Científicos al servicio de las multinacionales

Por Renán Vega Cantor

cientificos y multinacionales
Imagen: http://www.verdezona.blogspot.com

109 personas galardonadas con el Premio Nobel publicaron una carta el 1 de junio con la finalidad expresa de defender al arroz dorado, un producto transgénico, como un cultivo que va a remediar el hambre en el mundo. También atacaban a los que se oponen a los Organismos Genéticamente Modificados (OGM). La carta se difundió en una página web que se autodenomina “Apoya a la Agricultura de Precisión”, detrás de la cual se encuentra el Premio Nobel de Medicina, Richard Roberts, quién está ligado a empresas de biotecnología.

El prestigio científico de los firmantes les conferiría una autoridad intrínseca a sus afirmaciones y, según los prejuicios dominantes, indicaría que esos científicos son sabios, prudentes y objetivos. Nada de esto es cierto, puesto que es difícil encontrar tantas falacias en tan pocas líneas, como se comprueba con un repaso de los “argumentos” presentados en la mencionada carta.

Arguyen que los OGM son el arma más eficaz para combatir el hambre en el planeta y garantizar una producción suficiente de alimentos. Esto es falaz, porque los problemas del hambre no son resultado de la escasa oferta de alimentos, ya que la producción actual alcanza para nutrir a todos los habitantes del planeta. El hambre y desnutrición se originan en el monopolio de la tierra por terratenientes y eslabones de la cadena agroindustrial, que la utilizan no para producir comida sino otras mercancías que generan pingües ganancias. Eso se evidencia con el dato elemental que el 75% de la tierra agrícola del mundo se dedica a la producción de forrajes para animales, cría industrial y siembra de agrocombustibles.

En la carta se mencionan los datos de la Organización Mundial de Salud, que estima que existen en el mundo 250 millones de personas con déficit de vitamina A, siendo el 40% de ellos niños menores de cinco años que viven en los países más pobres. Por eso, afirman: “Hacemos un llamamiento a Greenpeace para que cese y desista de su campaña contra el arroz dorado en concreto, y contra los cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología en general”. Esta es la médula de la carta, puesto que se trata de defender un tipo de arroz (Golden Rice) con modificaciones genéticas, al que desde hace 20 años se le vienen atribuyendo, sin pruebas serias ni consistentes, virtudes casi mágicas.

En concreto se afirma que ese arroz dorado tiene vitamina A, de la cual carece el arroz normal, y que esa adición vitamínica justificaría su producción y comercialización para erradicar no solo el hambre sino las enfermedades asociadas a la carencia de dicha vitamina (como cierto tipo de ceguera). En otros términos, los defensores del mencionado arroz se presentan ante el público como portadores de una misión humanitaria, para ayudar a los pobres, con lo cual justifican la implementación de un OGM, que ni siquiera se produce todavía, como si fuera una solución real a los problemas de hambre y desnutrición en el mundo. Quienes consuman ese tipo de arroz necesitarán ingerir varios kilos al día para acceder a esa vitamina, razón por la cual no es ninguna solución real.

En cambio, existen productos (zanahoria, col, boniato, espinaca) de la granja campesina que aportan más vitamina A, con la garantía de que no van a contaminar ni generar problemas adicionales sobre los ecosistemas. Pero estos científicos nada dicen sobre la biodiversidad de las agriculturas campesinas, que cultivan otros alimentos que contienen la vitamina A, distintos al arroz, y están siendo destruidas por la agricultura capitalista.

También sostienen que los alimentos transgénicos son seguros, incluso más que los “tradicionales” y afirman con arrogancia que “nunca ha habido un solo caso confirmado de un resultado negativo para la salud en humanos o animales por el consumo (de estos productos). Su impacto medioambiental se ha visto que es menos dañino y una gran ayuda para la biodiversidad”.

Esto ya es mentir abierta y conscientemente, porque desde el mismo momento de aparición de los OGM, distintos investigadores independientes en el mundo han demostrado los impactos nefastos que estos tienen sobre los ecosistemas y las diversas formas de vida. Y sí existen casos registrados y comprobados de efectos negativos de los transgénicos, como el del maíz StarLink que se comercializó en Estados Unidos desde el año 2000 y que ha producido alergias graves y genera resistencia a los antibióticos. Según estudios de laboratorio, los animales que lo han consumido padecen de cáncer y de problemas de fertilidad.

El último planteamiento de la carta recurre al terror al formular la seudo pregunta: “¿Cuánta gente pobre debe morir para considerar [la crítica a los transgénicos] un crimen contra la humanidad?” Con este tono alarmista, los científicos que fungen como voceros de grandes multinacionales (Monsanto y Syngenta, entre otras) culpan a los críticos de los OGM del hambre en el mundo, como si este hecho no estuviera asociado en forma directa con el poder de las empresas agroalimentarias, las mismas que son propietarias de la mayor parte de cultivos transgénicos y controlan el 80% del mercado de agroquímicos.

Los firmantes utilizan su prestigio científico para apoyar a las grandes empresas multinacionales, puesto que son estas las principales impulsoras de los OGM. No obstante, ese apoyo se oculta bajo el manto de una pretendida objetividad científica, y la autoridad que les confiere a esos individuos haber sido galardonados con el Premio Nobel. Las multinacionales utilizan a su modo el nombre de los científicos para legitimar entre la población sus proyectos y conferirle credibilidad a sus negocios; y los científicos –muchos de los cuales son empresarios de ingeniería genética y de biotecnología– se convierten en los legitimadores de los crímenes ambientales y humanos de las multinacionales.

Esto demuestra que tener un Premio Nobel no es sinónimo de responsabilidad intelectual ni de profesar valores éticos al servicio de la humanidad. Por el contrario, pone de presente que afamados científicos son simples defensores de los intereses del capitalismo corporativo, hasta el punto que, como lo dice el escritor mexicano Víctor M. Toledo, “nunca un conjunto de especialistas connotados, formados en las exigentes normas de la investigación científica, había patinado tan bajo y mostrado tal nivel de fanatismo en nombre de la ciencia”.

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