Editorial No 10: La paz hay que inventarla

(Número 10/Agosto 2016)

En Colombia hay generaciones enteras que no hemos conocido la paz; es más, desde la independencia, la guerra se ha convertido en la experiencia cotidiana de los colombianos, sobre todo de los pobres, y la paz ha sido apenas una palabra grandilocuente, por eso tenemos que inventarla. Y es que la paz no se decreta, aunque no puede negarse la importancia de los acuerdos entre el gobierno y la insurgencia. Porque la guerra se ha enquistado como cultura en el corazón de esta sociedad y perturba todos los escenarios de la vida cotidiana de múltiples formas. Por eso mismo, una paz verdadera debe materializarse e impactar la vida cotidiana de toda la gente, en las ciudades y en los rincones más distantes y olvidados.

Inventarnos la paz es también avanzar en la construcción de un nuevo sujeto, o mejor de un nuevo ser humano. Porque los colombianos hemos sido formados por y en la guerra. Nuestro espíritu se ha forjado con una disposición casi natural para esta, hasta el punto que hoy nos resulta difícil imaginarnos qué sería la paz.

Aparte de la amenaza latente de los combates y del sojuzgamiento en que mantienen a los ciudadanos los grupos armados, sobre todo los paramilitares reencarnados en bacrims, está la doctrina militar que desde mediados del siglo XX adoptaron las Fuerzas Armadas en Colombia. Esta doctrina, que es en esencia anticomunista, parte de la idea de que todo ciudadano es en potencia un enemigo interno, en todo individuo supone a un comunista, por lo tanto guerrillero, criminal, que para las Fuerzas Armadas son la misma cosa. Así, un cuerpo armado que fue creado para proteger al ciudadano y salvaguardar las fronteras del país se ha convertido en su peor pesadilla. En esta doctrina no parece estar contemplada la persecución de las mafias y la delincuencia en general, que crecen a su amparo a través de las alianzas estratégicas que han mantenido históricamente.

Y como si fuera poco, está la prepotencia de todas las instituciones estatales y las grandes corporaciones, que se basan en la tramitología y las normas no consensuadas para aplastar al individuo y hacerle sentir miserable. En cada trámite, en cada reclamo que alguien va a realizar ante estas organizaciones se siente ante la ley que no le deja pasar, que le humilla, como en el cuento de Kafka. Casi nunca hay una persona para resolverle el problema, y tiene que recurrir a una carta impersonal que no sabe si responderán o no. Pero si, en cambio, se atrasa un poco en sus cuentas lo reportan de inmediato y le cierran todas ellas, le cortan los servicios, luego le cobran la reconexión y, en todo caso, le cobran hasta la risa en sanciones e intereses. Hay gente que ha perdido su casa por atrasarse en las cuotas de un par de zapatos. La estrategia es dejar crecer silenciosamente la cuenta por años y después hacer la demanda.

Todo esto, aunado al desempleo, el hambre y la injusticia, ha configurado un entorno turbio que envuelve a la gente, donde el miedo, la impotencia y la rabia se empozan en los corazones y forman una mezcla explosiva, que casi siempre estalla donde no debe estallar: ante la impersonalidad de las corporaciones e instituciones, y ante la imposibilidad de confrontarlas individualmente, la gente termina descargando su rabia contra los otros, sobre todo si son más débiles: en principio contra sus hijos y su mujer, después contra todas las mujeres, contra los LGTBI, los negros, los indígenas, los que piensan distinto, los que sueñan otra sociedad, contra los desconocidos. De ahí los linchamientos que se han puesto de moda y los feminicidios, por mencionar apenas unos ejemplos. Finalmente termina operando con la misma lógica de las Fuerzas Armadas, legitimando su doctrina del enemigo interno, y envuelta en un torbellino de odios y rencores. Esto fue lo que aprovechó el expresidente Uribe Vélez para lanzar por todo el país su red de informantes. Con ella multiplicó la hostilidad y la sospecha entre todos y debilitó la disposición que cada uno tiene para organizarse y trabajar colectivamente, única forma de confrontar a las grandes corporaciones y a las instituciones.

Afortunadamente la tradición organizativa y de lucha de los colombianos y colombianas es también grande y está arraigada en ciertos sectores de la sociedad. Eso explica que se haya mantenido a pesar de toda la represión que se desató contra el movimiento social desde los años 60 y se materializó en la política de Seguridad Nacional y el estado de sitio en el gobierno de Turbay Ayala. Ni siquiera la alianza entre fuerzas militares y paramilitares contra líderes sociales y organizaciones completas, que desde los ochenta sembró el terror en campos y ciudades, ha logrado romper y desarticular totalmente el tejido organizativo de los movimientos sociales y políticos, aunque lo ha dejado muy maltrecho.

Y ese movimiento social empieza a darse cuenta que las grandes transformaciones de la sociedad que pueden acercarnos a la paz empiezan por la transformación del sujeto individual y colectivo y que sin ella ninguna victoria en la lucha política podrá permanecer por largo tiempo. También ha entendido que la formación de ese sujeto, mientras el modelo educativo del país se enfoque en formar trabajadores para las multinacionales, es no solo su responsabilidad sino su oportunidad. Y que a lo mejor ya no se trata de formar solo cuadros políticos sino sujetos integrales desde la conciencia del oprimido y unas prácticas formativas que partan de la experiencia de quienes se forman, eliminando las relaciones de poder que tanto dificultan la apropiación y encarnación del saber en la práctica.

Acaso los acuerdos de paz entre el gobierno y la insurgencia no alcancen para las grandes transformaciones de las estructuras de poder político y económico en el país, responsables del clima de opresión y guerra permanente. Y es que estas son casi siempre el resultado de una lucha denodada de toda la sociedad, o por lo menos de los sectores populares conscientes de su opresión. Pero un movimiento social fortalecido y articulado puede lograr construir un clima y una disposición de los individuos para confrontar desde el ejercicio político no solo al poder estatal sino a las grandes corporaciones, a condición de que asumamos la tarea fundamental de formación de un nuevo sujeto, recuperando la confianza y la alegría de compartir y hacer con otros y otras. Así podremos revertir la cultura guerrerista que se ha incubado en nuestros corazones y convertirnos en sujetos capaces de inventar la paz y vivirla.

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