas de la dicha invitan a que todos los días tienen que ser luminosos, difunden el evangelio del crecimiento personal y obligan a mirar el lado positivo de la vida. Sin embargo, estos profesionales no solo se dedican a promover la felicidad, sino que también la exigen. Esta demanda aparece en todas partes y, a menudo, bajo un lenguaje y expresiones morales. Por ejemplo, las empresas promueven talleres sobre resiliencia e inteligencia emocional para mejorar el clima laboral y aumentar el rendimiento de los trabajadores en condiciones laborales cada vez más precarias. Las instituciones educativas fomentan la regulación emocional antes de que las niñas y los niños hayan aprendido siquiera a abordar su llanto. Lo mismo pasa en la familia y las relaciones afectivas, en donde los vínculos se construyen cada vez más alrededor de la funcionalidad emocional. Hay que mantenerse positivos, comunicativos, psicológicamente disponibles y emocionalmente estables.

La cultura contemporánea parece aceptar más el sufrimiento en sí mismo que el carácter público de la tristeza. Sufrimos todos los días, a nivel individual y colectivo, a causa de las guerras, la inestabilidad económica y el agotamiento emocional. La sociedad espera que suframos de modo eficiente y en privado y que cada uno pueda autoregularse, es decir, que transforme su tristeza en resiliencia, crecimiento personal, esfuerzo continuado o en una narrativa de éxito.

Así las cosas, las personas comienzan a sentir la tristeza como una experiencia de fracaso personal. En este sentido, la mutación es cultural más que psicológica. Durante siglos, la tristeza humana ha ocupado un espacio importante dentro de la vida social. Muchas tradiciones filosóficas, religiosas y literarias han visto el sufrimiento como un aspecto inevitable de la existencia y, a veces, como una fuente de sabiduría. El libro de Job en la Biblia es una muestra de este abordaje. Esta obra rechaza las explicaciones simplificantes del sufrimiento. La tragedia griega también asumía que el dolor estaba incrustado en la estructura misma de la vida humana.

En la edad moderna es cuando se empieza a ver la tristeza como un quiebre. El capitalismo y luego el neoliberalismo empezaron a privilegiar la eficiencia, la disciplina y la contención emocional. La psicología fue el instrumento adecuado para expandir el lenguaje terapéutico a cada rincón de la vida cotidiana. La industria farmacéutica se encargó de transformar el sufrimiento emocional en un mercado y hoy las redes sociales han servido como plataformas en las que la visibilidad emocional es puntiagudamente curada. Casi como una poderosa herejía (Thomas Szasz), la felicidad se revela como una responsabilidad individual. Si no somos felices, la culpa es de nuestra actitud, disciplina emocional o nuestros comportamientos y decisiones.

Esta dinámica coincide totalmente con dispositivos neoliberales de subjetividad. Los individuos tienen que funcionar como empresarios o emprendedores de sí mismos: constantemente adaptables, emocionalmente maleables y capaces de cambiar los riesgos en oportunidades. En este contexto, la tristeza se vuelve política y económicamente inconveniente. Los tristes tienen dificultades para responder eficazmente a los ritmos exigidos por las culturas de productividad permanente. El sufrimiento pausa la aceleración, el duelo entorpece el rendimiento, el agotamiento aminora la competitividad. De este modo, ciertas emociones se legitiman socialmente, mientras otras aparecen como disruptivas, incómodas o moralmente sospechosas.

Eva Illouz ha explicado acertadamente que la cultura emocional moderna organiza cada vez más a los individuos alrededor de ideales terapéuticos de autogestión y autoconocimiento. En esta dirección, la tristeza no tiene un significado más allá de la disfunción. Sin embargo, la tristeza no es patología. En muchas ocasiones, es una forma lúcida de vida. Desesperarse ante la guerra, el declive ecológico o la pobreza extrema pueden constituir una sensibilidad moral. Algunas situaciones sociales exigen respuestas emocionales imposibles de reducir meramente al optimismo. La negación de la tristeza puede constituirse, entonces, en un rechazo de la realidad misma. Cuando los grupos sociales subrayan la positividad bajo cualquier circunstancia, corren el peligro de transformar la regulación emocional en un dispositivo de invisibilización.

La tristeza desacelera el tiempo, y quizás este sea uno de los motivos por los cuales la cultura contemporánea la pone en entredicho. La tristeza retrasa la productividad, bloquea el rendimiento y difunde el silencio allí donde la vida moderna exige ruido y visibilidad, estimulación permanente y aceleración constante. En ese sentido, esta emoción posee una reflexividad crítica sutil pero relevante: perturba la fantasía de que los seres humanos pueden funcionar indefinidamente sin vulnerabilidad, pérdida o cansancio.

La defensa de la tristeza no implica la romantización de la desesperación, la negación de la esperanza o un ataque a la alegría.  Lo que intento amparar es la complejidad de la existencia emocional de cara a sistemas culturales que reducen los seres humanos a la positividad permanente. La tristeza no se opone a la vida, al contrario, estar triste es una prueba de que seguimos vivos, de que todavía somos capaces de apego, memoria, dolor, cuidado y respuesta moral ante el sufrimiento del mundo.

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