¿Cómo hemos elegido realmente en Colombia? El papel de las redes sociales y de la inteligencia artificial en las democracias

Por Andrés F. Hurtado Blandón

Desde el momento en que las IA comenzaron a mostrar una gran capacidad para la edición y producción de imágenes y videos cortos en formatos realistas y a partir de simples prompts o instrucciones, muchos temimos que una gran época de confusión y manipulación estaba por llegar. Y, en efecto, en poco tiempo el mundo comenzó a mostrar señales de alarma: personalidades públicas, empresas, instituciones, partidos políticos y gobiernos poderosos de todo el mundo obligados a pronunciarse ante la opinión pública para desmentir contenidos en su contra o para responder directamente por la creación y difusión de contenidos engañosos en contra de sus reconocidos opositores. En todo caso, ya el terreno estaba preparado para ello, pues, con la proliferación y masificación de las redes sociales y la digitalización de muchos sectores y dinámicas de la sociedad, los desarrollos progresivos de la IA fueron celebrados y acogidos muy rápidamente.

Hoy no solo vemos a grandes y reconocidos medios de comunicación, organizaciones, universidades, sectores de diversa naturaleza (social, laboral, empresarial, legal, cultural, etc.) y personalidades mediáticas teniendo una presencia activa en el mundo digital, sino también a gobiernos de todo el mundo (presidentes, ministros(as), senadores(as)) haciendo un uso permanente de redes sociales y plataformas de difusión de contenidos para comunicar decisiones, informar acciones, realizar denuncias públicas, marcar tendencias o tomar postura frente a asuntos tanto internos como externos. Es claro que esto ha devenido así, ya que la sociedad en general (por lo menos en las grandes y densas ciudades) hace años que viene realizando dicho tránsito hacia el ciberespacio.

Las grandes empresas tecnológicas han logrado hechizar al mundo con sus teléfonos inteligentes y sus adictivas redes sociales y plataformas, al punto de que una persona no solo pasa en promedio de 6 a 8 horas mirando una pantalla, sino que depende de su teléfono para muchas acciones de su vida diaria (trabajo, comunicación, información, entretenimiento, transacciones bancarias, trámites ante instituciones privadas o públicas, etc.). Por estas razones, no resulta extraño que, en las últimas campañas políticas a nivel mundial, las redes sociales y los contenidos generados con IA hayan sido muy determinantes en los resultados.

En el caso de Colombia, por ejemplo, durante la primera vuelta presidencial, se realizaron inversiones multimillonarias en el mundo digital. Así lo detalla Transparencia por Colombia (tercer informe, junio 9 de 2026, p. 6):

Según el informe, las campañas registran “inversión de recursos en redes sociales e influenciadores” tanto en el rubro de Propaganda electoral como en el de Gastos de administración. Solo con ver los montos totales de cada rubro, es claro que se trató de una destinación de miles de millones de pesos, porque también es claro que los costos por los servicios prestados por parte de dichas personalidades mediáticas también son altísimos; así que, en definitiva, la capacidad de llegar al público digital (entiéndase, al teléfono móvil de cada persona: su ventana al mundo) sigue dependiendo de los recursos con los que se cuente.

A partir de todo lo anterior, muchos aspectos merecerían un análisis. Por lo pronto, podré referirme a dos de ellos que encuentro problemáticos desde el punto de vista del necesario debate democrático.

En primer lugar, el problema no radica en que las campañas se sirvan de personas con capacidad de llegar a grandes audiencias para difundir sus propuestas (esto siempre se ha hecho), sino más bien en el hecho de que muchas de esas personas destinatarias (las llamadas seguidoras), inmersas en el ruidoso mundo digital, terminaban muchas veces por aceptar y reproducir acríticamente las opiniones y contenidos de dichos influencers: ¡La información sale tan rápido como llega a sus dispositivos!). Estas personas terminan por convencer a muchas otras sobre cuáles son los verdaderos problemas del país y cuál es, en consecuencia, la mejor opción para afrontarlos. Y si han recibido grandes sumas de dinero para ello, recurrirán a cuántas formas tengan a la mano para satisfacer a su cliente. En estos casos, la IA les ha representado directamente (creando) o indirectamente (usando lo que circula) un gran beneficio para su trabajo (se habla simplemente de trabajo, porque es difícil saber si ellos mismos están convencidos de lo que dicen).

En dicho mundo digital, donde lo que importa son las tendencias, los algoritmos ciertamente no juegan a favor de los medios alternativos de comunicación y de las voces de periodistas de investigación, de analistas políticos, de académicos(as), líderes sociales y demás personas forjadas en el fragor de la lucha social. Ellos(as) también están allí, también crean contenidos de opinión y pretenden convencer, pero resultan invisibles al ojo de la masa; saben que la única forma de aparecer es convirtiéndose en tendencia, pero carecen de los recursos económicos para ello o de las maneras pomposas y ruidosas que tanto gustan al público.

Otro problema conexo a lo anterior es el hecho de que, al final, no se realizó ningún debate con todos los participantes en la contienda electoral ¿No nos merecíamos como sociedad saber qué tanto conocían los candidatos el país y qué tan claras eran sus propuestas de gobierno? ¿No tenían todas y todos el derecho de ser escuchados por el país? Si algunos de ellos no estaban cómodos con ciertos medios o escenarios tradicionales, ¿por qué no dieron la oportunidad a medios alternativos, universidades y centros de pensamiento? ¿Consideraron sus campañas que la sociedad no estaba a la altura intelectual de un debate? ¿O simplemente asumieron que nadie tiene hoy la disposición o el tiempo para sentarse a ver uno? ¿Pero no fueron igual de largas las múltiples entrevistas concedidas a periodistas, influencers y comediantes? No coincido con quienes afirman que ese formato ya es anticuado o anacrónico. ¿Qué sigue entonces? ¿Qué sea una inteligencia artificial pagada la que responda públicamente y de forma argumentada por las propuestas de un candidato o candidata?

Ciertamente, la sociedad en general tiene también parte de responsabilidad en este asunto, pues, en lugar de exigir masivamente la realización de por lo menos un debate riguroso y transparente (probablemente las campañas habrían cedido a la presión), decidió conformarse más bien con flyers vistosos y videos cortos (de 30 segundos o de 3 minutos cuando mucho), difundidos masivamente, con los cuales se pretendía aclarar el panorama del país en sus diversos sectores (educación, salud, medio ambiente, empleo, seguridad, agroindustria, etc) y convencer a los demás de cuál era la mejor opción para el país.

Cabe también preguntar a manera de reflexión: ¿Qué hizo también la sociedad frente a los múltiples contenidos que llegaron a sus teléfonos? ¿Los revisó primero cuidadosamente o los difundió de inmediato? ¿Se disculpó con sus contactos cuando se enteró de que lo que había reproducido resultó comprobadamente falso? ¿Se informó realmente de las propuestas de sus candidatos y de las personas y sectores empresariales que los apoyan? ¿Investigó la trayectoria política y judicial de quienes pretendía elegir como sus gobernantes? ¿Se sintió respetada en su inteligencia y moralidad cuando en lugar de argumentos y razones se le ofreció sonrisas, arrebatos y espectáculo?

El próximo año se vienen las elecciones municipales y departamentales. ¿Haremos mejor la tarea? Los beneficiados o perjudicados ciertamente seremos nosotros; pero no solo nosotros: allí también estarán los animales, las plantas, los ríos, y las nuevas y próximas generaciones, los cuales también resultan afectados por nuestras decisiones.

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