
Portada: La Cascada (1912) – Franz Marc
Seguramente los 4 años del gobierno de De la Espriella serán muy duros y oscuros para el pueblo en general y, sobre todo, para el pueblo organizado. Y también será, por supuesto, un cuatrienio agitado políticamente, saturado de confrontaciones en la calle, que es el escenario natural en el que el pueblo disputa sus derechos. Así que la victoria de la derecha, esta vez encarnada en la figura turbia de De la Espriella no es, como quieren leerla algunos y algunas, una derrota definitiva del progresismo y de la izquierda en general. Habrá, desde luego, lecciones que aprender, pero sobre todo reconocer y fortalecer lo mucho que se ha ganado en términos de protagonismo de los sectores alternativos y revolucionarios en la vida política.
El equipo de gobierno del que se ha rodeado De la Espriella manda un mensaje claro a la nación en varios sentidos. Primero, deja claro que su victoria fue posible, entre otras cosas y fraude incluido, gracias a la alianza de los sectores más oscurantistas y retrógrados del país; segundo, que este equipo se ha conformado pagando groseramente los favores a dichos sectores y nombrando en altos cargos del gobierno a personajes cuya experiencia y formación en nada les capacita para ejercer la función encargada, y todo esto muestra a las claras un desprecio enorme por las masas, a quienes considera estúpidas y, por tanto, incapaces de reaccionar frente a tales despropósitos: la otra cara de este desprecio es la confianza profunda del gobierno en que, al final, siempre podrá recurrir, con el consentimiento de sus aliados enquistados en las instituciones de vigilancia y control del Estado, a las fuerzas represoras para extinguir los focos de inconformismo y protesta.
Pero nada de eso es nuevo para los pobres de este país y del mundo entero. Excepto la chabacanería con la que De la Espriella, siguiendo a figuras como Trump, Milei y Bukele, presenta públicamente como virtudes superiores sus más aborrecibles taras. Aunque no sea una situación para exaltar, vale la pena reconocer que los tiempos difíciles siempre han forjado individuos y organizaciones más sólidas que se consolidan en la lucha por un mínimo de bienestar material y de dignidad para los más vulnerables de la sociedad; mientras, cuando las condiciones parecen más favorables, por ejemplo, con un gobierno progresista que supuestamente promueve reformas para este bienestar y dignidad de los pueblos, las organizaciones sociales se tornan más cómodas y permisivas frente a los abusos del poder.
Eso parece haberse confirmado en Colombia durante el pasado cuatrienio donde Petro quiso, al estilo del gran caudillo, presentarse como el líder natural de las masas y su movilizador por excelencia, sin que las masas lograran, por su propia acción, un compromiso real con un proyecto que decía representarles, pero que no había nacido plenamente de ellas. Seguramente, durante el gobierno de De la Espriella emergerán nuevos protagonistas, nuevos estallidos sociales; la pregunta es si las organizaciones estarán en capacidad de canalizar estas fuerzas en un proyecto colectivo de nueva humanidad: es decir, si nos quedaremos en la protesta frente a las políticas del gobierno o trascenderemos en la construcción de un proyecto humano que se desarrollaría día a día en todos los escenarios. Por supuesto que este proyecto se juega también en las elecciones, pero solo a condición de que los sectores populares realmente lo encarnen y decidan pelearlo en dicho escenario, en vez de adoptar la actitud pasiva de votar por la propuesta que les parezca más cercana a sus intereses y concepciones del mundo.
La polarización que tanto cuestionan los medios de comunicación en el país, seguramente se agudizará en la medida en que el nuevo gobierno ha adoptado una actitud provocadora y no queda en el escenario ningún poder institucional dispuesto a ponerle freno a sus caprichos y tropelías; en la medida en que su propósito es revertir cualquier conquista del pueblo, por mínima que sea, en favor de los poderosos de este país. Abelardo ha dejado bien claro para quién gobierna, y por tal razón, también en contra de quién.
El problema en este sentido no es la polarización sino la falsa polarización. Polarización entendida simplemente como intransigencia e incapacidad de conversar. Y esto es peor cuando se enquista en los mismos pobres que defienden a muerte y sin argumentos el proyecto que efectivamente amenaza su subsistencia. La alienación encuentra allí su más clara expresión como la distancia que hay entre las ideas y las actitudes que defienden determinados grupos sociales y sus verdaderas condiciones materiales, económicas y espirituales. Disminuir esta distancia, es decir, esta alienación, es condición indispensable para que cualquier proyecto de humanidad mejor encuentre viabilidad, pues son los sujetos que lo encarnan quienes le dan plena viabilidad o lo privan de ella. No hay revolución posible sin la participación consciente de los sujetos a nombre de los cuales se hace dicha revolución. La transformación del mundo en favor de los y las pobres, excluidos y explotados demanda la transformación real de la consciencia de estos sujetos frente a sus propias condiciones de vida, las estructuras y dinámicas que producen su explotación, exclusión y opresión y la identificación de quiénes se benefician de estas lógicas.
En esta línea podemos decir que, si bien la lucha en las calles para defender nuestros derechos es absolutamente necesaria, igual que las luchas por el control de las instituciones y su reorientación, dichas luchas no pasarán de ser coyunturales si no logran tocar las conciencias de los individuos y a partir de allí debilitar el compromiso vital que estos individuos mantienen con el orden establecido, sus lógicas y sus dinámicas, fortaleciendo al mismo tiempo el compromiso con la construcción de una sociedad más justa y una humanidad más humana. Es decir, no solo en función de sus intereses inmediatos sino del interés colectivo más elevado, cuya realización no puede ser sino a largo plazo. En ese sentido, el proyecto ético de cualquier movimiento político, si de verdad pretende ser revolucionario, debería ir más allá de la elevación de los pobres a clase media, y enfocarse además y con el mismo ahínco, en la elevación de sus condiciones espirituales, la conformación de una conciencia crítica frente al mundo existente y una sensibilidad profunda frente al sufrimiento de los otros. Y esa elevación no se logra solo desde el gobierno y las instituciones estatales; antes bien, es dicho crecimiento moral y cultural de las masas, logrado a través del trabajo comunitario, del fortalecimiento de la familia extendida y las prácticas del amor y el cuidado en todas las dimensiones de la vida, como podemos hacer realidad el desarrollo de una nueva humanidad con el concurso de las instituciones orientadas por un nuevo horizonte moral que privilegie la vida digna frente la vida alienada por el consumo, el lujo y el prestigio individuales.
El triunfo de De la Espriella no entierra el proyecto de nueva humanidad encarnado por algunos sectores alternativos, tan solo representa un traspiés en un proceso de consolidación de una fuerza política que en ningún lado se ha dado de manera lineal y continua. Podría más bien fortalecerlo y dinamizarlo si, en vez de despreciar a los pobres y oprimidos que defienden un proyecto de humanidad en el que no tienen lugar, identificamos en ellos a los sujetos realmente necesitados, no tanto de pan como de luces, y avanzamos en el descubrimiento de las estrategias para involucrarles en la lucha y crear las condiciones pedagógicas, afectivas y comunicativas para que accedan a una consciencia crítica de su propia alienación.

Contraportada: Trice (1920) – Francis Picabia

Excelente!!
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