Por Renán Vega Cantor

MOHAMMED HAMOUD/GETTY IMAGES
El cine de Hollywood tiene la misión de convertir las derrotas del imperialismo estadounidense en inobjetables triunfos. Al respecto, el hecho más conocido es la Guerra de Vietnam, cuando el ejército más poderoso y mejor armado del mundo fue derrotado por una tropa de campesinos, que con dignidad y determinación defendieron su suelo de la agresión occidental y al cabo de Diez Mil Días (como se le denomina a esa guerra) salieron victoriosos. Pero Hollywood falsea la historia de tal modo que en las películas Estados Unidos es el triunfador, siendo su representación más burda la que encarna Rambo.
En estos momentos sucede algo similar, con la diferencia de que antes que en Hollywood se filmen las pretendidas victorias de la Guerra de los Cuarenta Días contra Irán, es el propio Donald Trump que repite como un papagayo que Estados Unidos logró sus propósitos y le infringió una paliza a Irán, de la que no podrá recuperarse en mucho tiempo. Como parte de su autoproclamado triunfo se dice que el Ejército de los Estados Unidos es el más poderoso del planeta y el único que tiene capacidad de destruir a sus adversarios cuando se le venga en gana. Y Trump agrega que él mismo es la persona más poderosa de la historia y eso lo ha demostrado arrodillando a Irán e imponiéndole sus condiciones.
Esta es la ficción, o como se dice hoy, el “relato”, pero los hechos dicen otra cosa: Estados Unidos ha perdido otra guerra, una más desde la de Vietnam (que terminó en 1975), pero con la diferencia que esa derrota no se produjo en un lapso de años o incluso de décadas, ha sido una cuestión de semanas. Y ha sido, además, una derrota múltiple, de índole militar, diplomática, económica, comercial, política e incluso cultural.
Cuando el 28 de febrero fue atacado en forma traicionera Irán por parte de Estados Unidos e Israel, los ideólogos del imperialismo avizoraban un triunfo rápido y contundente, ya que, se aseguraba, en 72 horas el Estado iraní se derrumbaría y se replicaría lo acontecido el 3 de enero de este año cuando se doblegó a Venezuela en cuestión de horas. Las cosas en el mundo real han sido bien distintas, porque Irán, que se estaba preparando desde hace varias décadas para este ataque, respondió en forma inmediata y efectiva. Atacó y destruyó bases militares, radares, aeropuertos y aviones mediante una tecnología sencilla y barata. Cerró el Estrecho de Ormuz y así paralizó el 20 por ciento del mercado mundial de hidrocarburos y el de otros productos derivados, como fertilizantes agrícolas.
Irán cerró el Estrecho y Estados Unidos, a pesar de sus amenazas y bravuconadas, no lo pudo abrir por la fuerza. Irán ha establecido el cobro de peajes por atravesar el estrecho, lo que comprueba que Estados Unidos posee portaaviones, pero ya no puede imponer sus condiciones a todos los demás, como lo hizo hasta hace poco tiempo. Este es un precedente significativo de soberanía y de uso de una ventaja geográfica en beneficio del país que la posee y no del capitalismo mundial, que desde hace cinco siglos procede como si todo el espacio físico del planeta fuera de su propiedad.
En el curso de la primera fase de la guerra ‒que se va a desencadenar nuevamente en cualquier momento‒ Irán destruyó más aviones de combate y de abastecimiento que todos los que fueron derribados en la Guerra de Vietnam. Pese a masivos ataques de Israel y Estados Unidos, Irán mantiene intacta su capacidad de producir y operar misiles de corto y mediano alcance, que hacen temblar al engendro sionista y a los vasallos árabes del imperialismo.
Para completar, el intento de Estados Unidos para apoderarse del uranio enriquecido de Irán y presentarlo como parte de su pretendida gran victoria fue un tremendo fiasco que falsimedia occidental presentó como un rescate hollywoodesco de un piloto, luego de que el avión que tripulaba fuera derribado.
Estados Unidos no ha conseguido ninguno de los objetivos propuestos, entre los cuales sobresalía el cambio de régimen, la destrucción de las instalaciones nucleares, la eliminación de las bases de misiles y el control absoluto del Estrecho de Ormuz. Aparte de todo, su pretendida fortaleza militar, que se presentaba como indestructible, ha quedado hecho añicos en menos de dos meses.
Irán se ha dado el lujo de burlarse de los Estados Unidos mediante la elaboración y difusión de representaciones con legos e Inteligencia Artificial, que están llegando a la opinión pública del mundo occidental.
Así las cosas, lo que estamos viviendo en estos días es una derrota estratégica de los Estados Unidos, cuya indiscutible hegemonía, establecida tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (en 1945) ha perdido un soporte esencial, cual es el de la sumisión y la obediencia de los súbditos a todos los cuales se dominaba mediante las amenazas y el chantaje militar, lo que en gran medida era suficiente para conseguir sus propósitos. Aquellos que no obedecieran los dictámenes de Washington eran destruidos con brutalidad y esto se convertía en un efecto de demostración para evitar que en el futuro alguien se atreviera a desafiar a Estados Unidos.
Irán rompió con ese mito de invencibilidad, y lo hizo porque se preparó, ha luchado con determinación, ha defendido su soberanía e independencia y no se ha doblegado a las primeras de cambio, cuando fueron asesinados sus principales dirigentes y masacradas 180 niñas de una escuela. Esa es una enseñanza de dignidad y autodeterminación que cobra más sentido en nuestro país y continente, ante la postración y sumisión de las clases dominantes de la región a los intereses de los Estados Unidos, que nuevamente ha convertido a Nuestra América en un protectorado semicolonial.
Pero esta no es una fatalidad ni un destino, es una elección de las clases dominantes del continente, y puede enfrentarse con éxito como lo está demostrando Irán. Solo se necesita coraje, determinación y una preparación adecuada, empezando en el terreno militar, porque en el Golfo Pérsico Estados Unidos ha demostrado que es un tigre de papel. Irán nos está mostrando un camino, el de la lucha, mientras que otros, como en Venezuela, han optado por la sumisión absoluta. Bien podemos resumir estas dos opciones con la célebre frase del revolucionario mexicano Emiliano Zapata: “El que quiera ser águila que vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre pero que no grite cuando lo pisen”.
