La Nohora resiste al estigma social

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Foto: tomada de scoopnest.com

José Abelardo Díaz Jaramillo

Para ir a La Nohora –un lugar de residencia de estratos pobres que se encuentra ubicado sobre la vía que conduce al municipio de Acacias- se debe tomar en Villavicencio un colectivo de transporte público. El viaje dura cerca de 20 minutos, aunque puede ser más extenso si se forma trancón vehicular en el sector de Montecarlo. Para quien no conoce el lugar, resulta fácil saber que ya ha llegado, al notar que en un tramo del recorrido (cerca de 200 metros), un grupo de personas, generalmente mujeres jóvenes, ubicadas en distintas casetas, ofrecen piña para la venta a los conductores y pasajeros de vehículos que transitan por allí.

Ocupar es vivir

Si el transeúnte mira con detenimiento, notará que detrás de las casas y negocios comerciales que se ubican sobre la vía intermunicipal hay un barrio que se extiende hasta las primeras lomas que están integradas a la Cordillera Oriental. Si bien no se tiene el número preciso de personas que residen en él (algún informe oficial mencionó cerca de 1600 familias), sus habitantes, especialmente los de más antigüedad, sí tienen conocimiento del momento en que se levantaron las primeras casas: el año 1999.

Según cuentan, La Nohora se creó en noviembre de ese año, cuando cerca de 160 familias desplazadas de municipios del sur del Meta (a raíz de las tristemente célebres masacres de Mapiripán y Puerto Alvira), decidieron ocupar en forma pacífica un predio de la alcaldía de Villavicencio. Desde ese momento, se inició un proceso de poblamiento que al día de hoy no se detiene, y que ha sido protagonizado por personas procedentes de distintos lugares de la región e incluso del país.

Como suele ocurrir, los pobladores han tenido que dar solución, a veces de manera individual o colectiva, a las carencias o falencias en servicios como acceso al agua potable, sistema de alcantarillado, energía eléctrica, canalización de aguas y pavimentación de las calles. Al ser definido como un asentamiento y no como un barrio legal, la intervención de las autoridades municipales –que siempre han resaltado la ilegalidad de la ocupación aduciendo que se ubica en una zona de alto riesgo- ha sido limitada.

Contra el estigma

Habitar un lugar como La Nohora implica tener que afrontar hechos que lastiman la dignidad humana. Si no bastara con sentir en carne propia las consecuencias del marginamiento y de la pobreza, los pobladores deben además padecer el estigma social de que son objeto por los “establecidos”, empleando el lenguaje de Norbert Elías, es decir, de aquellos que se consideran los legítimos habitantes de la ciudad, y miran con desprecio a quienes se establecen en los márgenes. Así suele considerarse a los habitantes de La Nohora: como expresiones de peligro, delincuencia y drogadicción.

Muchos de quienes habitan el barrio tienen conocimiento de esas lecturas, reconocen a veces con inconformidad y dolor esos códigos con que son observados, pero no se detienen para lamentarse. Saben que deben seguir adelante, como lo han hecho en momentos difíciles. En muchas ocasiones, por ejemplo, se han interesado por construir tejido comunitario, promoviendo actividades que difundan imágenes diferentes del espacio que habitan. También, que contribuyan a aliviar las condiciones de existencia y sean motivo para estar unidos, como lo manifiesta doña Olga Pinto, quien integra el Comité de Salud de la Junta de Acción Comunal.

Un ejemplo es el Festival de la Piña, que recientemente -en el mes de noviembre- tuvo su segunda versión, y que, de acuerdo con los promotores, además de impulsar el trabajo en equipo, facilita la obtención de recursos económicos que posteriormente se emplean para atender necesidades apremiantes de la comunidad.

El año pasado se realizó la primera versión (también por la misma fecha, según cuenta doña Nubia Edith Moreno, como una forma de recordar el aniversario del origen del barrio), y, para sorpresa de los organizadores, se obtuvieron dineros que se invirtieron en la pavimentación de la calle principal del barrio, para facilitar el ingreso de vehículos y la movilidad de las personas. Con los recursos económicos derivados de la nueva versión del Festival de la Piña, se pretende impulsar la construcción del alcantarillado de los sectores que están ubicados sobre las laderas y en la parte alta del asentamiento.

Iniciativas de este tipo forman parte de una estrategia concebida y dinamizada por la comunidad para satisfacer carencias materiales, pero también para fortalecer procesos de identidad colectiva. El sentirse parte de… se interpreta como un recurso identitario que motiva la integración comunitaria y permite mitigar el daño moral que ocasiona la estigmatización social. Para esto, curiosamente, se han valido de la Piña, una fruta que se cultiva en lugares distantes y que desde hace varios años se vende allí, convirtiéndose en una fuente de ingresos económicos para muchas familias y, a la vez, en referente simbólico para identificar al barrio.

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