Por Jhonny Estrada

Imagen: ‘Mayora’: el homenaje musical a Aida Quilcué que reivindica a las mayoras
“Es que si Cepeda se muere quedaría como presidenta Aida Quilcue y ¿qué va a hacer en el gobierno una indígena que no quiso estudiar?”. Así lo escuché por primera vez de un compañero de trabajo, quien tomaba esta cuestión como causa de peso para no votar por Cepeda. Luego me percaté que este era un argumento común en muchos colombianos “que tampoco es que hubieran estudiado de a mucho”. Sin embargo, intuía que mi coenajenado compa en el fondo comprendía vagamente la importancia de un proyecto humano como el que propone El Pacto Histórico, pero ni por asomo, comprendía la fórmula vicepresidencial representada por Aida Quilcué.
Si lo pensamos, lo primero es que, en términos de cambio, ella, en ese puesto, encarnaba una necesidad histórica, la redención de los saberes ancestrales y armoniosos con la tierra. Por ende, su elección como fórmula mejor que un desacierto, creo que era estratégica en la construcción de una identidad latinoamericana y una Colombia soberana, y esta última cualidad es imperativa en estos tiempos y los venideros, de invasiones legitimadas. Quilcué como vicepresidente representaba un paso vital para la transformación de esta sociedad hacia una cualitativamente mejor, ya que, una condición necesaria para construirla, es romper con la asimetría impuesta desde el sistema epistémico imperante y dominador, el logocéntrico y eurocentrista, traído a América con la colonización y que aún nos dicta quiénes saben y quiénes no. La conquista no solo consistió en saqueo y genocidio, también en un epistemicidio a través del cual se relegó el saber de los indígenas nativos a mero misticismo o brujería, legitimando así su deshumanizacion y el poder brutalmente ejercido del conquistador.
Recordemos pues que, con Descartes, la razón y el método se erigieron como única fuente de conocimiento seguro, y así para los europeos, los habitantes de otras regiones que no participaban de su sistema epistémico basado en la racionalidad, eran considerados bárbaros y no humanos. El saber que los pueblos llamados bárbaros habían construido a partir de su forma de relacionarse con el mundo no lo consideraban conocimiento. Sentían los europeos que solo ellos, portadores de la racionalidad del método científico, lo poseían y eran únicos dignos de llamarse humanos. Bajo este supuesto, se legitimó ese disfraz de misión divina, de evangelización y humanización, con el que en América se ejecutaba ya una barbarie y la destrucción de nuestras cosmovisiones. Mataron nuestras deidades, nos impusieron sus lenguas y nos enseñaron a leer su literatura, nos instalaron la racionalidad del hombre blanco que nos desprecia y no seremos nunca, y aun así nos jactamos de inteligentes, mientras usamos una episteme que se funda en la dominación de la alteridad y que alineada con el capitalismo nos coloniza hasta hoy.
Esa racionalidad técnica que domina, reduce y mercantiliza la alteridad y de la que hacemos uso, está representada en el presidente tigre electo y su fórmula presidencial, el dotor Restrepo. Este tigre semi rey de la selva, es el reflejo de los deseos de una gran parte de colombianos que ven en su candidato, hoy presidente, el ejemplo a seguir. Alguien que representa el éxito y el poder del dinero, sin importar los medios por los cuales se consiga, ya sea por la razón, el engaño o la fuerza. Su fórmula, a su vez, representa el conocimiento técnico, que recordemos fracasó en el gobierno de Duque, pero hoy, gracias a una amnesia colectiva causada con negacionismo, cautiva, ilumina y enceguece a gran parte de los colombianos.
Con este sabedor técnico contendiente de Quilcué (sabedora ancestral) empujaron a la indecisión, luego a su orilla, a muchos que preocupados preguntaban por la eficiencia que tendría una indígena como vicepresidenta. La prole de indecisos y fanáticos de un tigre, aunque muchos también excluidos del saber, opinaban con una supuesta superioridad que los hace portadores de lo que Fernando González llamó en Los Negroides “complejo de hijo de puta” y lo padece todo “aquel que se avergüenza de lo suyo”.
Hoy más que nunca los colombianos no reconocemos nuestra raíz indígena y afro y carecemos de personalidad e identidad histórica, olvidamos adrede que somos el resultado de una mezcla racial para sentirnos como gringos o europeos, porque participamos de su sistema epistémico y una forma de vida que nos coloniza en todos los ámbitos de la existencia. Juzgar que Quilcué no sabe nada es caer en lo que Miranda Fricker llamó injusticia epistémica testimonial e injusticia hermenéutica. Esto es, en la epistémica, desaprobar, reducir y negar al otro como sujeto de conocimiento por prejuicios racistas, clasistas o sexistas, sobre su identidad u origen. En la hermenéutica, porque una sociedad colonizada por una forma de conocer y relacionarse con la alteridad como la nuestra, carece de conceptos para interpretar lo significativo de las formas de organización y construcción de saber de los indígenas, como en este caso, de Aida Quilcué y el pueblo Nasa.
No por nada es lideresa y senadora, por ella y su experiencia habla una larga trayectoria en defensa de los derechos humanos y la organización de sus comunidades. Elevar a conocimiento necesario el saber ancestral de las comunidades indígenas es más que una fórmula presidencial, es imperativo para lograr una sociedad transformada con identidad latinoamericana, una que descoloniza su vida cuando toma en cuenta la importancia de la pluridiversidad epistémica en la construcción del conocimiento y la sociedad.
Quilcué, además, era una fórmula para el cuidado de la soberanía y la riqueza natural del territorio colombiano, ya sea de vice o presidente. Pues mientras el tigre puesto dice “Fracking a lo que dé”, fungiendo como uno de los colmillos de la avanzada antropofágica gringa, que ávida de apetito pretende devorarse a Latinoamérica y en este caso a Colombia, ella hubiera pasado cualquier decisión sobre el territorio colombiano por el fogón Nasa del que haríamos parte; en otras palabras, hubiera tenido en cuenta la naturaleza, la opinión y el bienestar de todos.
A propósito de los tiempos venideros, cabe tener en cuenta el manifiesto antropofágico de Oswaldo de Andrade y su tesis “ser tupí o no serlo”, esto es, ser indígena tupí que devora y digiere un nuevo sentido propio, o indígena que se deja devorar, no digiere y solo se hace copia. Como no hay conciencia de nada, con el tigre seremos el indígena vespertino que no digiere y solo obedece. Con Aida Quilcué hubiéramos podido ser el indígena Tupí que antes de dejarse devorar por USA, devora a su colonizador en defensa de la soberanía del territorio y la identidad.
