Por Luz Ayda Franco Viana

Mural: Cristóbal Isaza
Nietzsche sostiene que el intelecto es un medio para la conservación de los individuos, pues les permite adaptarse al mundo a través de verdades que consideran legisladoras. Una de las cualidades del intelecto es la capacidad de nombrar los objetos de dicho mundo con base en el lenguaje. Sin embargo, se corre el riesgo de que las designaciones no concuerden con las cosas. El lenguaje se instala como herramienta de supervivencia, pero también puede posicionarse como instrumento de agresión o tergiversación.
Ese tipo de realidades son experimentadas, por ejemplo, por los estudiantes de la Universidad de Antioquia, quienes son permanentemente señalados y estigmatizados como bandidos y guerrilleros, y su Alma Máter, como cuna de terroristas. El mes pasado, mientras hacían presencia encapuchados a las afueras del claustro, un estudiante del Instituto de Filosofía fue conducido arbitrariamente a un centro de detención. El argumento de la fuerza pública: estaba obstaculizando el procedimiento de control de los desmanes porque registraba los hechos con su celular. Lo asumido por los curiosos: se llevaban a un revoltoso.
Mientras todo esto ocurría, ese estudiante cargaba con el peso jurídico y social de ser un supuesto terrorista, con el miedo de ser agredido en la celda y con la angustia de convertirse en otro más de los miles de desaparecidos de este país. Su familia devastada se preguntaba por qué estaba sucediendo esto, mientras procuraba la liberación de un hijo privado de la libertad, del cual se estaba poniendo además en duda su moralidad. Y es que lo primero que hicieron ciertos medios de comunicación amarillistas fue publicar la imagen del estudiante con titulares que lo nombraban abiertamente como terrorista de la Universidad de Antioquia. Y en los comentarios de dichas publicaciones lo que alcanzaba a leerse mayormente eran frases de odio, que llegaban incluso a expresar “ahóguenlo”, trayendo a colación un reciente caso de intolerancia entre jóvenes ocurrido en el municipio de Guatapé.
Aún reflejamos como individuos y como sociedad violencias basadas en la arbitrariedad, y frecuentemente, pese a que no apuntamos hacia el otro un arma, tratamos de herirlo con palabras. Lo delicado es que tales palabras tienen poder, y las referencias del mundo que pueden servirnos para comprendernos y sobrevivir también pueden hacerlo para confundirnos y destruir. Una mentira pronunciada mil veces termina por convertirse en verdad, y parece que, en la mentalidad de numerosos habitantes de la ciudad de Medellín, y de gran parte del país, se ha posicionado la idea de que los estudiantes de las universidades públicas, y ellas mismas, se relacionan con algo negativo que debe ser controlado, o dado el caso, erradicado. En esta concepción han influido bastante los medios de comunicación más reconocidos, pues constantemente están emitiendo frases que conectan a lo estudiantil y juvenil con lo revoltoso y peligroso. Paralelamente proyectan la imagen de un poder estatal organizador, al cual no se le cuestionan en ningún momento los métodos que utiliza para mantenerse en pie.
Pero los medios de comunicación no son elementos autónomos, tras ellos hay personas de carne y hueso moviendo los hilos de “la verdad”. Por ejemplo, personajes como el gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón Cardona, y el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez Zuluaga, nutren sin cesar la situación de señalamiento y estigmatización que viven los estudiantes. El día de los incidentes mencionados alrededor del claustro, el gobernador no dudó en pedirle públicamente a la Policía Nacional que interviniera para “neutralizar a las células terroristas que están afectando a la comunidad académica en la Universidad de Antioquia”. Este tipo de alocuciones no solo incentivan al cuerpo policial a actuar con efectividad sin preocuparse por las vías de hecho, sino que, además, refuerzan en la sociedad la idea de que los estudiantes son sinónimo de terrorismo, por tanto, de riesgo, y que las fuerzas policiales son sinónimo de orden, y por tanto de seguridad.
Y mientras de un lado interviene el poder estatal, el poder paraestatal no da tregua. Justamente alrededor de esas fechas llegaban correos a miembros de algunas universidades públicas del país con el asunto: Se les acabó la dicha a los comunistas. En ellos se afirmaba que todo aquel que pensara desde el marxismo en tales “centros de formación ideológica” iba a ser erradicado y no podría robarse las elecciones, pues “el terrorismo no iba con el tigre”. Correos cuya firma era: Firmes por la patria. Vaya casualidades. Nada está suelto, nada ocurre porque sí, todo se desenvuelve con premeditación; lo pudimos evidenciar también con el desarrollo de las elecciones presidenciales.
Y nos vamos yendo así, entre las supuestas verdades que consideramos legisladoras y las mentiras arregladas que pretenden justificar el silenciamiento de quienes no están del lado de los poderosos. De paso se nos olvida esa consigna con la que tanto nos hemos llenado la boca de que “los jóvenes son el futuro de nuestro país”. Se nos olvida que para que esos jóvenes tengan futuro primero que todo deben estar vivos, y, segundo, que urgen del acceso digno a una educación gratuita y de calidad. Igualmente, se nos olvida que mientras gobernantes de turno muestran a la Universidad de Antioquia como cuna del terrorismo, es desde esa cuna que se han desarrollado avances a nivel mundial en materia de salud, ciencias naturales y sostenibilidad energética, entre otros asuntos. Y es desde esa cuna que todavía puede incentivarse el ejercicio del pensamiento crítico en un mundo tan plagado de tecnología y soluciones artificiales.
Los estudiantes universitarios requieren del derecho a su buen nombre, del respeto a su vida y su dignidad. Requieren de una verdadera valoración de sus apuestas críticas y reivindicativas frente a tantos derechos vulnerados. No se trata de considerarlos salvadores del mundo, se trata de darles su lugar como parte de una familia llamada sociedad, una familia con errores, pero también con grandes aciertos encarnados en ellos.
