Por Andrés Esteban Acosta

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Qué hacer con la tristeza, con esta decepción porque nada cambia, la sensación de que en el fondo las cosas se reacomodan en contra, siempre a favor de lo mismo, de los mismos, siempre el nuevo vencimiento del vencido, que así, incluso, no desarma su valor, lo calla, que es diferente, lo guarda para sí, se lo traga para llevarlo consigo a quién sabe qué otro lugar. Qué hacer con esta tristeza desnuda, que se nota en el cansancio de empezar un nuevo lunes en nombre del dinero, en la forma de dar la mano al conocido, de caminar por las frutas a la esquina, de mirar el cielo antes de cruzar una calle, en el malestar de verse en el medio del ruido colectivo, que no se puede disimular con partidos de fútbol.
Hay quienes resisten, admirablemente, y se plantan contra el golpe, y encuentran en el silencio ese primer gesto de rebeldía, y escuchan una canción en la habitación, con la mirada en la pared, ahondando en esa tristeza, haciendo propias las palabras de otro, que cuando son palabras humanas –palabras que creen– son colectivas y se dicen millones de veces para ser novedosas en cada boca. Como quien canta, por ejemplo, “nace una flor, todos los días sale el sol / de vez en cuando escuchas aquella voz / como de pan, gustosa de cantar / en los aleros de la mente con las chicharras” (Inconsciente colectivo, Charly García). Canciones que menguan el peso de las palabras de odio, que son aquellas que castigan cuando dejan de ser un error casual y se convierten en caballitos de batalla o en verdades ambulantes que van por ahí machacando la esperanza.
O como el poema que, dicen, entre malintencionados, no sirve para nada, como si tuviera que servir para el bolsillo o la billetera, como si el poema se midiera en cada quincena, o en la fachada de la ropa. No, el poema vale, entre tantas cosas, para resistir, para que las palabras se vuelvas comunes, tuyas y mías, y no del derecho absoluto del poseedor, ya que todo lo medimos por propiedades o pertenencias; pero el poema no, es para la humanidad, cabe en toda soledad y en toda conversación, es el nombre donado al mundo. Por qué, entonces, para mediar la tristeza, no recordar algunas líneas, buscarlas en los libros que apreciamos o en la memoria, y dar con lo elemental, con aquello que escasea en la insolencia de este vivir egoísta. Decir lo que se defiende, como en el poema: “Desde la humilde esquina de mi casa / mi mano grande dice adiós / y se mueve en el aire para todos. / Decid conmigo, amigos: / hombre, caballo, alambre, arroz” (Las contadas palabras, Óscar Hernández ). Solo al repetirlo retorna su sentido, así son las verdades, retornan, no se fijan para podrirse en uno, sino que salen cada tanto a la luz para recordarnos que se vive por la magnitud que las constituye.
Decir, también, impregnándose del momento, en una reluciente conciencia de estar vivo, un poema que nos devuelve al tamaño de lo que somos: “Todo es muy simple mucho / más simple y sin embargo / aun así hay momentos / en que es demasiado para mí / en que no entiendo / y no sé si reírme a carcajadas / o si llorar de miedo / o estarme aquí sin llanto / sin risas / en silencio / asumiendo mi vida / mi tránsito / mi tiempo” (Todo es muy simple, Idea Vilariño).
O encontrar en el libro de un cronista, de quien escribe conociendo la cercanía de la muerte, la contundencia para exigir nuevos futuros, a razón de sospechar la precariedad de vivir sin utopías, con todo alrededor para concebirlas: “Y un secreto, pese a todo: tratar de imaginar un futuro deseable no es solo un modo de desear un futuro. Es, en gran medida, una manera de vivir el presente. Una forma de estar en el mundo: deseando algo cuya realización uno quizá no vea, pero el hecho de desearlo y de intentarlo ya es una realización, una forma de futuro en el presente” (Antes que nada, Martín Caparrós).
Cada gesto, en apariencia pequeño, le grita un no rotundo al mundo de los vencedores, a la división altanera entre quienes deben gozar el mundo y quienes deben sufrirlo por ley natural. Cada uno de estos gestos no apaga el desastre, no detiene la guerra, no acaba el hambre; pero sí saca la tristeza, la contiene para caminarla, leerla o cantarla, para llevarla sin vergüenza, porque no nace de la miseria, sino de la dignidad.
El gesto de no quedarse definitivamente solo, ir por esos a quienes también la vida les duele y sueñan con algo tan elemental como la solidaridad en vez del individualismo triunfante, esos con quienes se puede hablar de utopía y compartir un café o una cerveza, apostarle una tarde a la productividad del tiempo y ganársela; esos con quienes la tristeza se comparte en un lamento, en la queja solidaria de no se nos da, qué difícil es, que mundo de mierda; esos con quienesel silencio o el abrazo o el beso son formas de la resistencia; esos que siempre vale la pena tener en cercanía, verlos a diario o cada tantos años, o cruzarlos en el camino, o conocerlos alguna vez en la vida para nunca renunciar al afecto, que es lo que queda para no desfallecer de tristeza: “Cuanto más viejo me hago, comprendo que solo es posible vivir con los seres que nos hacen libres, que nos quieren con un cariño tan llevadero como imperioso» (Carta a René Char, Albert Camus).
