Un país de izquierdas moderadas y derechas radicalizadas

Por Aníbal Pineda Canabal

La falsa equivalencia ha sido uno de los sesgos mediáticos más usados estos últimos tiempos y muy especialmente durante el proceso electoral que acaba de terminar. Puede resumirse como sigue: los candidatos que pasaron a segunda vuelta representaban dos extremos iguales en su peligrosidad. Abelardo de la Espriella era entonces el candidato de la extrema derecha, tanto como Iván Cepeda era el candidato de la extrema izquierda. Ahora bien, tal equivalencia no se sostiene, por más que resulte una forma de interpretación periodística corriente. Además, hay que decirlo con claridad: en Colombia no existe un verdadero proyecto de extrema izquierda.

Como en la mayor parte del mundo, la ultraizquierda consta entre nosotros de grupos residuales y desarticulados, tan minúsculos que no tienen opción (y acaso tampoco vocación) alguna de lograr el control de la sociedad entera. Por extrema izquierda entiendo aquí esencialmente tres cosas: (1) el rechazo de la política en sentido electoral expresado como desprecio profundo por la democracia representativa burguesa, (2) un anticapitalismo militante y confrontacional que propende por la implementación expedita de una serie de medidas radicales para avanzar hacia un modo de producción distinto y (3) la creencia en una revolución social total por medio de la cual se inaugurará, en poco tiempo, un nuevo pacto social. La ultraizquierda no cree en elecciones, ni cree que votar sea un mecanismo capaz de producir los cambios necesarios y solo le apuesta a pequeñas comunidades o redes de afecto y militancia dedicadas a la reforma moral, la formación intelectual y la organización de la resistencia a través de la agitación y la propaganda.

Los anteriores rasgos no constituyen hoy ni el programa de un movimiento de masas, ni la bandera de partido político alguno en Colombia. Son vulgares teorías de la conspiración, más comunes de lo que uno cree, que ven por todos lados planes malévolos del socialismo internacional para apoderarse del mundo, la niñez, las familias o los medios de comunicación y que pretenden convencernos de una alianza entre la militancia colombiana de izquierdas y las guerrillas.

No hay en las izquierdas nacionales un fenómeno de radicalización comparable al que están sufriendo las derechas. Las izquierdas en Colombia combinan, en realidad, elementos tanto de la socialdemocracia tradicional como de los nuevos movimientos de izquierda alternativa que, en el Norte global, han surgido para distinguirse de las viejas agrupaciones de los partidos socialistas históricos, inexistentes entre nosotros. A pesar de su nombre rimbombante, en Colombia, incluso el Partido Comunista Colombiano, catalizador por excelencia de todos los miedos de la reacción, es un partido socialdemócrata y no revolucionario.

Esto significa que, en la actualidad, no existe en Colombia una sola facción de las izquierdas democráticas que promueva una transformación revolucionaria del sistema económico, ni que tenga a la revolución social como otra cosa más que como una hipótesis meramente posible. Ninguna plantea el horizonte de una revolución social como plan de acción para el futuro inmediato, aunque seguramente acompañarían cualquier proceso de levantamiento popular espontáneo.

Pareciera entonces que nuestra escala política estuviera descalibrada y terminara así deslegitimando los movimientos de izquierdas cuyo cacareado radicalismo no es más que aparente. A decir verdad, la agenda del Pacto Histórico se identifica con la agenda típica de movimientos políticos de izquierda que han gobernado con éxito en otros países y no con modelos autoritarios ni dictatoriales. La manía de las equivalencias sirve para hacer más potable el proyecto de la ultraderecha y evitar que se desencadene contra ella una resistencia activa que la haga ver como límite sanitario y moral de la política, esto es, lo que por antonomasia debe evitarse, puesto que recuerda las terribles catástrofes de la humanidad durante el siglo XX.

La socialdemocracia, que entre nosotros encarna el Pacto Histórico y todo el frente amplio que apoyó la candidatura de Iván Cepeda, es el movimiento surgido a finales del siglo XIX a partir de diversos partidos obreros, especialmente en Alemania. La socialdemocracia saltó a la escena política cuando cesó en Europa la persecución y la censura contra las organizaciones de trabajadores que, tras ser legalizadas, empezaron a disputar el poder político en las elecciones. Defendían, en general, la elevación progresiva del nivel de vida de los obreros y otras reivindicaciones progresistas como el sufragio universal. Se organizaban en torno a organizaciones sindicales, cooperativas, asociaciones, círculos de estudio y formación, etc. Utilizaron las huelgas y las grandes movilizaciones como mecanismo de presión y, a través de estas y del trabajo parlamentario, lograron reformas sociales importantes que se han ido universalizando: la jornada de ocho horas, las vacaciones pagas, la licencia de maternidad, la abolición del trabajo infantil, la pensión de vejez e invalidez, la educación gratuita, el derecho a sindicalizarse, el subsidio de desempleo, entre otras.

En toda Europa, los socialistas participan del Gobierno, en coaliciones o como mayoría, ya desde 1920. Sin embargo, pronto fueron observables dos tendencias dentro del movimiento socialdemócrata: una reformista, moderada y liberal en sus formas y otra alternativa que buscaba combinar movilización social y un trabajo político que acelerara las transformaciones. En América Latina, las condiciones geopolíticas propias de la Guerra Fría impidieron la alternancia entre izquierdas y derechas e hicieron que las primeras llegaran relativamente tarde a la toma del poder. Las izquierdas contemporáneas entre nosotros han producido entonces movimientos que combinan elementos reformistas y alternativos.

Las derechas, por su parte, han ido sufriendo un proceso de radicalización en los últimos años en todo el mundo. En Colombia ese proceso de radicalización coincide con el cambio de milenio y representa el fin del bipartidismo tradicional liberal-conservador, aunque no necesariamente de su ideario. Las derechas han sufrido entre nosotros un proceso de uribización total en las últimas dos décadas. Esto significa la asunción práctica de, por lo menos, dos postulados: primero, el contumaz rechazo a cualquier negociación con actores armados y la consecuente legitimación de la vía militar como única herramienta posible para alcanzar la paz. Segundo, la adopción del neoliberalismo como política económica y del conservatismo como política moral. El uribismo excede los límites del Centro Democrático y conoce por lo general dos versiones: una neoliberal tradicional y una neoliberal alternativa o libertaria.

La derecha uribista, como toda la ultraderecha mundial, se ha ido alineando poco a poco en torno a temas y principios comunes. El discurso antinmigración, por ejemplo, que constituye una de las principales banderas de las derechas radicales en el Norte global, y que aquí había estado ausente en el pasado, incluso en los momentos más difíciles de la crisis migratoria venezolana, ha desembarcado finalmente en nuestro territorio de la mano de Trump, Kast y Espriella.

Preocupaciones como el porte legal de armas, ajeno a la deliberación política hasta hace muy poco, se hallan hoy a la orden del día por influencia norteamericana. En resumidas cuentas, mientras las izquierdas en Colombia, confrontadas al deber de rechazar con contundencia la lucha armada, se han ido moderando los últimos años, las derechas, por el contrario, se han ido radicalizando hasta el punto de representar un peligro para las libertades individuales y democráticas. No son fascistas pero el fascismo sí subsiste en ellas.

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