El barrio que se pierde

Por Andrés Esteban Acosta

Foto: Andrés Acosta

1.

Una casa tradicional de esquina está encerrada por latas de metal grafiteadas durante alguna madrugada de las últimas semanas. Entre la reja y la puerta hay un espacio donde se acumulan la basura y el polvo que se adhiere a la ventana de madera. En los restos de adobe que se ven, justo donde se cayó una parte del techo, crece la maleza, casi hasta bordear el anuncio que dice: “Próximamente apartamentos y locales comerciales”. El proceso es el mismo desde hace años: las casas tradicionales son reemplazadas por edificios que rompen con la idea conocida del barrio.

Al frente hay otra casa con una apariencia similar, abandonada con el letrero de “se vende”, para que algunos hagan cuentas sobre la ganancia del negocio y ansíen vivir en uno de los pisos de la nueva construcción. Supongo que el ruido excesivo de la cantina vecina desplazó a sus últimos habitantes. La casa abandonada contrasta con el estilo del barrio, que de barrio obrero ha pasado a barrio comercial, tomado por el ruido y el caos en las calles. Mientras las casas viejas son derribadas, las calles desaparecen como espacio transitable. Los negocios se toman los primeros pisos, sacan sus mesas y bafles que interrumpen el paso de los transeúntes, quienes abandonan las aceras y se diputan el espacio con los carros y las motos que, con una generalizada soberbia, nunca ceden el paso.

La mujer que saca a sus perros, el grupo de adolescentes que sale del colegio, los niños que bajan en sus bicicletas y el abuelo que vuelve de la tienda con el paquete de compras dejan de ser peatones, como si el desprecio se ocupara de los más indefensos y le rindiera reverencia al derroche y la velocidad. Este proceso se parece más al fin del barrio como espacio compartido, como potencial de vecindad y reunión, tanto que parece partido por una grieta que se alarga en todas las direcciones, como una mordaza y una inacción colectiva.

Ahora, al doblar la esquina que lleva al café, una fila de conductores desesperados por avanzar no deja de pitar, lo hacen por vicio, como respuesta incorporada ante una evidencia corta que saben no pueden cambiar. Una moto de alto cilindraje se monta a la acera y obliga a una pareja de jóvenes a esquivar el golpe. El conductor de la moto no se inquieta, no mira hacia atrás con preocupación por la consecuencia de sus actos, se marcha “victorioso” zigzagueando otros vehículos. Otra moto lo intenta, pero frena al ver que los jóvenes se separan obstaculizando el ancho de la acera. Los carros pitan en una locura extendida. El afán, seguramente, es llegar al centro comercial, donde se cruzan los destinos convencidos en la promesa de felicidad del dinero.

El barrio es caos en la apariencia de la opulencia.

2.

La cuadra es el punto de partida. Todos somos de una calle o de una cuadra: es la identidad que coordina el movimiento por el barrio. Todavía se pueden ver las líneas de pintura que demarcaban la cancha del torneo barrial de microfútbol. Se cerraba la vía los domingos en la tarde para que ningún carro interrumpiera los partidos, creando una atmosfera de aislamiento, de estar al margen del resto de barrios, o conteniendo al resto de barrios entre esquina y esquina. Ahora la calle es una vía principal que lleva a un semáforo, luego a otros, en una secuencia desde donde se hace una fila de carros que hacen imposible que algún niño imagine que alguna vez ese asfalto fue un campo deportivo.

En la memoria oculta de la tierra que sostiene los edificios están las historias fundadoras. En el edificio del frente, de escasos seis pisos, con cuatro apartamentos en cada uno, había una casa sin revocar, de donde sacaban a pastar diariamente vacas a la zona que ahora es del centro comercial. Incluso, recién construido, todavía se veía el desfile de bovinos por las calles hasta los potreros más alejados. En la casa de la esquina, donde ahora hay un edificio de cinco pisos con tres apartamentos por nivel, un viejo pasaba las tardes sentado en un butaco de madera tocando un violín. También están en las memorias mínimas, por ejemplo, en el árbol de guayaba que ya no está, donde matábamos el tiempo trepando hasta las ramas más altas para desde allí contemplar el barrio. O en la memoria del horizonte: ya las montañas que suben a San Félix no se perciben a simple vista, estamos encerrados por construcciones que agotan pronto la lejanía. Ahora hay que forzar lo que era natural a la mirada.

Sombras de árboles, líneas de juego en el asfalto, puntos amarillos en las noches en el filo de la montaña, ausencia de carros, memorias, todo se pierde en el trazo que supone que solo el comercio desbordado tiene un valor predominante, que todo lo demás es accesorio, que un barrio es menos una comunidad de solidaridades, que es la imposición de las normas del capital.

El barrio se hunde en la tierra, profundo.

3.

Duele ver las montañas que van hacia el oriente, hacia la frontera con Medellín. Un segmento de la imagen impacta más que el resto. Una de las canteras ha pelado totalmente la montaña. Solo queda una pequeña franja de vegetación, la cicatriz que sobrevive al destrozo. Es lo que prefiero no ver. En el barrio hay lugares que resisten, la solidaridad que no renuncia a los rostros conocidos, al esfuerzo compartido, a la reunión desprevenida en una tienda, café o panadería.

La masa que nos vuelve extraños se extiende rápidamente: cada esquina se convierte en un riesgo para el caminante, el silencio es un privilegio mayor, el aire se corrompe por el exceso de carros y motos.

Hace sol y las sombras las crean los edificios. El refugio se parece cada vez más al encierro, confinarse y atomizarse, negar el afuera. Sin embargo, adentro no es el barrio, no es el encuentro. Este precisa el caos, que es múltiple, que se compone de belleza y sometimiento. Hay que observar esa belleza, impregnarse de los personajes y de los recorridos, saber los ritmos para resistir el sometimiento de las miradas vigilantes y los códigos que se callan.

Brillo y calor. Los venteros de aguacate y zapote arrastran dos carretillas por una leve pendiente. Las señoras de las empanadas sacan el costal de leña para prender el fuego y fritar empanadas y pasteles. Un joven con un bafle canta música romántica en una pollería. Una pareja de viejos comparte una copa de helado. El mecánico recibe el último carro de la jornada para buscarle una fuga de aceite. En la tienda hombres y mujeres destapan costeñitas para ver el partido del Medellín. Este es el barrio, que se puede recorrer y observar, que invita a sentarse en una mesa de café a ver como la rutina se reinventa cada tarde.

Una imagen da serenidad: la sombra de un árbol y una casa que todavía no es edificio. Camino despacio y alcanzo la sombra, la fresca; se hace un silencio corto, veo un gato que cruza la calle, todo muy rápido, porque pronto baja una moto y se traga el “pare”. Luego, más carros y motos, y con los ojos cerrados prefiero esta sombra y el viento.

Deja una respuesta