México lindo y querido

 

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Fotos: Sol Bibiana Mora

Por Sol Bibiana Mora

Conocer una partecita de México, este inmenso país de casi 123 millones de habitantes es estar dispuesto a vivir una experiencia completamente sensorial, donde el olfato, el gusto y la vista se ponen al límite para lograr captar algo que es difícil describir con palabras. Podría decir que México tiene muchos contrastes, sabe, huele y se escucha a desierto, a nopales, a mariachis, a cultura ancestral, a narcos, a solidaridad, a enchiladas, a violencia, a tequila y mezcal, a religión, a feminicidio, a familia, a mercados, en fin, “México lindo y querido”.

El punto de partida es la famosa Plaza de las tres culturas o Plaza de Tlatelolco (en Náhuatl quiere decir, “lugar del montón de arena”). En este lugar se encuentran vestigios de tres culturas: la prehispánica, la colonial y la moderna.

Allí hay huellas del paso de una gran civilización, rastros de pirámides construidas por el pueblo ancestral de los Mexicas. Cuenta la historia no oficial que este lugar fue arrasado por el genocida Hernán Cortés, más de 40.000 indígenas fueron asesinados. Más huellas de esos antepasados se encuentran en el Templo Mayor y, por supuesto, en Teotihuacán con las maravillosas pirámides del sol y de la luna, cuya subida hasta la cima es impresionante: unas escalas tan empinadas que a cada paso se siente la falta de oxígeno, pero al final llega la compensación conmovedora con la vista del valle, que te deja sin palabras.

También hay rastros de los vencedores, esos que con la espada y con la cruz trataron de arrasar con toda evidencia de una civilización superior. La idea era construir sobre cada pirámide, sobre cada templo indígena, un templo católico. Nos dicen que solo en la ciudad de Puebla, con aproximadamente 6 millones de habitantes, hay 288 Iglesias. Y qué decir del fervor de los creyentes, provenientes de todos los rincones de México, para visitar la Basílica de la virgen de Guadalupe. Muchas personas de condición humilde atraviesan el atrio de rodillas. El contraste se observa en el gran centro comercial, por el que deben atravesar los turistas para llegar a ver a la Guadalupana, allí ofrecen un sinnúmero de artículos religiosos alusivos a la denominada virgen de América.

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Lo moderno de la Plaza de las tres culturas está representado en unas torres de edificios de departamentos, que, según nos dijeron, eran los primeros construidos en la ciudad. Esta construcción fue testigo de otra masacre, la de 1968, cuando miles de personas se reunieron allí para apoyar la protesta del movimiento estudiantil y obrero en contra de un gobierno autoritario. Los descendientes de Cortés y de la Malinche, es decir, el Ejército mexicano, dispararon de manera indiscriminada contra la multitud; el saldo fue centenares de muertos y heridos y miles de estudiantes detenidos. Estos que cayeron eran los verdaderos descendientes del valiente Cuauhtémoc. El recuerdo de este suceso está bien descrito en el Poema Memorial de Tlatelolco de Rosario Castellanos: “¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente nadie, la plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo y en la televisión, en el radio, en el cine, no hubo ningún cambio en el programa. Ningún anuncio intercalado, ni un minuto de silencio en el banquete. (Pues prosiguió el banquete)”.

 De ahí en adelante lo que se tiene es una metrópoli que no deja de crecer, casi 20 millones de habitantes, con infinidad de problemas: en primer lugar, un caos vial impresionante, a pesar de que la infraestructura del transporte es moderna, con amplias avenidas, viaductos, túneles, puentes que no bastan para los 5 millones de vehículos que circulan en la ciudad de México. Además, cuenta con variados sistemas de transporte público: buses, metro, metrobus, trolebús, colectivos, taxis, entre otros. En segundo lugar, una contaminación terrible, con solo salir del aeropuerto Benito Juárez se siente el golpe de un olor a alcantarilla, que de inmediato afecta la nariz y la garganta. En tercer lugar, la inseguridad: el taxista que nos llevó hasta el hotel contó que hacía poco lo habían asaltado y lo “encajuelaron”, es decir, lo metieron a la “maleta” del carro.

Otro elemento que llama la atención es la estética de la pobreza. Hay un esfuerzo por vender toda la ciudad para los turistas, y a estos se les enseña y se les lleva a esas grandes colonias (comunas), ubicadas en unos peladeros, con sus casitas amontonadas que se ven bonitas a la vista porque están pintadas de colores, las visten para esconder la pobreza. La realidad es un país que, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina, está entre los cinco más desiguales de América Latina.

Contrasta lo anterior con una ciudad que respira cultura por todas partes, en cada lugar se hace promoción de actividades artísticas para todos los gustos y todos los estratos: exposiciones, obras musicales, teatro, conciertos, museo, entre otros. Estuvimos en una exposición itinerante de esculturas de Salvador Dalí, completamente gratuita. Los profesores, estudiantes y la gente de la tercera edad siempre tienen descuento para estas actividades. En este sentido, es imperdible la visita a la Casa Azul en Coyoacán, la de Frida Kahlo; es una experiencia sobrecogedora, se percibe el sufrimiento y la genialidad de esta mujer en cada espacio, su silla de ruedas, su arnés, su cama: hubo un momento en el que dolía respirar.

La cultura popular está bien arraigada, el tema de los mariachis lo vimos y lo gozamos en la Plaza Garibaldi. Allí nos encontramos con una estratificación bien interesante de estos músicos: los que están a un lado de la vía, esperando que un carro los lleve donde está la fiesta; los que están en la plaza esperando que los visitantes les paguen por una canción; y también en los bares, donde hay mariachis hombres y mujeres profesionales del canto, que al final de una presentación espectacular ofrecen su CD a los turistas.

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