Los Pillos de mi barrio

Por Rubén Darío Zapata

cronica ruben -autor Acido
Imagen: Ácido

Nacional acababa de empatar el partido, pero tenía que hacer todavía otros dos goles si quería clasificar a la semifinal de la Copa Libertadores de América. Sin embargo, nada de eso le importaba realmente a Fabricio, quien observaba distraído la pantalla grande improvisada con tela en una esquina del barrio Villa Hermosa, sector la Mansión. Realmente no se sentía muy cómodo allí.

Hacía dos años había salido del barrio por un problema que se había ganado gratuitamente. Justo en aquel momento, mientras los jugadores del Nacional hacían su mejor esfuerzo en la cancha para ganar el partido y los hinchas alentaban con sus gritos y pitos, Fabricio estaba reconstruyendo la escena, preguntándose si había hecho bien en creerle a los amigos cuando lo invitaron, asegurando que “los muchachos” no tenían problemas con él y le mandaban decir que subiera tranquilo.

Por esos días se había accidentado en la moto y tenía el raspón del muslo en carne viva. A la semana de estar en la casa, no aguantó el encierro. Cojeó por la calle tranquilamente y se detuvo frente al jardín que una vecina estaba cuidando con mucho esmero. Sin embargo, no tuvo tiempo de deleitarse con la vista porque en ese mismo instante sintió el golpe en la cabeza que casi lo tumba y vio al motociclista que pasaba y blandía nuevamente el casco?.

-Hermano, ¿Qué le pasa?- gritó asustado-. ¿Por qué me va a pegar?

-Yo no te voy a pegar gonorrea- gritó el otro enfurecido-. Te voy es a matar.

El joven vio tanta furia y decisión en aquellos ojos que hasta se le olvidó el dolor en la pierna y echó a correr. Irrumpió sin aliento en el billar de la esquina y alcanzó a ver que el otro ya estaba encima con un cuchillo en la mano y la decisión asesina en los ojos. Entonces cogió una silla para defenderse y le gritó al garitero que llamara a la policía. Pero el garitero, un muchacho joven y asustadizo, se pasmó. Entonces no tuvo de otra que esquivar cada lance del cuchillo o atravesar la silla para evitar la puñalada. Hasta que recordó lo que hacían a veces en los parches de punk, cuando le daba por jugar al desquite con sus compañeros. -No le quite el ojo a la mano del puñal -le aconsejaba alguno de los más entendidos en esas lides.

Y Fabricio se aplicó en la lección. No solo se dedicó a esquivar la puñalada, porque estaba claro que el otro no iba a desistir hasta matarlo, sino que empezó también a mandar lances hasta que alcanzó la cara y la humanidad de su rival, a veces con las manos y otras con la misma silla. De pronto tuvo conciencia de su superioridad y empezó a golpear con más decisión. Cuando vio que el otro estaba en el piso y tenía pocas posibilidades de levantarse rápido soltó la silla y echó a correr para la casa.

-Camila, Camila -le gritó a su compañera, mientras se quitaba la camisa-, revisame bien que no me hayan chuzado-. No podía creer que hubiera resultado ileso en aquella gresca tan azarosa.

Antes de una hora bajó su vecino del segundo piso a darle la razón.

-Peludo, marica. Te vas a tener que ir del barrio. ¡Qué cagada! Porque nosotros sabemos que sos buena gente. El mismo Memo, que te quería matar, reconoció que se equivocó porque estaba buscando a otro tipo. Pero ahora quedó fue muy ardido con la paliza que le diste y jura que te caza porque te caza.

No se dio tiempo para organizar ni llevarse nada de sus pertenencias. El arrojo que tuvo para enfrentar al asesino ahora se había transformado en pánico. Con lo que tenían puesto él y su compañera salieron del barrio a pedir posada donde los familiares. Desde entonces no había querido volver allí.

Pero ahora todo parecía estar calmado y él empezaba a distensionarse y a disfrutar el partido. Nacional acababa de meter el segundo gol, la algarabía y la esperanza de que hubiera tiempo todavía para la clasificación crecían.

-¡No parcero, la moto es mía, la moto es mía!

Fabricio escuchó los gritos y miró hacia la calle, entonces vio a un joven de unos 18 años forcejeando con dos tipos más adultos que lo querían bajar de una moto Pulsar, al parecer recién estrenada. Casi nadie miró porque la mayoría de gente estaba inmersa en la celebración del gol.

-¿Y entonces por qué estás tan visajoso, pirobo?- le gritó uno de los agresores.

-Yo solo vine a ver el partido -respondió el otro, pero nadie le prestó atención. En cambio, uno de los agresores se le tiró encima en una especie de patada voladora y lo tumbó con la moto.

La gente siguió indiferente, Fabricio no supo si por el partido o por temor. Pero él no pudo y empezó a gritar que no le pegaran al pelado.

-Es que esta gonorrea se nos alzó la moto –se defendió uno de los agresores.

-Pero si se la robó llamen a la Policía, no le peguen -insistió Fabricio y dos amigos se unieron tímidamente al reclamo.

-Yo no me he robado nada -se defendía el joven-. La moto es mía, aquí tengo los papeles.

Otro tipo salió del montón y aprovechó que el muchacho extendió la mano con los papeles y se los arrebató y los guardó en su bolsillo. Otro se encaramó en la moto y arrancó como si nada, los primeros agresores cogieron al joven y lo cuñaron contra el suelo con sus rodillas.

En un descuido Fabricio se entró al baño de una tienda y llamó a la Policía. Después se arrepintió. Más o menos a los 15 minutos llegaron dos agentes en una patrulla, saludaron con suficiente familiaridad y afecto a los agresores, con apretón de manos y sonrisa ancha como viejos amigos. Ellos le señalaron al “supuesto” ladrón que tenían contra el piso y los policías lo saludaron con sendas patadas.

-Yo no me robé nada. Fueron ellos los que me atracaron -gritaba el joven. Pero nadie le prestó atención. Los policías lo esposaron y a los empujones lo subieron al carro.

Fabricio también salió en silencio, bien disimulado para que nadie pudiera reparar en él. Al otro día se enteró que el Nacional había clasificado con un gol en el último minuto de reposición.

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